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ÁLVARO VARGAS LLOSA

Adiós a Margaret Thatcher
Otro aspecto que el progresismo internacional debería valorar en ella fue su amor por las ideas. Se dice, a menudo, que era una ideóloga. No era un animal ideológico sino un animal político al que le gustaban las ideas, que es muy distinto.
Actualizado 14 abril 2013  
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Álvaro Vargas Llosa   

No es una ironía menor, en mi vida personal, que la muerte de Margaret Thatcher me pillara a punto de hacer una intervención pública en la Bolsa de Comercio de la ciudad de Córdoba, en Argentina. Tuve que decidir, en pocos minutos, entre dos opciones igualmente dolorosas. ¿Debía decir dos palabras en memoria de la ex Primera Ministra británica a la que, con ciertas discrepancias en asuntos puntuales, admiré mucho en líneas generales y a quienes varios de los invitados extranjeros en aquel evento habían admirado también? Si lo hacía, sería inevitable ofender a algunos argentinos en el auditorio, para quienes el trauma de las Malvinas sigue vivo. Si no lo hacía, estaría eludiendo un elemental deber de conciencia.

Lo hice, procurando ser breve y expresar sentimientos de respeto con los argentinos que pudieran tomarlo como una descortesía. Inevitablemente, ofendí a algunas personas que me expresaron su malestar con agresividad. Los comprendo y respeto. Pero a lo que iba: la ironía consiste en el contraste entre esto y un hecho que me sucedió al estallar la guerra de las Malvinas en 1982. En aquella ocasión, siendo estudiante, casi fui linchado por un grupo de ingleses que, después de oírme hablar español, me abordaron a la salida de un metro en un Londres lluvioso y me preguntaron de dónde era. Al decirles que era peruano, me preguntaron si “eso” estaba cerca de Argentina. No tuve tiempo de explicar la naturaleza exacta de nuestra vecindad mediata con Argentina porque se armó una gritería que pudo acabar en una tragedia si no fuera porque intervinieron algunas personas para pedir calma.

Cuento esto porque, además de ser una anécdota curiosa, es también una forma de graficar lo polarizante que fue y sigue siendo la figura de Thatcher. Las escenas ocurridas esta semana en algunos lugares del Reino Unido -en Brixton, en el sur de Londres, en Glasgow y en Belfast-, donde se celebró la muerte de la Dama de Hierro con cantos y bailes, contrastan terriblemente con los elogios ditirámbicos que le llueven a la difunta desde muchas partes del mundo, pero sobre todo del mundo conservador. El juicio implacable de argentinos que no le perdonan el hundimiento del Belgrano contrasta a su vez con el de liberales que creen que ella representó la cara democrática de unas reformas que hasta ese momento se asociaban en parte con la dictadura de Pinochet (a quien ella, en uno de sus errores más notorios, respaldó insistentemente cuando fue detenido en Londres por razones nacionalistas, esencialmente relacionadas con el apoyo que le ofreció en Las Malvinas). Y así sucesivamente.

Thatcher era tan consciente de lo mucho que polarizaba a la opinión pública que ella misma pidió al gobierno de su país no ser objeto de unos funerales de Estado, como lo fue Winston Churchill, sino de unos funerales con honores militares, es decir un homenaje menor aunque importante. Quería ahorrarse, en el más allá, la indignidad de un debate humillante en la Cámara de los Comunes sobre la conveniencia de darle los máximos honores fúnebres de Estado, me imagino, y escenas como las ocurridas en Brixton, Glasgow y Belfast esta semana.

Los sondeos, sin embargo, indican algo interesante. Una mitad de los británicos aprueban su figura pública mientras que la desaprueba un tercio del país. El saldo, pues, es favorable. Sus adversarios laboristas y liberal-demócratas han sido respetuosos con su memoria, salvo alguna excepción, y los muchachos que festejaron su fallecimiento son tan jóvenes que no tuvieron ninguna experiencia directa de sus tres gobiernos consecutivos. Los más exaltados no suman más de unos cuantos centenares de personas, en cualquier caso.

Aunque estos jóvenes no tuvieran experiencia directa de ella, es obvio que se ha transmitido de generación en generación, en ciertos círculos, la idea de Thatcher como bestia negra del socialismo y el humanismo, que no son la misma cosa, pero que en lo que respecta al juicio sobre ella en gran parte resultan siéndolo. Recuerdo a mis amigos, jovencísimos, odiando a Thatcher por cosas que tenían que ver con la decadencia del país bajo el laborismo de los años 70 y me veo a mí mismo, por ejemplo, incómodamente silencioso en medio del bullicio general cada vez que, en un concierto de reggae u otra música “étnica”, como se la llamaba a veces, en los años 80, el vocalista o la vocalista la nombraba con odio para provocar expresiones de rechazo contra ella en el auditorio. Recuerdo, muy específicamente, un concierto del célebre instrumentalista nigeriano Fela Kuti nada menos que en la Britxton Academy, alrededor de la cual se habían producido, en 1981, grandes escenas de violencia por el rechazo de la comunidad afro-caribeña contra una recesión que no era culpa de Thatcher sino de la dinámica económica que ella había heredado.

A mí, que era un rebelde, me parecía que ella lo era también. Pero entre los jóvenes británicos, donde su respaldo era mínimo, constituía la imagen misma de lo establecido, una confusión absurda dado todo lo que ella estaba en ese momento cambiando y cambiaría en el largo plazo en un país que estaba apesadumbrado y había perdido el nervio creativo.

Por lo pronto, Thatcher convirtió al Partido Conservador, que era un club aristocrático, en un espacio meritocrático, donde la movilidad social y no el origen, donde el esfuerzo y no la herencia, decidían quién subía y quién bajaba. Su ascenso al control del partido en 1975 había estado acompañado de una resistencia tenaz entre los viejos “tories” que, con el propio ex Primer Ministro Ted Heath a la cabeza, odiaban la idea de la hija de un simple tendero de Grantham haciéndose con la batuta de la gran fuerza de la derecha británica (y que fuera mujer, por supuesto, era casi tan grave como eso). En pocos años, el partido de los oligarcas se volvió el partido de los “cockneys” que hablaban con el acento del sur de Londres y venían del mundo obrero. Allí estaban todavía los oligarcas, pero despojados de buena parte de su poder. Los nuevos chicos del barrio hablaban, vestían y actuaban como clasemedieros recientes.

Cualquier observador progresista tendría que valorar eso, independientemente de que comparta o no su visión de la economía. Y tendría que valorar esto también: la gran colaboración que prestó al propio laborismo, ayudándolo a abandonar su anquilosada ideología y sus estructuras obsoletas. Y obligándolo a modernizarse con tanto éxito que Tony Blair acabó gobernando dos años más que ella (y luego siendo sucedido por otro laborista, Gordon Brown, que mantuvo el gobierno durante tres años más).

Ese reinado de 15 años del laborismo no hubiera sido posible, y ciertamente no en los términos en que se dio, sin el thatcherismo. Eso lo sabe bien el propio Blair, que por ello ha sido generoso, desde la trinchera del adversario, en sus declaraciones públicas acerca de la Dama de Hierro esta semana. Thatcher humilló de tal forma al laborismo de Michael Foot y Neil Kinnock, que forzó a esa gran organización política a transformarse. El resultado fue el nuevo laborismo de Blair y, gracias a que Blair preservó gran parte del legado de su adversaria, la famosa “tercera vía”. Aunque fue un académico quien le dio impulso inicial -Anthony Giddens-, el laborismo de Blair, que cosechó los frutos económicos de Thatcher y pudo redistribuir riqueza y agrandar en algo el Estado gracias a la prosperidad producida por las reformas anteriores a él, le dio vigencia mundial a esa versión de la centroizquierda. Así muchos líderes emblemáticos, desde Bill Clinton en los Estados Unidos hasta Lula da Silva un tiempo después, se sintieron a gusto con esa sombrilla en la que se volvió común colocarlos. La Tercera Vía, es decir el socialismo europeo y latinoamericano puesto al día, y el “liberalismo” estadounidense renovado (el término es equívoco), son hijos directos de Thatcher.

Los mayores éxitos económicos de Thatcher vinieron en cierta forma después de que en 1990, tras la traición del conservador Goeffrey Howe en la Cámara de los Comunes, ella abandonase el poder. Pero la dinámica que a mediados de la década del 2000, pasado el período de John Major, dio al Reino Unido su lozanía económica bajo el laborismo de Blair venía de atrás. De unas reformas que había costado Dios y su ayuda llevar adelante en los años 80 porque el socialismo que había erigido el Estado del Bienestar desde fines de la Segunda Guerra Mundial había desembocado en la decadencia de los años 70. Gracias a las reformas de los 80, por ejemplo, fue posible, ya bajo el gobierno de Blair, que la renta per cápita británica superase a la francesa por primera vez en mucho tiempo.

Como sabemos hoy, Thatcher le dobló el brazo al sindicalismo marxista que controlaba las minas de carbón sin reparar en el drenaje de recursos que era esa actividad cara e improductiva en aquel momento; redujo el gasto público, que representaba 47 por ciento del PIB, a 39 por ciento; diseminó la propiedad entre quienes ocupaban las viviendas subvencionadas por las municipalidades y privatizó los teléfonos, el gas, las aerolíneas y la electricidad, en muchos casos mediante un accionariado difundido que abrió las puertas del capitalismo a muchos ciudadanos de clase media y clase media baja. También desreguló ciertos mercados. En áreas como la defensa aumentó el gasto público, pero la disciplina la llevó a reducir la proporción de la economía que consumía el Estado aun cuando gracias al dinamismo productivo los ingresos fiscales se triplicaron durante su gestión.

Todo eso renovó la economía británica. Es cierto, como se ha dicho, que la producción manufacturera decayó -representaba 17 por ciento del PIB cuando asumió el poder y 15 por ciento cuando lo dejó-, pero eso venía de atrás y era el resultado inevitable de la evolución hacia la economía de los servicios. Algo parecido ocurrió en los Estados Unidos en esa época y en años recientes. También es cierto que aumentó el porcentaje de personas que estaban bajo la media del ingreso, pero lo verdaderamente importante es que ese ingreso subió para casi todos sustancialmente.

El carácter de Thatcher -que los soviéticos atraparon en el apelativo Dama de Hierro- era inflexible en ciertas cosas. Por eso aguantó a pie firme el embate de los sindicalistas dirigidos por Arthur Scargill y por eso también resistió la huelga de hambre de los presos del grupo terrorista IRA que se inmolaron en la cárcel norirlandesa de Maze. Su famosa frase the Lady is not for turning (“esta dama no cambiará el rumbo”), un juego de palabras que hacía referencia a una famosa obra de teatro de Christopher Fry, resultó, en el congreso conservador de 1980, emblemático de esa determinación implacable que le dio fama de mujer insensible. Pero quizá su más grande decisión de política exterior después del envío de la Armada durante la guerra de las Malvinas desmiente dicha imagen. Me refiero a su decisión de entenderse con Mijail Gorbachov, a quien la derecha de Occidente veía como un lobo disfrazado de cordero y de quien desconfiaba. En ese acto de flexibilidad, de acomodo, de capacidad para entender que el enemigo tiene voz humana, está resumida la otra cara de Thatcher, que sus enemigos nunca quieren recordar. Si no hubiese sido porque ella dijo que se podía “hacer tratos” con Gorbachov, acaso Ronald Reagan no hubiera negociado, en los términos en que acabó haciéndolo, con él: la derecha norteamericana no se lo hubiera permitido.

Otro aspecto que el progresismo internacional debería valorar en ella fue su amor por las ideas. Se dice, a menudo, que era una ideóloga. No era un animal ideológico sino un animal político al que le gustaban las ideas, que es muy distinto. Antes de ella, el conservadurismo y el laborismo habían renunciado al mundo de las ideas en la política británica; sólo importaba lo que representaban por inercia, no lo que pensaban. Thatcher, que se nutrió de las ideas del Institute of Economic Affairs, que leyó a una gama de escritores que iban desde Edmund Burke, padre del conservadurismo, hasta el Nobel Friedrich Hayek, tuvo siempre un respeto por el mundo intelectual que no fue correspondido. Algunos intelectuales -como Hugh Thomas, el historiador e hispanista- formaron parte de su círculo de consejeros en algún momento, pero en pocas áreas de la vida social estuvo más concentrado el odio a ella que en el mundo académico. Sin embargo -otra vez-, lo cierto es que le prestó un servicio a la política en su país a derecha e izquierda porque a partir del renacimiento de la política basada en las ideas tanto una como la otra adquirieron una dimensión reflexiva de la que carecían.

El aspecto ético de su “premierato” también merece ser valorado por sus enemigos. Vivimos una era de corrupción extendida, de uso del poder en beneficio propio, de escasa separación entre intereses públicos e intereses privados a izquierda y derecha. Su conducta personal fue ética, quizá porque esa moral calvinista que tanto asustaba a sus amigos y enemigos le dictó una cierta forma de entender la función pública. Algo de esos valores, que pudieran parecer anticuados, hace falta en el mundo de hoy a gritos. En la Europa de los escándalos y los excesos, de los “pelotazos”, como se dice en España, y la riqueza fácil, en la Europa de la burbuja, hubiera sido útil recordar la filosofía mesocrática y modesta de esta hija de tendero que creía en ahorrar, gastar poco, trabajar mucho y no abusar de los placeres terrenales. La burbuja que ha dejado a Europa en estado calamitoso no hubiera sido posible en los términos en que sucedió si la ética de Thatcher hubiera estado presente cuando ella, ya aislada del mundo real por la enfermedad, se recluyó en el mundo mental que Meryl Street trató tan prodigiosamente en su interpretación de La Dama de Hierro.

Muchos de sus admiradores le reprochamos no pocas cosas, entre ellas su excesivo nacionalismo, que creo que fue un factor más importante que su desconfianza de la burocracia de Bruselas en su crítica al proceso de integración europea (crítica de la que el célebre discurso de Bruges en 1988 fue parte central). Pero incluso en eso el tiempo le ha dado no poca razón. La crisis que vive Europa desde 2007/8 en parte ha puesto de manifiesto las debilidades de una integración europea que se hizo sobre bases poco firmes y apresuradamente. Seguramente en la corrección de esas deficiencias graves en los años venideros la enseñanza de Thatcher, aun cuando no reconocida públicamente, será un factor.

Descansa en paz, Maggie.


Publicado en LaTercera

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