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CARLOS GOEDDER

Chávez, un año después
A un año de la muerte de Hugo Chávez (ocurrida el 5 de marzo de 2013, casualmente el mismo día en que falleció Stalin), el mejor homenaje a su legado es el caos que sacude a Venezuela en esto días: desabastecimiento, represión contra la población civil, anarquía y sangre.
Actualizado 16 marzo 2014  
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Carlos Goedder   
 
Entender el significado de Chávez es menos complicado de lo que se cree. El problema venezolano en el fondo es profundamente sencillo: es una lucha por el reparto de la renta petrolera. La gran distorsión en la vida civil y política venezolana es el apropiamiento clientelar de las rentas que genera la industria petrolera, estatizada en 1976. La captura de esa renta es usualmente el eje de la acción política y la motivación de quienes se afilian a partidos, solicitan cargos públicos y contratan con el Gobierno. Este esquema de funcionamiento está esencialmente vigente desde que se inició la democracia en Venezuela, en 1945 – con una breve interrupción dictatorial entre 1948 y 1958-. No obstante, Chávez ha introducido una variante: ha entregado a Venezuela al imperialismo comunista cubano. Lo novedoso de su gestión es que por primera vez en la historia republicana venezolana, iniciada en 1830, un presidente venezolano entrega explícitamente el poder político a un país extranjero, en este caso Cuba. La miopía de la izquierda latinoamericana alcanza para semejante despropósito.
 
¿Qué fue Chávez? ¿Qué es el chavismo?
 
Chávez fue un producto del sistema democrático venezolano. Nacido en los pobres llanos barineses en 1954, criado por abuelos dada la precaria condición económica de sus padres, este personaje quería salir de la pobreza como deportista, como jugador de béisbol. En esa búsqueda se incorporó a las Fuerzas Armadas Venezolanas. No resultó ser suficientemente buen jugador para vivir del deporte; no obstante, la democracia venezolana le dio en aquellos años setenta las oportunidades de movilización social mediante la educación. En 1975 Chávez se graduó en la Academia Militar de Venezuela. No estaba mal el resultado y podría ser considerado un caso de éxito. No obstante, su ejercicio profesional coincide con un declive institucional venezolano. Si se repasan los gobiernos que tuvo Venezuela tras el restablecimiento democrático de 1958, se observa un punto de inflexión a partir del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1922-2010), entre 1973 y 1978. Pérez nacionalizó la industria petrolera en 1976, culminando un plan político de quitar poder a las multinacionales extranjeras que concibió Rómulo Betancourt (1908-1981).
 
La promesa de la democracia venezolana fue hacer política social mediante la renta petrolera. Hasta 1976, las transnacionales petroleras pagaron regalías al propietario del suelo, el Estado Venezolano, representado por un gobierno democráticamente electo. El modelo mixto de explotación privada y control estatal funcionó razonablemente bien y hubo una expansión de servicios públicos relevantes en Venezuela. Si bien en las grandes ciudades crecían los cinturones de miseria denominados “barrios”, con precarias casas (los “ranchos”) asentadas en las montañas urbanas, aún el país podía ser un buen ejemplo internacional, especialmente por su sistema democrático vivo en medio de las dictaduras latinoamericanas.  El FMI admitió el bolívar venezolano como moneda para reservas internacionales en 1968.
 
Nacionalizar la industria fue una decisión esencialmente demagógica: las concesiones a empresa extranjeras caducaban a los pocos años, en 1983. Pérez pagó una costosa indemnización y en su experimento populista, coincidiendo con el boom petrolero de los años setenta, propuso una “Gran Venezuela”. El Estado sería el eje de una modernización profunda. Entre sus geniales ideas para dinamizar el mercado laboral estuvo imponer el trabajo obligatorio de ascensorista en los edificios oficiales. Se generó una cultura de arrogancia, de considerar a Venezuela una nación rica. El turismo a Miami se disparaba. La inmigración andina ilegal se hizo masiva, atendiendo los trabajos despreciados por los venezolanos (agrícolas, servicio doméstico, hostelería, trabajos manuales, servicios de mantenimiento). No menos importante, la corrupción administrativa se disparó. El mismo Pérez terminaría enjuiciado por el tema en el Congreso, salvándose por un voto – entre sus locuras estuvo regalar un barco frigorífico a Bolivia como protesta simbólica por el acceso al mar que se le quitó a ese país en las estúpidas guerras fronterizas sudamericanas. De esa época también data la pretensión venezolana de dictar agenda internacional en otras naciones latinoamericanas, los “no alineados”, que ni se plegaban a EEUU ni a la Unión Soviética. Aquí nacen los despropósitos venezolanos. Si algo anticipa a Chávez es este gobierno. Especialmente porque impuso control accionarial venezolano en industrias distintas a la petrolera, lo cual generó que capitales extranjeros perdiesen control de sectores bancarios e industriales.
 
En 1983 se acabó la fiesta: Venezuela tuvo que salir de su tipo de cambio fijo de 4,30 bolívares por dólar, tras un endeudamiento compulsivo garantizado por petrodólares. El petróleo declinó de precio, tras la breve subida por la guerra Irak-Irán. Los gobiernos siguientes a Pérez mantuvieron entronizada la corrupción administrativa. El peor de todos debió ser el de Jaime Lusinchi, el único ex presidente aún vivo en Venezuela. Bajo su mandato, entre 1983 y 1988, se establece el primer sistema de control cambiario, con un tipo de cambio subsidiado para importadores, administrado por la agencia RECADI. Esto es otro anticipo de la agencia CADIVI chavista, la cual controla el mercado cambiario desde 2003. Desde luego, para cualquiera que sepa algo de economía y negocios, está claro el concepto de arbitraje: conseguir dólares baratos que subsidia el gobierno y revenderlos a precio de mercado es una oportunidad clara. Por supuesto, a esa piñata entrarían los mejor conectados con el Gobierno y su red clientelar. Lusinchi montó una red de acólitos centrada en su amante – abandonó a la esposa legítima, la cual quedó sin apoyo jurídico alguno ante tribunales deseosos de evitarse líos con el Presidente. En ello seguía el ejemplo de Pérez. Pérez tuvo a Cecilia Matos y Lusinchi a Blanca Ibañez. Acá no se trata de dar clases de moral – si bien se puede probar objetivamente el daño ético a la institución matrimonial de estos comportamientos públicos-. El problema es que las amantes entraron en negocios públicos y la Ibañez incluso acudió ataviada con uniforme de la Guardia Nacional en las labores de rescate emprendidas en uno de los barrios pobres venezolanos inundados por una crecida fluvial. Acá ya se vislumbra también otro componente chavista: uso de traje militar para labores de proselitismo. La fiesta de dólares baratos llevó a importaciones fraudulentas de lo que fuese, sobrevalorando importaciones y subvalorando exportaciones. La pobreza seguía creciendo, mediante la devaluación y la monetización del déficit fiscal que traía inflación. No menos importante es este otro modus operandi que prolongaría el chavismo: el papel de imprenta para los periódicos también entonces era importado, por lo cual los diarios optaron por no tocar el asunto de la amante presidencial y la corrupción, consiguiendo así el cupo de dólares para este insumo. Periodistas como Hilda Oráa, que se atrevieron a comentar en televisión el tema fueron despedidos y censurados.
 
Vale comentar que este relato, el cual ojalá no resulte tedioso, es para demostrar un punto: el rentismo petrolero venezolano y la intervención gubernamental en el mercado cambiario, unidos a una ausencia de controles y ética administrativos, ya estaban instalados en Venezuela antes de Chávez. Ya había una tendencia. Chávez es apenas un epílogo doloroso de una decadencia institucional tan acelerada que resulta difícil de creer. Debe ser uno de los casos de estudio más notables, un laboratorio de cómo destrozar un país sin que ocurra ninguna guerra o cataclismo natural.
 
Lusinchi dejó las Reservas Internacionales en mínimos y le sustituyó Carlos Andrés Pérez, reelecto tras cumplir los diez años  entonces reglamentarios. Pérez, tras una campaña llena de excelente marketing político, hizo acto de contrición. Optó por desbaratar el modelo de precios intervenidos y redirigir el rentismo. Inició privatizaciones. La liberación de precios, incluyendo un modesto ajuste en el precio de la gasolina, trajo un revuelo social considerable y el primer hito histórico del imaginario político chavista: a los pocos días de electo Pérez e iniciado el ajuste en el combustible, pasajeros descontentos armaron revueltas y los barrios pobres corrieron a saquear comercios, en un acto anárquico y donde el grueso de la gente salía a robar alimentos, pero un grupo mayoritario aprovechó para apropiarse de electrodomésticos (de nuevo, las imágenes se parecen al otorgamiento de patente de corso que dio Nicolás Maduro, sucesor de Chávez, para que se comprasen electrodomésticos a precios irrisorios fijados por el Gobierno en diciembre 2013). Lejos de ser una reacción motivada por el hambre y la miseria, este “Caracazo” del 27 y 28 de febrero de 1989 fue una declaración social en esta tónica: “si los poderosos roban, yo también tengo derecho a robar”. El robo se entronizó. Pérez reprimió la movilización, inició un programa de ajustes con el Fondo Monetario Internacional, liberó tipo de cambio y tasas de interés, tuvo un breve boom petrolero salvador cuando Bush padre invadió Irak y el tema parecía encaminarse. No obstante, el 4 de febrero de 1992 Hugo Chávez y otros militares insurrectos intentaron el primer golpe de Estado militar en Venezuela en más de 30 años (el último intento fue en 1960).
 
Los partidos políticos tradicionales emplearon este golpe fallido como pretexto para sacar a Pérez y restablecer el rentismo de antaño. Pérez renunció y tras un gobierno provisorio asumió un dinosaurio político venezolano, Rafael Caldera (1916-2009), ex presidente cuyo legado incluía entre otras perlas una ley del trabajo que encareció absurdamente la contratación formal venezolana desde 1936, la derogación de escuelas técnicas y añadiría en este mandato otra medida histórica: indultar a Chávez y restablecerlo políticamente (este último señalaría ante la revista venezolana Primicia que Caldera sabía del golpe a Pérez, que apoyó con equipos de telefonía móvil y pidió no se le hiciese nada a sus hijos, metidos en política). Caldera restableció el control de cambios, bajo el nombre de OTAC y ya entonces ocurrieron los viajes impulsivos de venezolanos para acceder a cupos de dólares a precio subsidiado, como ocurriría con CADIVI bajo el chavismo. Propietarios de haciendas mandaban a sus peones de viaje para acceder al cupo. Se desbarató el sistema en 1996, el petróleo cayó a niveles de 10 USD el barril y salió electo Chávez. Caldera intentaba atraer de nuevo el capital privado a la industria petrolera (“apertura petrolera”), revirtiendo en algún modo la nacionalización de 1976 y admitiendo la incapacidad del capital venezolano para acometer la explotación de la mayor reserva de petróleo pesado probada del mundo: bajo Caldera se estimaba en 76.100 millones de barriles; en 2012 alcanzaba ya 297.600 millones de barriles. Al ritmo de producción actual de Venezuela, de 2,7 millones de barriles diarios (cuestionable estadística oficial), habría rentismo petrolero venezolanos para otros 110.000 años…
 
Estas cifras petroleras están en un espléndido especial que publicó el diario colombiano El Tiempo el jueves 6 de marzo de 2013 (sección “Debes Leer”, páginas 19-23), precisamente en el aniversario del fallecimiento de Chávez. Por aquello de “no son cuentas, sino cuentos”, veamos el legado del régimen chavista desde 1998 hasta 2013:
 
- Industria petrolera: la petrolera estatal PDVSA tenía en 1998 un total de 45.000 empleados, excesivo para Chávez cuando asumió el poder. En 2002 le hicieron los petroleros una huelga cuando decidió colocar afiliados partidistas en la empresa. Chávez sacó a cerca de 20.000 empleados de PDVSA, que se han integrado exitosamente a la industria petrolera colombiana y canadiense. Al cierre de 2013, PDVSA tiene 145.000 empleados, haciendo, entre otras cosas, labores de distribución de alimentos bajo una dependiente llamada PDVAL. La deuda de PDVSA pasó de USD 7.102 MM en 1998 a USD 45.000 MM en 2013. El precio del petróleo pasó de USD 10,57 por barril cuando asumió el revolucionario Chávez a USD 99,5 por barril en 2013, atravesando varios años por encima de USD 100. Aún con una producción de 2,8 MM de barriles diarios por debajo de la vigente en 1998 (3,4 MM de barriles por día), Venezuela ha recibido USD 972.565 MM de dólares desde 1998 por rentas petroleras (casi 12 veces el PIB de Ecuador de 2012), siendo que oficialmente habrían ido USD 623.058 MM a “programas sociales”.
 
- Injerencia Cubana: aquí vale citar al propio zar de PDVSA, el gran superviviente dentro del chavismo, Rafael Ramírez. En entrevista para la revista colombiana Bocas en 2014, aparte de admitir 18.000 despidos en PDVSA durante 2002 y reservas por 316.000 millones de barriles, Ramírez señala esto: “Se han distribuido más de 500.000 millones de dólares al pueblo. Aquí se acabó el analfabetismo. Se acabó el tema de que la gente no tenga acceso a la universidad. Se construyó el sistema de salud pública con ayuda de los cubanos: más de 40.000 médicos cubanos tenemos acá.” Esta declaración  vale para tener alguna evidencia de cuántos cubanos comunistas operan en Venezuela y como bien señala Moisés Naím en columna publicada en El Tiempo de Colombia el 1 de marzo de 2014: “el gobierno cubano tiene décadas de experiencia en el manejo de un Estado policial represivo y experto en la manipulación política y la ‘neutralización’ física o moral de sus opositores. Es difícil imaginar que estas tecnologías cubanas no hayan sido exportadas a Venezuela. O a otros países de América Latina.” Las fuerzas armadas venezolanas están llenas de mandos cubanos, al igual que las fuerzas de Inteligencia. El legado original de Chávez es trasladar el poder ejecutivo del Palacio de Miraflores caraqueño hacia La Habana. El presidente de Venezuela no es Nicolás Maduro, sino Raúl Castro.
 
- Logros sociales: todos esos costes deberían estar explicados por resultados sociales, especialmente con la fortuna que habría ido a política social. El especial de El Tiempo ofrece un diagnóstico contrario: el 45% de los venezolanos en 2013 siguen siendo pobres, y la composición de estratos sociales tipificada por letras apenas habría cambiado: 3% en el estrato más pudiente (A), 18% en los siguientes (B y C), 41% en el D y 38% en el E. El D y E están inmersos en el barrio y el rancho pobre. No menos importante es el problema de la violencia: 120.000 personas han sido asesinados en Venezuela desde 1998 – sólo en 2013 hubo 24.763 homicidios. Caracas califica entre las 3 primeras ciudades por tasa de homicidios y otras cuatro ciudades venezolanas están en ese vergonzoso ranking de las más inseguras.
 
Usando la jerga venezolana para denominar a los delincuentes, una editorial del Financial Times publicada el 10 de marzo de 2014 llamaba a Venezuela “the malandro nation” – la nación de los malandros – y concluía que en Venezuela había habido mejora social pero poca justicia y brillo.
 
La mejora social se referiría a la redistribución del ingreso. Toni Roldán Monés publicó en El Diario, periódico español, un gran artículo considerando el tema, el 21 de marzo de 2013. Este autor consideró el coeficiente Gini, el cual emplean los economistas para medir la desigualdad del ingreso y cuyo valor se acerca a 100 en la medida que un porcentaje más pequeño de la población se lleva la casi totalidad del ingreso nacional. Este índice habría pasado de 48 en 1998 a 45 en 2006 para Venezuela. Una tabla del Banco Mundial, no referida por el autor y que he obtenido yo mismo, lo coloca en 41 para 2011, colocando a Venezuela en la casilla 57 de peor desigualdad del ingreso.
 
En esa misma tabla, Colombia tiene la novena peor distribución mundial del ingreso, con Gini de 58,5 – es el peor valor latinoamericano-. Bolivia le sigue en la casilla 10 con 58,2. Brasil, que hasta 2005 estaba entre los 10 peores, está menos desigual, ocupando la posición 13 de peor distribución, con Gini de 53,9. Chile está en la posición 17, con 52,1. México en la 18, con 51,7. Perú en la 27, con Gini de 48,0. Argentina en la 35,con Gini de 45,8. Ecuador ocupa la casilla 31, con 46,9. El Gini medio mundial (media aritmética) es de 40,02 y el país menos desigual Suecia, con Gini de 23. Cuba no publica su Gini en esta tabla, curiosamente (Wikipedia le atribuye un valor de 30).
 
Esta apertura sirve para alertar sobre algo: una distribución del ingreso comparativamente mejor para Venezuela respecto a sus pares latinoamericanos, incluso en 1998 (nivel de 45), ha auspiciado el sistema comunista cubano que propone el chavismo. Sin duda, la sensación de injusticia, de reparto desigual de la renta petrolera, explica esta virulencia para una nación que no es tan desigual como países vecinos. Este punto es destacable para alertar a Latinoamérica: el chavismo no es un fenómeno aislado. Puede pasar en cualquier nación latinoamericana con estos indicadores de mal reparto en el ingreso y donde la sensación de injusticia potencie el indicador.
 
Roldán demuestra que mejoras análogas del Gini se han logrado en Brasil, Chile y Perú sin pasar por el calvario chavista, bajo el cual 6.000 empresas privadas han cerrado (casi el 50% del total), cediendo a la política de expropiaciones chavista y agudizando el desabastecimiento. No menos importante, la inflación en Venezuela, flagelo económico que hiere con más fuerza a los pobres, es la mayor del mundo, estimada en 56%
 
Otra estadística suministrada por Roldán apunta a la mencionada estabilidad en el reparto de estratos sociales, ya que el 20% más rico de Venezuela recibía el 52% de la renta nacional en 1995 y en 2005 la magnitud seguía esencialmente igual.
 
Todo este trabajo apunta a fundamentar algunas cosas: primero, que el chavismo prolonga un deterioro institucional iniciado hacia 1973 y donde un hito es la nacionalización petrolera de 1976. En segundo término, que su único aporte institucional ha sido supeditar la soberanía venezolana a Cuba, cuyo comunismo se sostiene con petróleo venezolano. Tercero, que el chavismo carece de las más elementales nociones de teoría económica. Cuarto, que los logros sociales en Venezuela son tibios en materia de distribución del ingreso y no justifican tanto sufrimiento.  Peor aún, la corrupción administrativa sigue campeando a sus anchas. Una muestra es que las hijas de Chávez, a un año de muerto su padre, siguen viviendo en la residencia presidencial que correspondería al sucesor Maduro y disfrutando las prebendas de su status social.
 
Lamentablemente, la explosión de marchas espontáneas de ciudadanos venezolanos recuerda las ocurridas en 2002, donde la incapacidad de los políticos opositores impidió la salida de Chávez del poder – en algo propio de una película de Fellini, Chávez fue depuesto durante 48 horas y regresó más represor que nunca-. Nuevamente hay acefalía en la oposición venezolana, cuyos gestos románticos de marchas, entregas pacíficas y arengas conciliatorias esconden dos severos problemas: el primero, una torpeza considerable para acceder al poder y tener la malicia propia del buen negociador político, generando ausencia de representatividad ciudadana y tornando estéril la inmolación de estudiantes venezolanos descontentos, quienes son la única nota moral en una nación cuya ética se vendió al rentismo. La segunda debilidad de estos opositores es que desde 1998 no ofrecen un libro al menos donde señalen su propuesta sobre el problema central venezolano: el rentismo. Coloquialmente, los opositores se limitan a un “quítate tú para ponerme yo” y en sus filas militan políticos que anduvieron bajo la sombra de Lusinchi y Caldera.
 
¿La solución? Impredecible. Hay falta de capital político democrático en esta historia. La votación por Capriles en 2013 sirvió para poco y la sensación general fue de un fraude electoral. Los organismos internacionales como la OEA nada ofrecen, actuando varios de sus miembros bajo la misma lógica rentista – varios reciben petróleo venezolano y poco puede esperarse de una organización que admite la dictadura cubana como legítima. Luego, el menú de salidas propias de una democracia se agota: votación, negociación, diplomacia. Se abre entonces el juego para cualquier solución de fuerza, donde un amortiguador chavista es que los mandos militares están entregados a Cuba o a la corrupción, incluyendo el narcotráfico. Malestar hay, pero no hay ningún político o aventurero al estilo de Chávez que aproveche la hora y tome riesgos. De Chávez se podrá decir todo lo malo que se quiera, pero algo no se niega: tuvo imaginación y astucia para ponerse en el poder, aprovechar las fallas institucionales y colocar en marcha su loco modelo. Nadie ha logrado emular esto desde 1998. Por demás, ya debería colocarse el rótulo de “Guerra Civil” a lo que está ocurriendo en Venezuela y harían bien los países que abran su política migratoria para los ciudadanos de bien que quedan en ese país y desean salvar la vida.
 
@carlosgoedder
 
Facebook: Carlos Goedder
 
Una versión alternativa de este trabajo ha sido escrita como especial por el autor para CORDES, Corporación de Estudios para el Desarrollo, en Ecuador.
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