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ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

África por dentro
Ahora, en varios países africanos se han puesto de manifiesto estallidos sociales y revueltas de magnitud insospechada hasta hace relativamente poco tiempo
Actualizado 5 marzo 2011  
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Alberto Benegas Lynch (h)   

Salvo Sudáfrica, que en gran medida ha sido tocada por instituciones civilizadas (especialmente post apartheid), en el resto del continente africano las personas viven como animales, menos los gobernantes que se desenvuelven en la opulencia fruto del latrocinio y la rapiña (el ejemplo más difundido es el de Idi Amín Dada de Uganda, “el primer caníbal con refrigerador” como lo denomina Paul Johnson debido a los humanos que engullía, cuyo patrimonio neto ascendía a ocho mil millones de dólares).

Paradójicamente, África cuenta con los recursos naturales más abundantes del planeta pero los regímenes prevalentes se sustentan en aparatos estatales que esquilman a todos en base a empresas expropiadas, precios controlados, reformas agrarias, manipulación monetaria extrema (el signo monetario de Zimbawe cuenta con el billete de mayor denominación: cien trillones de dólares de ese país), impuestos asfixiantes, inexistencia de justicia, fuerzas armadas y policiales al servicio del saqueo, crímenes políticos permanentes, constantes asaltos gubernamentales a quienes se consideran “súbditos-rebeldes”, todo lo cual se refuerza en grado sumo con las carradas de dólares provistos por entidades nefastas como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que resultan un estímulo colosal para continuar con regímenes corruptos.

Esa vasta tierra misteriosa de la cual todos los humanos provenimos, tal como, entre tantos otros, explica Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford en su fascinante obra titulada The Journey of Man editada por Princeton University Press, por esa razón la sentimos de algún modo como propia. A menos que se suscriba la absurda lacra del racismo, la suerte de esos parientes lejanos no se debe a otra cosa que al sistemático y horroroso desenfreno del Leviatán que no da respiro para una vida propiamente humana, en donde las pestes, las hambrunas y la más sórdida de las condiciones se imponen a familias que en algún momento han debido soportar la cacería esclavista con la repugnante complicidad de sus propios compatriotas. El colonialismo de Inglaterra, Bélgica, Francia, Alemania y Portugal no son justificativos para la pobreza puesto que EE.UU. y otros muchos lugares también fueron colonias y progresaron. En el caso que nos ocupa las pesadas botas de los soviéticos se ocuparon de contratar energúmenos que infectaron mentes a su paso en el sentido señalado al comienzo.

Ahora, en varios países africanos se han puesto de manifiesto estallidos sociales y revueltas de magnitud insospechada hasta hace relativamente poco tiempo. Algunas giran en torno a nuevos autoritarismos militares con rostros renovados, otros reclaman teocracias totalitarias y, finalmente, los hay quienes, hartos de mandones, quieren vivir en libertad. Por el momento, desafortunadamente, estos últimos reclamos constituyen minorías frente a las turbas enfurecidas que conducen sus acciones y manotazos de ahogados para desembocar en un cambio de amo (aunque mientras escribo estas líneas bien dice Jean-Daniel Bensaid de Le Nouvel Observateur que de todos modos estas sublevaciones “han producido una enorme fisura en la autoridad simbólica”).

En lo que sigue de este artículo me baso en el formidable libro de Ryszard Kapuscinski titulado Ébano, que al leerlo uno se sumerge profundamente en el continente negro de treinta millones de kilómetros cuadrados y es trasportado a vivir con lujo de detalle en África como probablemente ningún otro libro sea capaz de hacer con tanta fuerza y asombroso realismo. Al leerlo se olfatean las aromas de dátiles, almendras, hojas de laurel, plátanos, naranjas y azahares, se escuchan las voces, los ruidos y las músicas descriptas, se enfrasca uno en el húmedo calor diurno, dan vértigo los inmensos espacios abiertos, asustan las acechanzas de animales de todo tipo y especie y hasta se sienten en carne propia los dolores y las alegrías de que nos habla tan elocuentemente el autor. Sobre todo sobresalen los dolores espantosos en medio de una riqueza natural casi sin parangón. El libro pone al descubierto con contundencia que el marco para la vida es del todo propicio, las condiciones exteriores para la felicidad están concedidas pero el hombre es grandemente desdichado por sistemas siniestros que establece los cuales más que anulan las bendiciones exteriores que ha recibido en el contexto de una vegetación exuberante y siempre generosa y bien dispuesta. En los tramos más sobresalientes del libro se describe la desgracia humana y su incapacidad de rectificar el rumbo macabro que ha decidido emprender y mantener a rajatabla para la desdicha más brutal de quienes tienen sentido de dignidad y autoestima.

 

Salvo acotaciones marginales y una nota final, todo lo que escribo a partir de ahora en este artículo son reflexiones y observaciones del gran Kapuscinski. No intento condensar sino apenas ilustrar con solo algunas muestras su magnífica obra publicada por Anagrama, en Barcelona, a través de los siguientes puntos, aunque el autor aclara que sobresimplifica para reflejar comportamientos y costumbres lo cual no debe conducir al estereotipo ya que las personas son todas distintas.

  • El sentido del tiempo en África no es objetivo y fuera del hombre sino subjetivo y enteramente elástico y aparece en tándem con las actividades de la gente. El bus no sale a cierta hora, comienza su recorrido cuando se ocupa a pleno. Las reuniones y fiestas no se celebran a cierta hora prefijada sino cuando llega la gente, lo cual convierte el día en extenuantes letargos y en un estado de sopor interminable.
  • Los peligros permanentes que deben afrontar los habitantes los hacen estar siempre en tránsito, son nómades, aunque de movimientos lentos son peregrinos e inmigrantes en su propia tierra y están acostumbrados a caminar en fila india ya que hay senderos que comparten con los animales puesto que las carreteras son escasas. Por ello son más bien callados, acostumbrados a la fila india, se torna dificultoso el intercambio de ideas. Y cuando aparecen caminos terregosos invitan a que se avance por eternos trechos sin señalamiento alguno y que, sin previo aviso, súbitamente, el camino se bifurca sin saber uno donde tomar y, cundo uno se decide, comprueba que la polvorienta ruta no conduce a ninguna parte cuando no encuentra antes “mil monumentos de granito oscuro” que son búfalos tercamente inmóviles.
  • En esas zonas “el sol sale como catapultado, como si alguien lanzase al aire una pelota. Enseguida vemos la esfera incandescente tan cerca de nosotros que nos embarga una sensación de temor. Por añadidura, la esfera no para de afluir hacia nosotros” hasta que termina la luminosidad y “se acaba el día, y enseguida cae la noche como si alguien, con un repentino movimiento de interruptor, desconectase el generador del sol”.
  • El rito del saludo resulta crucial para el futuro de las relaciones, la forma como se da la mano marcará el tenor del vínculo. Si es parco o si por el contrario es rebosante en energía y de “terrible ímpetu”. Esto último constituye un buen signo y encamina las buenas amistades “como si en lugar de estrecharle la mano al visitante quisiéramos arrancársela”.
  • La tierra no se puede dar ni vender porque pertenece a los antepasados (tal vez un pretexto para que disponga el autócrata del momento). “En África el individualismo es sinónimo de desgracia, de maldición. La tradición africana es colectivista” (lo cual es exacerbado por los gobernantes por fuera del clan y la tribu). Un fulano explicó que huyó de la parentela abrumado por el sistema: “lo había compartido todo con ellos durante mucho tiempo pero finalmente se hartó”.
  • En el interior de las chozas se encuentran también animales, especialmente serpientes y generalmente cobras. En el exterior hay leones: los más peligrosos para el hombre son los más viejos que al no poder alcanzar a sus presas queda rezagado de la manada a la espera de una caza más accesible.
  • La muerte del elefante permaneció durante mucho tiempo como un misterio insondable. No se encontraban en ninguna parte restos de elefantes como ocurría con otros animales. Finalmente se descubrió que los más viejos al acercarse a las lagunas para saciar la sed perdían la flexibilidad de la trompa para succionar y llevar el agua a la boca para lo cual se internaban en el lago para acercar la boca al líquido lo cual suele empantanar al animal y bloquear su retirada con lo que fenece y, sin dejar rastros de su existencia, se hunde en las profundidades del líquido que en su momento aplacaría su sed.
  • La malaria es muy frecuente y mata a millones de personas. Los síntomas son primero una gran inquietud interior y luego ataques de intenso frío al que se agregan convulsiones terribles, mareos intermitentes y dolores muy fuertes en todo el cuerpo. La más benigna es la que se traduce en lo que se asemeja a estados gripales recurrentes y es irreversible, no se cura nunca. A cada rato se ven personas como entumecidas que no contestan a ninguna requisitoria, están como en el limbo: están afectadas por la malaria. A su vez, esta enfermedad reduce tanto las defensas que el cuerpo frecuentemente contrae otra enfermedad, generalmente tuberculosis.
  • Los nombres de los niños se asignan según los acontecimientos que ocurren cuando se produce el alumbramiento. Así son frecuentes los nombres de “Mañana Fresca”, “Sombra de Acacia”, “Educación” (porque ese día se instaló un colegio) etc.
  • Los accidentes de la meteorología son asimilados a los acontecimientos políticos: “la gente corriente trata los cataclismos políticos —golpes de Estado, alzamientos militares, revoluciones y guerras— como fenómenos pertenecientes al mundo natural. De ahí que demuestran ante ellos los mismos sentimientos de resignación apática y fatalismo. Como si se tratase de una inundación o una tormenta. No se puede hacer nada, hay que esperar que pasen, guarecerse bajo el techado y de vez en cuando levantar la vista hacia el cielo a ver si ya han desaparecido los rayos y se han alejado las nubes”. Los nuevos megalómanos declaman que esto cambiará la faz de la “gran república”, que vendrá “la libertad auténtica”, que debe frenarse “la carrera de nuestros políticos hacia el enriquecimiento vertiginoso”, que debe ponerse coto a “los lobos políticos que han saqueado al país” quienes también han ejecutado medidas por las que “los derechos humanos básicos han sido brutalmente violados”, en resumen “hay que acabar con todos los que tenían opiniones distintas” a las del nuevo elenco gobernante y así sucesivamente. Uno de los ministros ostentaba seriamente el título de “ministro de escuelas, universidades, radio, prensa, museos, ciencia, cultura, arte y propaganda” (cualquier parecido con otros lares no es mera coincidencia sino generalizada estupidez).
  • La inseguridad es permanente, los robos, amenazas y crímenes están a la orden del día. La privacidad es imposible, la mayor parte de las puertas no existen porque dicen los lugareños que “vivimos todos juntos, formamos una familia, una comunidad; niños, adultos y viejos, nunca nos separamos”, pero incluso los niños se matan entre si: “Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo matando a otros niños, y en masa”. Y la mujer es prácticamente una cosa de la que se sirve el varón “al ver acercarse a un hombre, las mujeres del lugar se apartan del camino y se ponen de rodillas. Arrodilladas, esperan hasta que se aproxime. La costumbre manda saludarlas. Ellas, al contestar, preguntan que pueden hacer por el. Si el les dice que nada, esperarán hasta que se marche, se levantarán y proseguirán su camino.”
  • Con todo, la indescriptible generosidad de la naturaleza en esa parte del mundo es notable bajo cualquier parámetro que se la considere y ofrece espectáculos panorámicos de una belleza inusitada.

Decimos nosotros que en verdad constituye un atraco al sentido común el despilfarrar tantos dones naturales a manos de castas de forajidos que se reiteran para aplastar de modo inmisericorde cualquier signo de creatividad debido a la destrucción más completa de los más elementales derechos, desafortunadamente con el apoyo directo o indirecto de otras naciones que en lugar de enfatizar la necesidad de establecer marcos institucionales civilizados, proponen la profundización de las políticas estatistas que demuelen toda posibilidad de progreso. Como queda dicho, todos venimos de ese continente: aunque más no sea por amor a ese lejano terruño, todos deberíamos contribuir a reencauzar los valores y principios que, en otras partes, han sido capaces de  convertir desiertos en vergeles.

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