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CARLOS GOEDDER

Las notas españolas de Johann Sebastian Bach
Un maravilloso libro de Eric Siblin, publicado en 2011 por Turner Música, nos envuelve en el universo de las Suites para Violonchelo de J.S. Bach, rescatadas por el español Pau Casals a la música contemporánea en 1890
Actualizado 24 febrero 2014  
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Carlos Goedder   


Al maestro Simón Díaz, insigne músico venezolano, fallecido recientemente

 “Las obras de todos los artistas son un símbolo de libertad para toda la humanidad y nadie ha enriquecido esa libertad de manera más notable que Pablo Casals”

J.F. Kennedy. Discurso previo al concierto de Pablo Casals en La Casa Blanca, 13/11/1961

 

Soy parte de una legión sin fronteras que ama  los libros y la música. Como ellos, he leído varios centenares de libros y espero leer muchos más. Estoy seguro que ahora y siempre uno de los libros más deliciosos que habré leído es el publicado por el canadiense Eric Siblin y que lleva por título LAS SUITES PARA VIOLONCHELO. EN BUSCA DE PAU CASALS, J.S. BACH Y UNA OBRA MAESTRA (Traducción – espléndida, por cierto – de  Julio Fajardo Herrero. Editorial Turner Música, 2011).

Este libro maravilloso recorre las suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach (21/03/1685 – 28/07/1750), las cuales habían sido fundamentalmente descuidadas del repertorio por siglos y cuya partitura – en edición de Grützmacher - vino a encontrar en una modesta tienda  barcelonesa un joven catalán en 1890. Este joven catalán fue Pau (Pablo) Casals (29/12/1876- 22/10/1973), quien no se atrevió a interpretar las suites en público hasta casi dos décadas después, tras ensayarlas diariamente y no las grabaría hasta 1936, mientras la Guerra Civil destrozaba su país. El “chelo antifascista de Casals”, como lo llama Siblin (p. 15), “tocó las suites de la única forma que siempre es correcta: inspirándoles vida.” (p. 121). Siblin agrega: “En cierto modo se puede entender el reto que debió afrontar Casals, cuando se propuso descifrar las suites para chelo sin el precedente de ninguna grabación ni de ningún otro chelista.” (p. 212)

Hay seis suites para violonchelo de Bach. Cada una tiene seis partes o movimientos, colocando tras un preludio una serie de danzas europeas: alemanda (alemana), courante (francesa), zarabanda (española), minueto, bourrée y gavota. El libro replica el formato de las suites y tiene un capítulo para cada movimiento, totalizando 36 capítulos, donde se recorre en paralelo la vida de Bach y Casals. Es un texto fantástico. Siblin, originalmente un crítico de rock, hizo este maravilloso estudio documentándose en varios países, incluido España, de la cual lamentablemente dice “me reportó pocas claves para mi investigación” (p.92), una muestra del doloroso olvido en que puede estar la obra de Casals en su propia patria, seguramente por este sempiterno enredo político entre Cataluña y el resto de España, además de la crisis económica en la Península Ibérica. Si hay alguien europeo en mentalidad es Casals. Su valiente decisión de nunca interpretar música en países que respaldasen la genocida tiranía de Franco está llena de la ética democrática europea. Su mayor pesar tiene que haber sido vivir en el exilio, lejos de su amada Cataluña, durante los últimos 34 años de su extensa vida. Murió sin ver a su patria libre del franquismo. Sus restos sólo pudieron reposar en España en 1977, tras morir Franco y promulgarse el Estatuto Catalán. Es inevitable conmoverse al leer en la obra de Siblin el discurso que da Casals en una transmisión radial londinense de 1938, en plena Guerra Civil española y apelando al apoyo de las democracias europeas para la República Española, en cual nunca se produciría: “No cometan el crimen de permitir que asesinen a la República Española. Si dejan que Hitler gane en España serán ustedes las siguientes víctimas de su locura. La guerra se extenderá por toda Europa, por todo el mundo. Acudan en auxilio de nuestro pueblo.” (p. 114) Una profecía de la Segunda Guerra Mundial.

Si algo evidencia la vocación europeísta de España es que un español de Cataluña haya devuelto las suites para violonchelo de Bach al repertorio. Estas suites tienen varios problemas: el primero, que probablemente no hayan sido escritas para el violonchelo que conocemos hoy, sino para un violonchelo de cinco cuerdas llamado violonchelo piccolo.  La segunda, que no hay un manuscrito de Bach con las partituras y ni siquiera se sabe si las concibió como un cuerpo musical integrado. La viuda del compositor, Da. Anna Magdalena, fue quien transcribió estas partituras en un manuscrito donde falta alguna información –no obstante, el papel de esta noble dama, ella misma cantante, es fundamental en esta historia-. Esta ausencia de completitud abre para los intérpretes del violonchelo la posibilidad de una lectura personal sobre las suites. Siblin señala: “Eternamente cambiante, Bach es lo que tú quieras hacer de él.” (p. 168)  Casals dio un enfoque a las suites lleno de romanticismo, con gran carga emotiva. Algunos criticaban esta aproximación ya a mediados del Siglo XX – y lo seguirán haciendo en el XXI-, a lo cual el gran chelista replicaba: “Fui el primero en luchar contra los puristas de la escuela alemana que abogaban por un Bach abstracto e intelectual. No me voy a amedrentar ahora porque unos cuantos críticos decidan que de nuevo la música tiene que dejar de ser humana.” (p. 247)  En un ensayo sobre Casals publicado en 1974, el gran escritor español Salvador de Madariaga (1886-1978) señalaba:

“… Casi todo Bach, hasta las mismas cantatas, viene a batir el alma de todos los occidentales, incluso los españoles, con una emoción intelectual en la que sentimos vibrar la quintaesencia de lo europeo. Y esta fue la intuición que hizo de Casals no sólo el intérprete ideal sino el descubridor de muchas obras de Bach que parecían olvidadas. Lo que Bach trae, no sólo a la música sino al espíritu de Europa, es una unión perfecta de pasión y de serenidad: y esta manera de sentir a Bach equivale hasta cierto punto a acercarlo a España, en la cual vibra siempre la pasión, pero, al menos en los grandes, revestida e investida de serenidad.” (Españoles de mi tiempo. Edit. Planeta, 1974, p. 146)

La obra de Siblin muestra las resonancias de este espíritu europeo y místico de Bach en un tiempo tan oscuro y prolongado como fueron la Guerra Civil Española y el franquismo, donde España pareció elegir el abismo y donde Casals al menos dio un acorde disonante clamando por una ética olvidada. Cuando Siblin intenta dar un resumen programático de las suites, señala:

El primer preludio siempre me ha hecho imaginarme a un chelista jovencito que recorre con su padre las inmediaciones del puerto de Barcelona en 1890, a punto de descubrir cierta partitura en un rancio establecimiento musical de segunda mano. Aunque Bach nunca hiciera figurar a un chelista adolescente y catalán en las suites, sí que las llenó de juventud y de inocencia y de una impresión de que todo es posible. La segunda para mí siempre será una suite trágica; la tercera, me habla siempre de amor; la cuarta de lucha; la quinta de misterio. Cada una deja su propia huella (…) Lo que me transmite la sexta suite es una idea de trascendencia…” (p. 213)

Técnicamente las suites consiguen un logro significativo para el chelo: lo hacen un instrumento solista.  Siblin, quien incluso empezó a tocar este instrumento durante su investigación, destaca las limitaciones técnicas del violonchelo, especialmente para un polifonista consumado como Bach. Es difícil hacer sonar más de dos de sus cuatro cuerdas al mismo tiempo, lo cual haría desistir a muchos sobre efectos armónicos. Bach logró generar una “armonía insinuada” (p. 63) en las suites generando acordes fragmentados o arpegios. Si Bach adivinó las posibilidades del violonchelo como instrumento solista, Casals fue el gran profeta de esta causa, demostrando que el chelo, con su poderosa evocación de la voz humana, tiene sólo las limitaciones que el intérprete le coloque.

El libro no sólo recorre los aspectos musicales técnicos. También constituye una biografía de vidas paralelas para Bach y Casals.

El gran J.S. Bach apenas si salió de las fronteras alemanas, en la época en que ni siquiera Alemana era una nación, sino una colección de reinos independientes bajo una entelequia medieval llamada “Sacro Imperio Romano-Germánico”. La vida del genio ofrece problemas al historiador, por la falta de documentos y porque Bach en su propio tiempo, si bien fue respetado, llegó a ser visto como un compositor anticuado, quien nunca incursionó en el género que más publicidad ofrecía, la ópera – entre otras cosas, porque las ciudades donde trabajó no ofrecían teatros aptos para el género operístico. Algunos pueden verlo como un compositor más bien cercano a las matemáticas y como alguien provinciano. Esta lectura es incompleta. Siblin cita a uno de los biógrafos de Bach para señalar: “Miles Hoffman aclaró que Bach había sido un hombre apasionado, un hombre capaz de batirse en duelo con un fagotista, al que un duque una vez llegó a encerrar en la cárcel y que tuvo nada menos que veinte hijos”. (p. 24)  En efecto, J.S. Bach se caracterizó por su iracundia. Sencillamente era incapaz de amoldarse a rutinas, protocolos y caprichos de los príncipes a quienes sirvió y su séquito burocrático, por más que en sus escasas cartas a sus superiores fuese sumamente respetuoso. Un Consejo que revisó las quejas en contra del compositor señala que Bach perdía de vista que “los hombres están condenados a vivir entre los imperfecta” (p. 32) Le eran insoportables quienes no se tomasen la música con seriedad y las funciones pedagógicas le resultaban aburridas. Bach fue puesto preso por el Duque de Weimar en 1717, durante un mes, en represalia por su plan para moverse a Köthen, donde compondría varias de las suites para chelo. Padeció en tal sentido el absolutismo que ejercían pequeños reyezuelos alemanes quienes querían parecerse a Luis XIV. Aparentemente le gustaban los placeres mundanos, incluyendo el brandy, el café (le hizo una cantata a esta bebida) y el tabaco. Tuvo dos esposas, María Bárbara y Anna Magdalena. La segunda era cantante en Köthen y entendía la dimensión musical de su marido. El Bach familiar estaba decidido a que sus hijos tuviesen la carrera universitaria de la que él careció y esto fue una de las motivaciones para establecerse en Leipzig. El libro nos acerca a los logros musicales de estos hijos, especialmente de Wilhelm Friedemann (1710-1784), Johann Christian (1735-1782) y de Carl Philip Emanuel (1714-1788), siendo este último quien conservó mayor cantidad de partituras paternas y quien merece comentario especial por encontrarnos actualmente en su bicentenario. C.P.E. Bach estuvo más afín al mundo musical clásico, a la música galante de Haydn y Mozart, por lo cual probablemente pudo sentirse menos presionado respecto a emular el estilo barroco de J.S. Bach. Lamentablemente los perfiles biográficos que hace Siblin de la familia Bach nos recuerdan la volatilidad material propia de una vida dedicada a la música, especialmente en ese tiempo y seguramente vigentes en gran medida hoy. Lo más terrible y censurable es que Anna Magdalena, a quien debemos el manuscrito de las suites, haya acabado sus días como beneficiaria de la caridad pública, sin apoyo por parte de sus hijastros – si vale como excusa, todos andaban desperdigados por Europa a diferencia de su padre, entregados en algunos casos a compulsiones paternas leves que se magnificaron en ellos– ira, afición por la bebida, donjuanismo- y con sus propias dificultades materiales, en un mundo mucho menos comunicado que el actual.

Si Casals rescató las suites para chelo de Bach, no menos relevante es la figura de un alemán de origen hebreo, el gran compositor Felix Mendelssohn (1809-1847), en cuyos ancestros había alumnos e incluso amigos de la familia Bach. Su labor musicológica fue decisiva para que estemos hablando de J.S. Bach hoy día. Siguiendo a Siblin: “El resurgir de Bach empezó en un lugar y en un momento concretos. El año fue 1829, el escenario Berlín y el culpable un joven de veinte años llamado Felix Mendelssohn. Fue Mendelssohn quien se encargó de organizar y dirigir un recital histórico de La Pasión según San Mateo de Bach, el sobrecogedor oratorio que cuenta la historia de los últimos días de vida de Jesucristo.” (p. 76)  No deja de sorprender que de un hebreo como Mendelssohn y de un católico como Casals haya surgido el rescate de la música del mayor compositor luterano. Y también que esta gloriosa música alemana, símbolo de todo lo europeo, haya sido rescatada por representantes de pueblos menospreciados y excluidos históricamente en Europa como el judío y español. Una prueba del poder que tiene la música para universalizar.

La vida de Casals fue mucho más cosmopolita. Desde joven vio mundo, contando con apoyo oficial de la corona española para formarse en Europa y luego obteniendo grandes éxitos por cuenta propia. Siguiendo a Siblin: “[Casals] formó junto al pianista suizo Alfred Cortot y el violinista galo Jacques Thibaud, el que enseguida pasó a ser considerado como el más célebre trío de cámara del siglo XX.” (p. 84) El sello discográfico Naxos ha publicado tres discos con sus grabaciones, incluyendo un maravilloso “trío Archiduque” de Beethoven. Casals tocó en Estados Unidos y ante el presidente Theodore Roosevelt – también tocaría en sus últimos años ante J.F. Kennedy-. Era entusiasta de la causa catalana y de la República. En su país asumió funciones como Director Musical. Tuvo que marcharse de Cataluña ante la invasión franquista, refugiándose en la localidad francesa de Prades, un pedazo catalán en Francia. Hasta allí viajaron los mejores músicos del mundo para tocar con él, iniciando en 1950 el Festival de Prades, en pleno bicentenario de la muerte de J.S. Bach: Clara Haskil Yehudi Menuhin, Rudolf Serkin, Isaac Stern, Mieczyslaw Horszowski y, no menos importante aunque no la mencione Siblin, la gran soprano catalana Victoria de los Ángeles (1923-2005), quien fue elegida por BBC Music Magazine, en su edición de abril de 2007, la tercera mejor soprano de la historia, sólo superada por Maria Callas (imposible superar a Callas, eso está claro) y Joan Sutherland (es inevitable señalar que Montserrat Caballé quedó sexta en ese ranking). Un acontecimiento discográfico de 2013 que mereció más reseñas fue la publicación que hizo el sello discográfico catalán Columna Música del disco Pau &Victoria, incluyendo grabaciones conjuntas e individuales inéditas de ambos titanes.

Casals tuvo cuatro esposas, cada una de distinta nacionalidad - Siblin no elabora sobre la ausencia de descendientes en estas uniones-: la portuguesa Guilhermina Suggia, la estadounidense Susan Metcalfe, la española Frasquita Vidal de Capdevila y la portorriqueña Marta Montañez. El matrimonio con esta última fue cuando Casals ya tenía ochenta años y ella apenas veintiún años, un lujo que al pobre Alfredo Di Stéfano le prohibieron darse en estos días. Esta última esposa era estudiante de violonchelo y uno de los discos de Casals que atesoro y ella hizo posible se publicase, incluye grabaciones hechas por Casals en la casa natal de Beethoven en 1955 y 1959, donde Marta le acompaña y firma el libro de visitantes con la simpática nota: “Me siento dichosa de firmar este libro con mi Tío Pablo”. En el folleto de ese disco, editado por Philips y comercializado por la Beethoven-Haus Bonn, se menciona una visita de Casals a mi natal Caracas en mayo de 1958, en pleno nacimiento de la democracia venezolana, hoy casi extinta.  

El matrimonio con doña Marta está lleno de significados y delicias para un psicólogo, ya que la madre de Casals, doña Pilar, era procedente también de Puerto Rico. Doña Pilar fue fundamental en la carrera de su hijo y le acompañó cuando el niño chelista dejó su natal El Vendrell rumbo a Barcelona y luego Madrid. Esta dama tiene tal importancia para Casals que Madariaga cierra el mencionado ensayo sobre el músico señalando: “No quiero terminar sin poner de relieve el hermoso papel de dos mujeres catalanas en la vida de Casals y en la de Falla. Sin sus respectivas madres, ambas catalanas, ni Casals ni Falla hubieran sido lo que fueron. La inteligencia y el carácter de estas dos mujeres constituye una honra singular para Cataluña, que redundó en gloria para toda España.” (p. 148) Vale destacar que el compositor Manuel de Falla nació el mismo año que Casals.

Puerto Rico fue la parada final de Casals y esto da a su música una dimensión adicional, hispanoamericana. Muchos evocan la bella isla por la bomba, la plena y sus cantantes salseros, pero la mayoría olvida que Pablo Casals eligió la tierra borincana de su madre para tocar sus últimas y memorables notas. Es el cierre perfecto para esa prolongada vida y una honra para el Caribe que el chelo libertario de Casals encontrase allí la última morada.

El libro de Siblin es afortunado para rescatar la figura universal de Casals y ver si la admiración por su legado, junto al de tantos grandes artistas catalanes, ayuda a entender el carácter español y universal del pueblo catalán, dejando a un lado propaganda y miserias políticas que establecen una innecesaria y colectivamente suicida frontera entre Cataluña y el resto de España.

 

Bogotá, Febrero de 2014

@carlosgoedder

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