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ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

Argentina: La manía de manejar lo ajeno
En el caso argentino debería tenerse presente los principios y valores que dieron lugar a un notable progreso desde la Constitución liberal de 1853...
Actualizado 16 julio 2010  
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Alberto Benegas Lynch (h)   

Me surgió la idea de esta columna días pasados al observar por enésima vez a la Presidenta argentina dar detalladas instrucciones a los productores como tienen que proceder. No quiero cargar las tintas con lo que ocurre en este país sudamericano puesto que, lamentablemente, hoy en día la actitud de los burócratas en muy diversos lugares resulta conmovedoramente similar.

Esto es consecuencia de una fenomenal degradación de la idea de gobernar. Tradicionalmente, en el llamado mundo libre, había algo más de pudor y recato en el gobernante. Al decir de Jefferson “el que menos gobierna es el que mejor gobierna” y Alberdi ejemplificaba las funciones estatales con el episodio de cuando Alejandro le preguntó a Diógenes que podía hacer por el: “no me hagas sombra” fue la oportuna respuesta. Toda la tradición del constitucionalismo se basa en las limitaciones al poder. A diferencia de la pastosa concepción autoritaria platónica del “filósofo-rey”, Karl Popper le opone la idea de establecer claras vallas al aparato estatal “para que el gobernante haga el menor daño posible”.

En lugar de ocuparse de afirmar marcos institucionales civilizados y estables y de garantizar derechos, impartir justicia y crear un clima de seguridad, los gobernantes exaltados y megalómanos tratan al país como su propia empresa con el curiosos aditamento que no se hacen responsables por los reiterados desaciertos en el contexto de corrupciones alarmantes, gastos públicos y deudas estatales exorbitantes. En estas condiciones, como un macabro carrusel, cada nuevo gobernante endosa la culpa de los males al gobernante anterior y así sucesivamente, todos borrachos de estadísticas sin ver que lo relevante es el respeto recíproco al efecto de que cada uno tenga su espacio para decidir su destino con la indispensable dignidad y autoestima.

En una de las últimas peroratas la gobernante argentina indicó exultante que en ese mismo acto daba la inmediata orden de abrir la llave en una industria para que fluya energía. Recuerdo que un amigo de un tío mío, en sus épocas de estudiante, era objeto de mofas de diverso calibre porque trabajaba en la mesa de entradas de una empresa purificadora de agua y frente a cada llamado telefónico de sus amigos solía interrumpir la conversación con la peregrina idea de darse lustre para decir en voz alta simulando instrucciones perentorias a subordinados (inexistentes) cosas tales como “corten dique cuatro y abran compuertas del sector ocho”. Hay en esto cierto paralelismo pero con una diferencia de fondo: en el caso del fanfarrón no se lesionan derechos, mientras que no ocurre lo mismo en el caso de gobernantes megalómanos.

Igual que en otros lares en los que los gobernantes no parecen tener idea de límites, en el caso argentino se repite el fenómeno con machacona perseverancia. Días pasados en el Delta la Presidenta habló ante un nutrido grupo de madereros con varias generaciones en el oficio y les daba inauditas y detalladas indicaciones que no podían más que generar vergüenza en el observador más distraído. Los rostros de la audiencia eran entre la incredulidad y el estupor, aunque en estos contextos nadie se atreve a contradecir a la mandataria por temor a quedarse sin empresa. En verdad no parece haber sentido el ridículo.

Por su parte, “la oposición” se entretiene en temas más o menos irrelevantes en el sentido que no van al fondo de las heridas infringidas a lo que queda de la República. No considera la necesidad de retomar los valores alberdianos en cuanto a dejar de lado el “modelo” de redistribuir ingresos ajenos. En cambio, centra su atención en temas que serían de importancia si se tuvieran en cuenta los aspectos de fondo puesto que se trata de procedimientos y mecanismos que apuntan a preservar ese fondo, pero que valen de muy poco si todos parecen coincidir en el antedicho modelo que insiste en sustituir los principios liberales del inspirador de nuestra Constitución fundadora por un Leviatán desbocado.

Sin duda que el tema central consiste en la necesidad de trabajar en el terreno educativo al efecto de crear el necesario clima de opinión que obligue a los políticos a rectificar el rumbo si desean contar con apoyo electoral. Este es el verdadero déficit argentino que conduce a una superlativa incomprensión de las bases de una sociedad abierta. Reforzar grandemente las tareas educativas (y no des-educativas o mal-educativas como sucede en gran medida en la actualidad) permitirá retomar los cauces que hicieron de la Argentina la admiración del mundo por su notable progreso moral y material, en los tiempos en que venir a este país era “hacerse la América”.

Entre otras medidas, es urgente establecer un sistema federal en el que las provincias no solo compitan entre si en materia fiscal sino que la coparticipación impositiva se lleve a cabo desde las provincias a la nación. Es indispensable sustituir toda la maraña de dobles y triples imposiciones por un gravamen territorial razonable y uno de alícuota reducida al valor agregado. Se torna imperioso abrogar toda la legislación laboral que bloquea el empleo y contar con asociaciones sindicales libres y voluntarias apartándose de la estructura fascista que nos rige. Es oportuno eliminar la banca central y reformar el sistema financiero dejando sin efecto la reserva fraccional. Se requiere la liberación de las tarifas y controles aduaneros al efecto de permitir la integración al resto del mundo. Las circunstancias exigen que se retrotraigan las funciones gubernamentales a la protección de derechos para lo cual los pocos funcionarios indispensables deberían trabajar en la Casa Rosada eliminando las reparticiones inútiles y, asimismo, el establecimiento de una carrera judicial seria e independiente.

El ataque frontal al exitoso, la envidia y el resentimiento a quien prospera debería sustituirse por un ambiente de cordialidad y de reconocimiento a los emprendimientos legítimos. Los marcos institucionales debieran retornar al respeto a los derechos de propiedad y garantía a los contratos y la libertad de expresión tomada como algo sagrado e inmodificable en un clima en el que los llamados empresarios que en verdad son cazadores de privilegios y prebendas no tengan lugar alguno para sus fechorías.

Estas no son medidas para timoratos y acomplejados, si queremos lograr los objetivos de prosperidad es menester que todos sean capaces de levantar su voz y no dejarse enredar en la “tragedia burocrática” para recurrir a una expresión de Kafka en El proceso.

Hago aquí una breve digresión en torno a la literatura kafkiana para recordar la carta del autor a su amigo Max Brod en la que le indica que, después de muerto, “todo lo que encuentres entre mis cosas (estantes, armario, escritorio, en casa y en la oficina, o en cualquier otra parte y que llegue a tu conocimiento), sean diarios, manuscritos, cartas, propias y ajenas, dibujos etc., debe ser quemado sin dejar nada y sin leerlo”. No deja uno de pensar en la paradoja del encendido entusiasmo y la molesta incontinencia verbal en dirección a reiteradas vociferaciones por parte de antiestéticos funcionarios que, para peor, casi siempre escriben memorias desmemoriadas y, en cambio, colosos como Franz Kafka no consideraban sus obras dignas de mérito suficiente como para legarlas a la posteridad.

En el caso argentino debería tenerse presente los principios y valores que dieron lugar a un notable progreso desde la Constitución liberal de 1853 hasta que nos volvimos fascistas en los años treinta y luego nazi-fascistas a partir de la década siguiente. Deberíamos tener presente que fue un puñado de hombres con Juan Bautista Alberdi a la cabeza lo que permitió enfrentarla tiranía rosista y salir del régimen colonial en medio de situaciones sumamente adversas. Como se ha dicho, quien no es capaz de levantarse para defender una causa noble, es capaz de sucumbir ante cualquier causa perversa.

Claro que como decíamos al comienzo de esta nota, la manía de los gobernantes por manejar las vidas y las haciendas del prójimo no es una condición exclusiva de gobiernos argentinos sino que incluso en el otrora baluarte del mundo libre se observan políticas y discursos entre los mandatarios que son dignos de una república bananera, lo cual, naturalmente, no trasmite buenos ejemplos. Ahora en el país del Norte se avecina el grave problema de la insolvencia de algunos estados (comenzando por California) a los que se considera la posibilidad de extender el irresponsable “salvataje”, lo cual acentuará la hemorragia de recursos en aquella nación. Y como señala Mark Calabria en el National Review las nuevas regulaciones financieras gubernamentales insisten en los mismos errores que produjeron la crisis y que empujarán aún más a la próxima: “es como encargarle al zorro que construya el gallinero”.

Todos deberíamos comprometernos en revertir el clima opresivo que provoca la referida “tragedia burocrática” y mostrar algo de auto-respeto abandonando la desidia y no pretender que el tema lo resuelven otros desde el gobierno puesto que nunca habrán buenos gobernantes si no se logra contar con una mínima comprensión de los valores de la libertad entre la gente. Fastidia en grado sumo cuando se consulta acerca de las perspectivas económicas futuras, no para contribuir a modificar la situación sino para sacar partida de arbitrajes circunstanciales y así hacerse de algún dinero adicional mientras se derrumba la sociedad. Así “se escupe al cielo” y se profundiza la crisis de valores, en la Argentina y en todas partes. Y debe estarse siempre prevenido de los alardes patrioteros puesto que como dijo Alberdi el 24 de mayo de 1880 en su discurso titulado “La omnipotencia del estado es la negación de la libertad individual” en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires: “El entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de la guerra, no de la libertad”.

De más está decir que todo lo dicho no significa en modo alguno apuntar a que se logren las mismas ideas y modos de vivir iguales (que, por otra parte, convertiría a la sociedad en algo espantosamente tedioso). El único acuerdo que se requiere en una sociedad abierta es el respeto recíproco (lo cual desde luego incluye, por ejemplo, que un grupo de personas decida seguir el consejo de Platón en los Libros v al vii de La República y mantenga las mujeres y todos sus bienes en común). La nota distintiva de la sociedad abierta es el pluralismo, es decir, el disenso, no el consenso. Más aún, la uniformidad constituye el signo inconfundible del autoritarismo, esto es, del reino de los mandones. El debate de ideas es lo que permite las refutaciones y las nuevas corroboraciones, lo cual hace lugar a progresos en el conocimiento. En este sentido, es muy recomendable una de las obras de Nicholas Rescher editada por la Universidad de Oxford y que lleva un sugestivo subtítulo: Pluralism: Againt the Demand for Consensus.

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