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ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

Internet, la mente y el cerebro
Desde que en nuestra era apareció el fenomenal recurso cibernético se han derramado ríos de tinta con partidarios y detractores de la herramienta de marras.
Actualizado 23 enero 2012  
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Alberto Benegas Lynch (h)   

Creo que resulta objetivo mostrar la cara y la contratara del nuevo instrumento de Internet. Constituye un lugar común el decir que todo artefacto se puede utilizar bien o mal: un martillo pueda emplearse para clavar un clavo o para romperle la nuca al vecino.

Pero en el caso aquí considerado debemos puntualizar, por un lado, los riesgo de un tartamudeo incesante o un abrir ventanas sin solución de continuidad, lo cual repercute en las personas convirtiéndolas en una especie de autómatas que navegan sin ton ni son, en ausencia de toda concentración en un tema específico, en un contexto de flashes que rechazan elaboraciones y argumentos de alguna extensión y solidez. Con este golpeteo, naturalmente no hay tiempo (ni ganas) para digerir ni tamizar lo obtenido, con lo que se confunde información con conocimiento el cual requiere (exige) relacionar conceptos, sopesarlos, escudriñar ideas y darse tiempo para la eventual refutación y para arribar a conclusiones.

Por otra parte, los hay quienes buscan líneas de investigación específicas para lo que exploran en direcciones que maneja el sujeto frente a la computadora por más que también la navegación depare sorpresas y conduzca a puertos inesperados pero siempre con un propósito definido. Para estos trabajos, Internet resulta un colosal prodigio. En este contexto es comprensible que muchas veces no resulta para nada provechoso leer un texto de cabo a rabo puesto que la atención se circunscribe a la búsqueda en cuestión. Esto, de más está decir, no se aplica a las novelas o cuentos puesto que en este género se busca gozar (paladear, podría decirse) cada línea del texto, lo cual no se aplica a obras de consulta (por eso resulta tragicómico cuando alguien que no sabe en que consiste una biblioteca, al enfrentarse a una voluminosa, le pregunta admirado al titular “¿todos esos libros ha leído?”).

Acaba de aparecer un libro de Nicholas Carr titulado ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales que plantea el antedicho problema con observaciones muy sesudas, pero también incluye los que a nuestro juicio constituyen errores de peso. Hoy se dice que los ordenadores pueden afectar negativamente la memoria, pero al mismo tiempo Carr nos recuerda los diálogos que relata Platón en “Fedro” en cuanto al rey de Egipto que prohibió a sus súbditos la escritura pues sostenía que haría que “se perdiera la memoria”, en lugar de comprender que se libera capacidad intelectual para otras cosas, del mismo modo, decimos nosotros, que hoy el arquitecto no necesita dedicar horas con plumas y lápices para dibujar planos que fabrica al instante la computadora en tres dimensiones con toda la parafernalia necesaria y así libera al profesional para ejercitar su creatividad (se consigna que los materiales de construcción del futuro serán mallas resistentes que cubrirán edificios con curvaturas y formas sumamente acogedoras).

Nicholas Carr explica fundadamente que todos nuestros hábitos van conformando las características cerebrales y esto no excluye al uso (y mal uso) de los ordenadores. En este sentido cita las conferencias del biólogo J. Z. Young en la BBC donde muestra el “flujo constante” en el cerebro que “se adapta a cualquier tarea que se le encomendase” porque “las células de nuestro cerebro literalmente se desarrollan y aumentan de tamaño con el uso, así como se atrofian o consumen por la falta de uso” y que, por tanto, “puede ser, pues, que cada acción deja cierta impresión permanente en el tejido nervioso”. Y agrega Carr que “Las neuronas tienen núcleos centrales, o somas, que desempeñan funciones comunes a todas las células, pero también tienen dos tipos de apéndices a modo de tentáculos -los axones y las dentritas- que trasmiten y reciben impulsos eléctricos. Cuando una neurona se activa, un impulso fluye del soma a la punta del axón, donde se desencadena la liberación de sustancias químicas llamadas neurotrasmisores. Estos neurotrasmisores afluyen […] a lo que hoy llamamos sinápsis y se adhiere a una dentrita de la neurona vecina, provocando (o suprimiendo) un nuevo impulso eléctrico”. Concluye el autor de este libro que “Docenas de estudios a cargo de psicólogos, neurobiólogos, educadores y diseñadores web apuntan a la misma conclusión: cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta una lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial […] Una cosa está clara: si, sabiendo lo que sabemos hoy sobre la plasticidad del cerebro, tuviéramos que inventar un medio de reconfigurar nuestros circuitos mentales de la manera más rápida y exhaustiva posible, probablemente acabaríamos diseñando algo parecido a Internet”.

Estas reflexiones están provistas de un gran interés a los efectos de comprender como el cerebro se adapta a nuestros hábitos y conductas, lo cual, de más está decir, no se circunscribe a Internet y tampoco quiere decir que esas configuraciones sean irreversibles. Pero lo alarmante de Carr es su materialismo (o determinismo físico para recurrir a una expresión acuñada por Karl Popper). Tal como muestra, entre otros, el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, nuestro cerebro es el instrumento fundamental para comunicarnos con el mundo externo, pero es la mente, la psique o los estados de conciencia lo que dirige las conductas humanas. Carr rechaza “la idea de una mente inmaterial fuera del alcance de la observación y la experimentación” y abraza junto a otros “la noción del cerebro como máquina” puesto que “El pensamiento, la memoria y la emoción, en lugar de emanaciones de un mundo espiritual, llegaron a considerarse resultados lógicos y predeterminados de las operaciones físicas del cerebro”.

El referido Eccles, el Premio Nobel en medicina Roger W. Sperry, el pionero de la física cuántíca y premio Nobel en física Max Plank, el filósofo John Hospers, los psicólogos Nathaniel Branden y Thomas Szasz, el también mencionado Karl Popper (seguramente el filósofo de la ciencia más reconocido), el premio Nobel en economía Friedrich Hayek, el lingüista Noam Chomsky y tantos otros científicos, por distintos motivos, discrepan radicalmente con las antedichas afirmaciones materialistas.

Si los humanos fuéramos solo kilos de protoplasma, haríamos “las del loro”, no habría tal cosa como proposiciones verdaderas y falsas, no habría posibilidad de revisar nuestros juicios, no habrían ideas autogeneradas, ni pensamiento, ni propósito deliberado, ni libre albedrío y, consecuentemente, no existiría la responsabilidad individual, ni la moral y ni siquiera podría “argumentarse” a favor del determinismo.

La libertad implica libre albedrío, lo que a su vez contradice el materialismo o determinismo en el sentido popperiano. Enrique de Gandía escribe en Introducción al estudio del conocimiento histórico que “La historia nace de la libertad y existe por la libertad. Ella es la vida del hombre y el hombre no puede vivir como hombre si sus acciones no están inspiradas por la libertad. Cuando en una historia falta la libertad, la historia deja de ser historia y es etnología, arqueología o recopilación de curiosidades […] Llegamos pues a la conclusión de que la historia del hombre es la historia del pensamiento”.

En resumen, volvamos al lugar común antes apuntado: todos los instrumentos pueden utilizarse bien o mal, de lo que se trata es de emplear adecuadamente esa extraordinaria herramienta que se conoce con el nombre de Internet, situación que no debe subestimar los peligros de la formación (más bien deformación) de jóvenes que se las pasan frente a la computadora en una secuencia indefinida de links, jueguitos esquizofrénicos y mensajes estúpidos de texto con pésima gramática y peor contenido porque se corre el riesgo de una involución a la nada conceptual y al ruido gutural permanente.

En otro orden de cosas, como una nota al pie al presente artículo, anotamos para cerrar una observación clave de Albert Espulgas Boter en La comunicación en una sociedad libre: “El uso de la banda ancha es excluyente, es materialmente imposible que todos los usuarios que lo deseen la utilicen al mismo tiempo y para todo tipo de finalidades sin límite alguno […] Ya hemos visto que la respuesta liberal a esta cuestión es siempre la misma: los legítimos propietarios de un determinado bien escaso (los propietarios de las infraestructuras de la red, en este caso) son quienes deben decidir con respecto a su uso […] el sistema de precios permite orientar los recursos hacia los usos más demandados por los consumidores […] El caso de la banda ancha de la red es análogo al de las ondas radioeléctricas”.

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