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ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

Turgot y el "laissez-faire"
"...En los tiempos que corren es necesario subrayar que la idea de democracia significa el respeto por los derechos de la minoría..."
Actualizado 8 noviembre 2009  
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Alberto Benegas Lynch (h)   

Las palabras y las expresiones deben mantener su sentido y señalarse el contexto en que fueron dichas. Recordemos que, por ejemplo, la expresión “viva la Pepa” muchas veces se toma como una alabanza al desorden y al caos. Sin embargo, se trata nada menos que de la magnífica Constitución liberal de Cádiz de 1812 en cuya época se utilizó por vez primera la palabra “liberal” como sustantivo y no meramente como adjetivo para indicar generosidad, en oposición al los llamados “serviles” que acataban la línea napoleónica o monárquica.

Cuando Fernando VII reasumió el trono, su primer medida fue la de abrogar la referida Constitución y prohibió que se la mencionara. Entonces, los partidarios de aquella manifestación liberal la denominaron “la Pepa” porque había sido promulgada el día de San José: al grito de “ ¡Viva la Pepa!” las trifulcas provocadas por la represión a los defensores del orden de la libertad.

Asunto parecido ocurre con la expresión “laissez-faire” que según las mentes distraídas, mal informadas y partidarias de la regimentación humana, alude al caos y al desorden cuando en verdad surgió como un grito de comerciantes que le pedían al gobierno que los dejaran en paz para realizar actividades lícitas y competitivas. Acuñó la expresión de marras Gournay (Jacques Claude Marie Vincent), un comerciante exitoso del siglo dieciocho bien adentrado en los principios de la ciencia económica y en las enseñanzas de Cantillon y de John de Witt.

Sabía que los mercados libres producen los mejores resultados para las masas y las necesarias coordinaciones a través de los precios, y que las interferencias del aparato estatal indefectiblemente conducen a faltantes y pobreza generalizada. Como una nota al pie, consigno que mi casa en Buenos Aires (San Isidro) se llama “Laissez-Faire”.

Anne Robert Jacques Turgot, amigo de Gournay y, a su vez, influido por Ferdinando Galiani, Hume y Josiah Tucker, fue en la época el mayor difusor de la teoría del lasseiz-faire y fue el que le brindó el mayor rigor intelectual, lo cual resumió en un extenso tributo rendido a aquel amigo a raíz de su muerte prematura y en sus trabajos titulados Plan para los impuestos en general (inconcluso, 1763), Observaciones sobre el ensayo de Saint-Péravy (1767), Reflexiones en la formación y en la distribución de la riqueza (1766), Crítica a la presentación de J.J. Graslin (1767), Acerca del valor y el dinero (inconcluso, 1769), Ensayo sobre el préstamo a interés (1770) y Carta al Abate Terray (1773).

No hay texto de pensamiento económico que no dé cuenta de este personaje pero a los efectos de estas líneas nos surtimos en la obra de Schumpeter, muy especialmente en la documentación que aparece en el primer tomo de la de Murray N. Rothbard, en el libro de Henry William Spiegel y, más bien para adentrarse en el contexto, en el primer capítulo del trabajo de Gide y Rist.

En algunos casos se lo suele asimilar a Turgot con los fisiócratas pero, salvo ciertas consideraciones sobre la importancia del valor de la tierra (a pesar de sus por entonces novedosas consideraciones sobre rendimientos decrecientes), no puede equiparárselo a las teorías de Quesnay, Mirabeau y Dupont de Nemours, ni siquiera con las de Mercier de la Riviere. Junto con Turgot, es cierto que todos tenían especial aversión por los absurdos controles y reglamentaciones mercantilistas —inspiradas principal aunque no exclusivamente en concepciones colbertianas— y las criticaban por igual, pero Turgot contaba con conocimientos mucho más sólidos de la economía y, consecuentemente, desarrolló tesis más sofisticadas y liberadas de falacias y contradicciones propias de la fisiocracia.

Sus contribuciones pueden resumirse en once puntos centrales. En primer lugar, igual que haría posteriormente Adam Smith, subrayaba que el motor de todas las transacciones y el progreso estriba en el interés personal que en una sociedad libre hace que se atiendan del mejor modo posible los intereses del prójimo ya que para incrementar sus patrimonios deben ofrecer bien y servicios a terceros. Por ende, en este contexto, el interés personal siempre coincide con el interés general puesto que “es la única manera de asegurar, por un lado, el precio suficiente para estimular la producción y, por otro, que el consumidor obtenga la mejor mercancía al precio más bajo posible”.

En segundo lugar, se oponía al control de precios ya que escribía que “el gobierno debe proteger siempre la libertad natural del comprador a comprar y al vendedor para vender”. En tercer término, mantenía que los fraudes debían ser castigados pero enfatizaba que los procesos abiertos sirven de aprendizaje a las partes, así “el consumidor que es trampeado aprenderá por experiencia y cesará de comprarle al comerciante tramposo quien perderá su reputación”. Y en este mismo sentido subraya que “el pretender que el gobierno prevenga los fraudes sería como querer que se entreguen almohadas para todos los niños que pudieran caerse [...] Se pierde de vista que todas las regulaciones son confiadas a hombres que pueden tener más interés en cometer fraudes o en convivir con el fraude ya que el fraude que cometerían estaría cubierto por el sello de la autoridad pública [...] y consecuentmente la nación estará cargada con el peso para salvar a gente indolente que no se toman el trabajo de averiguar ellos al efecto de no ser trampeados”.

Cuarto, Turgot se refiere repetidamente al conocimiento disperso que no puede ser sustituido por ninguna autoridad: no hay necesidad de probar que cada individuo es el único juez competente acerca del uso [de lo suyo]. Solo el tiene el conocimiento particular y la persona más sabia solo podría argumentar a ciegas con el [...] Resulta completamente imposible el dirigir a través de reglamentaciones y continuas inspecciones la multitud de transacciones que por su inmensidad no pueden ser conocidas las que dependen de infinidad de circunstancias cambiantes que no pueden ser manejadas ni previstas”.

Quinto, alude a los pseudoempresarios que viven de las protecciones de la competencia que le brinda el poder político a contramano de los intereses de los consumidores, así escribe que “No hay empresario que no le gustaría ser el único vendedor de su mercancía. No existe ramo comercial en los que operan en el no quisieran eliminar la competencia y que no busquen algún argumento sofista para hacer creer a la gente que eso está en el interés del país, por lo menos en lo que se refiere a los productos que vienen del exterior que presentan como los enemigos del comercio nacional. Si los oímos, y los hemos oído muy seguido, todos los ramos del comercio estarían infectados de este tipo de monopolios. Estos tontos no ven los efectos [de la extensión de esa idea] a los productos locales”, lo cual bautiza como “la guerra de la opresión recíproca”.

Sexto, elabora en cuanto a los efectos nocivos de los siempre crecientes gravámenes sobre la producción y el consumo y concluye que “Parece que las finanzas públicas, como un monstruo voraz, está al acecho para hacerse del botín de la riqueza de la gente.” Séptimo, se anticipa a la teoría subjetiva del valor y a la idea de los costos de oportunidad al poner énfasis en “las cambiantes necesidades de las personas” y que el valor “no es susceptible de medición”: “el agua a pesar de la necesidad que hay por ella y de la multiplicidad de satisfacciones que proporciona al hombre, no se valora ya que la encuentra en abundancia”. Además señala que “La superioridad en el valor de lo que estima adquiere una persona respecto de lo que entrega a cambio, resulta esencial en el intercambio y el solo motivo del mismo”.

Octavo, sus nociones sobre la teoría del capital, el ahorro y el rol del interés son notablemente modernos y en línea con las tesis de la Escuela Austríaca (lo cual incluye críticas muy bien fundadas a las leyes sobre la llamada “usura”). Noveno, su concepción monetaria: “El dinero no es para nada el resultado de una convención por lo que se intercambia por otros valores; es en si mismo un objeto de comercio, una forma de riqueza porque tiene un valor”. Décimo, proclamaba a los cuatro vientos la trascendencia de la tolerancia religiosa como consubstancial a la paz: “Si imponemos la unidad religiosa y no las diferentes opiniones toleradas, produciremos problemas y guerra civil”. Y undécimo, se oponía al servicio militar obligatorio que respaldaba en el hecho que “la repugnancia al servicio en la milicia está muy generalizado entre la gente”.

Lamentablemente Turgot perdió casi dos años de su tiempo (1774-76) intentando poner orden en las desquiciadas finanzas públicas de la Francia pre-revolucionaria, en definitiva sin éxito puesto que la nobleza se opuso firmemente a que le arrancaran sus privilegios y prebendas. De todos modos, quedan sus valiosos escritos y su influencia en corrientes de pensamiento posteriores. Y aquellas propuestas que nuestro autor publicitó a contracorriente de la opinión prevalente en su época, nos dan un buen ejemplo para dar rienda suelta a nuevos descubrimientos que contribuyen a fortalecer las autonomías individuales y una mayor productividad y bienestar general. Ningún liberal que se precie de tal sostendrá que se ha llegado a una meta final.

El liberalismo es un proceso en permanente ebullición. Por ejemplo, actualmente resulta de gran interés otorgar el alimento necesario a la idea de la privatización del mar y despejar telarañas mentales que caprichosamente se aferran a la noción de que solo pueden asignarse derechos de propiedad a lo que es sólido o a lo que no se mueve (lo cual, entre otras cosas, contradice la apropiación de marcas y de todos los bienes muebles y alteraría la propiedad del subsuelo respecto del petróleo y también del agua).

Las nuevas tecnologías permiten la implantación de chips (como hoy se hace con las ballenas) y el llamado alambrado electrónico para reforzar las ya de por si precisas medidas cartográficas en el océano al efecto de establecer avenidas, peajes y propiedades para explotar los cuantiosos recursos marítimos ahora sujetos a la inmisericorde “tragedia de los comunes”, en lugar de aplicar la misma tesis para la ocupación original en tierra firme o la asignación en proporción a los espacios de cada país para luego proceder a la correspondiente subasta. Turgot no vivió para presenciar la Revolución Francesa y su célebre Declaración de Derechos en la que se incluía, ente otras nociones de libertad, la antes referida igualdad de derechos ante la ley, ni tampoco asistió al derrumbe de la contra-revolución con el terror y el desmantelamiento de las ideas originales y el advenimiento del bonapartismo.

En los tiempos que corren es necesario subrayar que la idea de democracia significa el respeto por los derechos de la minoría. Así, para cerrar esta nota, con motivo de los acontecimientos de Honduras, es pertinente citar una parte de una columna periodística de Huber Matos: “Quien violó la Constitución hondureña fue el propio Manuel Zelaya. No solo la violó repetidamente, sino que irrespetó a las autoridades judiciales encargadas de velar por su espíritu y su letra […] Un golpe de estado no debe quedar impune en ninguna parte del mundo: ni los que nacen en los cuarteles, ni aquellos que, desde el poder y en nombre de la democracia, se llevan a cabo con el siniestro fin de destruirla”.

Sin duda que esta condena a los repetidos golpes caprichosos, zigzagueantes y autoritarios no alude a la tradición liberal del derecho lockeano de resistencia, lo contrario eliminaría todas las revoluciones de independencia coloniales, comenzando con la estadounidense que ha sido la experiencia más fértil en lo que va de la historia de la humanidad.

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