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CARLOS GOEDDER

Camus o el vértigo del absurdo
La confrontación entre el hombre y la realidad, al pensarla, conduce al desasosiego y a la pregunta sobre el sentido de la vida
Actualizado 17 septiembre 2012  
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Carlos Goedder   
 
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Albert Camus (1913-1960) tuvo una breve y fecunda vida, recibiendo el nobel de literatura con una edad insólita: ¡cuarenta y cuatro años! A los veinticinco escribió un ensayo que será el eje en este artículo: EL MITO DE SÍSIFO. Trabajaré sobre esta edición: CAMUS, Albert. TheMyth of Sisyphus. PenguinBooks, 2005.

En su trabajo, Camus coloca al hombre frente al absurdo. Sugiere la llegada de un momento en que se hace claro en nuestro pensamiento una disociación entre el mundo y nosotros. Individualmente nos quedamos cara a cara con el absurdo. Y a partir de esa concienciación, la gran pregunta que hace el ensayo de Camus es si merece la pena seguir viviendo u optar por el suicidio.

Una advertencia importante sobre el ensayo es que se lea hasta el final, porque dejarlo a medias puede hacer que en efecto sintamos que la realidad se nos hace más aplastante que nunca. Y ello es precisamente por esa valiosa noción del absurdo.

¿Qué es el absurdo? Camus señala que es vano explicarlo y definirlo. El absurdo es para ser experimentado y descrito. ¿Qué caracteriza ese absurdo? Lo primero es que nace de una confrontación: ser humano y realidad. El mundo se nos hace denso y extraño. La razón te impide comprender el mundo. Surge el divorcio entre “la mente que desea y el mundo que decepciona”. Tienes un deseo por clarificar lo qué estás viviendo, por darle coherencia a una realidad que percibes claramente irracional y salvaje. El pensamiento te lleva a unos terrenos desiertos. Sabes que tu vida, esa vida que se te hace desasosegada, cesará con algo que has percibido siempre como la suprema injusticia: la muerte. Incluso llegas a preguntarte si ante este sinsentido anticipar la muerte en una respuesta. Sentimos la necesidad de una explicación totalizadora que dé consuelo. Esa concienciación del absurdo la resume Camus así:

“Lo irracional, la nostalgia humana y el absurdo que nace de su encuentro – estos son los tres personajes del drama que necesariamente debe terminar con toda la lógica de la cual una existencia es capaz.” (p. 26)

La desesperación lleva al hombre pensante a exclamar:

“Quiero que todo se me explique o nada. Y la razón es impotente cuando oye este grito del corazón” (p. 25)

El hombre absurdo –aquí “hombre” vale por “ser humano”- es todo lo contrario a un ser reconciliado. El hombre absurdo está enfrentado a todo esto y lo asume. Encara al absurdo de frente.

Un consuelo inmediato es ir hacia Dios. Camus plantea que los dilemas del hombre contemporáneo distan de ser los clásicos referentes a la moral y ahora apuntan hacia la metafísica. Puedo elegir la contemplación, puedo decir que Dios es la respuesta. Que todo este absurdo se resuelve aceptando a Dios. Ahora bien, el hombre absurdo de Camus nunca emplea este recurso. Para nada le interesa la esperanza y menos una esperanza que sea ajena a este mundo. Camus respeta al místico y a quien apunta hacia Dios para hallar sosiego existencial.
Ahora bien, su hombre absurdo es un hombre sin esperanzas, mas no por ello desesperado.

Y es por eso que mando a leer el ensayo completo. Porque cuando Camus nos está pintando ese absurdo, ciertamente nos pone contra las cuerdas. ¿Cuándo sentimos ese absurdo? Puede que un grave revés en la vida nos lo asome: la muerte de alguien amado, la enfermedad, el fracaso en alguna lucha, la ruina y cualquier desazón severa que nos agite. Incluso antes de llegar a ese extremo, el absurdo puede percibirse apenas pensamos detenidamente; basta vivir atento – una postura elogiada por Camus- para exponernos a esta sensación. Y podemos rehuirle como hacen muchos, refugiándose en algún afecto, aferrándose a una ocupación o quizás evadiéndose en el consumo de interminables distracciones. Cuando EL MITO DE SÍSIFO nos hace meditar este absurdo  y nos expone lo terrible que es la vida, Camus hace una inflexión y declara que EL PUNTO ES VIVIR (p. 63). Sin Dios, sin esperanza, sin certidumbre, Camus apela a que el hombre absurdo viva. Lo que empieza con una exploración sobre el suicidio termina transformándose en una exhortación por vivir este mundo absurdo.

Algo especialmente valioso en Camus es su sentido práctico. Propone al hombre absurdo que acepte las limitaciones de su razón sin renunciar a ella y afirma: “Si reconozco los límites de la razón no por ello la niego, reconociendo sus poderes relativos” (p. 38). También: “El absurdo es la razón lúcida conociendo sus límites” (p. 47). Y de manera elocuente señala: “Y eso es precisamente el genio: la inteligencia que conoce sus fronteras” (p. 68). En definitiva, el hombre absurdo acepta su condición y las herramientas limitadas con las cuales cuenta. Y se lanza a vivir. A vivir aunque esa existencia esté expuesta incesantemente al absurdo.

Como consecuencia de explorar al absurdo, valoro más que nunca mi rebelión, mi libertad y mi pasión. “Habiendo comenzado desde una angustiada conciencia de lo inhumano, la meditación del absurdo regresa, al final de su itinerario, al mismo comienzo de las apasionadas llamas de la rebeldía humana.” (p. 62)   Es precisamente esa rebeldía, esa disconformidad, lo que da a la vida su valor.

La opción de Camus cobra valor al descartar una esperanza. Este hombre absurdo está luchando quizás sin sentido alguno, mas eso dista de importarle. Por eso cobra valor la imagen de Sísifo, personaje mitológico condenado a empujar una roca hasta la cima de una montaña para luego ver cómo la piedra se cae y vuelve al punto inicial,  retomando Sísifo su labor otra vez y repitiéndose la secuencia ininterrumpidamente. Camus valora al Sísifo que baja de la altura a volver a retomar su tarea. Es cuando Sísifo baja de la montaña tras vivir el fracaso, cuando el personaje se hace más caro a Camus, porque es allí cuando Sísifo descubre el absurdo. Y sigue adelante. Camus declara: “La lucha misma hacia las alturas es suficiente para llenar un corazón humano. Uno debe entonces imaginar a Sísifo feliz.” (p. 119)

Así que un hombre incapaz de reconciliarse con el mundo puede ser feliz y eso da un valor ético a este libro. Estamos ante un autor joven, desmesuradamente lúcido, quien renuncia a la desesperación como respuesta al absurdo y también a la esperanza. Simplemente acepta la vida. Vive de manera consciente y pensante. Y renuncia vehementemente al suicidio. Camus establece: “Ser consciente de mi vida, de mi rebeldía, de mi libertad, y al máximo, es vivir y al máximo” (p. 60). Y: “Si el absurdo cancela todas mis oportunidades de libertad eterna, restablece y magnifica por otra parte mi libertad de acción. Esa privación de esperanza y futuro significa un incremento en lo que el hombre tiene a su alcance”. (p. 55) Está claro que este hombre absurdo es un hombre valiente. Su voluntad le es indispensable. “Para el hombre absurdo no es un asunto de explicar y resolver, sino de experimentar y describir.” (p. 91)

En el ensayo Camus analiza distintas elecciones disponibles para el hombre absurdo. Analiza entonces distinto “arquetipos” de elecciones vitales frente al absurdo. Aparece el Don Juan, con su ética de la cantidad amatoria por sobre la cantidad; el actor, quien cambia permanente de rol e interpreta cada papel hasta sus últimas consecuencias; el conquistador, quien por sobre todo se vence a sí mismo; y finalmente aparece el creador, el artista en permanente duda – “Si el mundo fuese claro, el arte no existiría” (p. 95). Para cada una de estas vertientes, Camus hace varias reflexiones y lo mejor es verlas directamente en el libro. El autor afirma:

“Déjenme repetir que estas imágenes no proponen códigos morales y no envuelven juicios: son esbozos. Simplemente representan un estilo de vida. El amante, el actor o el aventurero interpretan el absurdo. Pero igual lo hacen, si lo desean, el casto, el funcionario o el Presidente de la República.” (p. 88)

La obra dedica buen espacio a explorar a los escritores del absurdo, figurando Dostoievsky, Kafka, Kierkegaard y Nietzsche. Camus encuentra en la creación artística una de las supremas realizaciones del hombre absurdo y la ética que le asigna es estricta:

“He señalado el hecho de que la voluntad humana no tiene otro propósito que mantener la atención. Pero eso no puede suceder sin disciplina. De todas las escuelas de paciencia y lucidez, la creación es las más efectiva. Es también las más sorprendente evidencia de la única dignidad del hombre: la tenaz rebeldía contra su condición, la perseverancia en un esfuerzo considerado estéril. Llama a un esfuerzo diario, autodominio, una estimación precisa de los límites de la verdad, la medición y la fortaleza. Constituye una ascesis.” (p. 112)

Que un texto donde se renuncia a la esperanza y se enfrenta la aridez del mundo conduzca a un mensaje tan alentador es un logro memorable. EL MITO DE SÍSIFO es una lúcida y reflexiva invitación a vivir.

Como católico, me parece que es conciliable el hombre absurdo con el hombre cristiano. Aceptar que existe un Dios para nada refuta mi conciencia sobre el absurdo. Dios nunca será una excusa para que escape a mi responsabilidad, tanto en el pensamiento como en la decisión. Esta afirmación evangélica es una proclama a que los cristianos asumamos el absurdo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” (Marcos 8, 27-35). Aceptar a Dios me da un aliento adicional, mas jamás renuncio a mi drama, ni renuncio al mundo. Si lo pienso con cuidado, veo en Jesús al hombre absurdo, en el sentido de que vive su libertad, su rebeldía y su pasión conociendo desde el inicio que será condenado. Si algo atrae de este Dios, es que vive la misma desesperación que como hombre yo vivo, que está lanzado al mundo y lo vence. Jesús me invita a una postura frente al absurdo ausente en Camus: me propone el amor como realización y me hace dirigir mi mirada hacia el prójimo. Este amor es un amor dramático: está dirigido hacia seres finitos, hacia otros en quienes disto de tener garantizada reciprocidad y es más, se me anima a que ame incluso a quien me adversa. Este amor católico está lleno de absurdo. Simplemente le añado esperanza, sin que eso signifique en absoluto simplificar las cosas. Jamás me eximo de mi condición humana por creer en Jesucristo y veo a Sísifo al arrodillarme frente a un Dios agonizante clavado en un madero. Atisbo en todo esto un existencialismo católico y motivaciones adicionales para renunciar al suicidio. Algo de ello ve Camus en su estudio, cuando señala: “Es posible ser cristiano y absurdo. Hay ejemplos de cristianos que no creen en la vida futura” (p. 109). Incluso considero que el cristiano creyente en la vida eterna puede perfectamente ser absurdo, mientras evite renunciar a esta vida terrena y sus problemas. Citando a Nietzsche, como hace Camus, “los grandes problemas están en la calle.” (p. 123)
 
                                              
carlosurgente@yahoo.es
Madrid, Septiembre de 2012
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