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ÁLVARO VARGAS LLOSA

La política exterior de los Estados Unidos: ¿Intereses o valores?
Es preferible que Estados Unidos pueda ser acusado, de tanto en tanto, de no practicar sus valores a que sea acusado de haberlos abandonado definitivamente.
Actualizado 15 mayo 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   

El secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, ha sacudido el avispero, durante un discurso en Foggy Bottom, como se conoce a la sede de la diplomacia que él encabeza, al afirmar que promover los valores de los Estados Unidos es a menudo “un obstáculo” para hacer avanzar los intereses económicos o los intereses relacionados con la seguridad nacional. Dejó en claro, durante su alocución, que ellos prevalecerán, en todos los casos, sobre la defensa de los valores de la democracia y los derechos humanos, y que serán promovidos sólo en la medida en que no perjudiquen los otros intereses.

Como es natural, esta declaración ha provocado una fuerte polémica.

Creo que el secretario de Estado comete un error que su país, el más poderoso e influyente del mundo, no puede ni debe cometer, pero por razones distintas a las que invocan sus críticos. Mis argumentos son dos.

El primero: aunque en la práctica lo que dice Tillerson es, a grandes rasgos, cierto, Estados Unidos no debe nunca admitirlo oficialmente en público y debe siempre buscar la manera, aunque sea muy limitada, de proyectar al resto del mundo la imagen de un país que no pierde de vista, en sus tratos con otros, los valores que informan su democracia.

Si un país da derecho de ciudad a la idea de que los intereses son siempre más importante que los valores en política exterior, tarde o temprano ese marco de referencia puede volverse una justificación para interpretar equivocadamente cuáles son los intereses económicos o de seguridad nacional y acabar lesionando los valores. Porque, en última instancia, ambas cosas, intereses y valores, no se alejan nunca demasiado mientras la interpretación de los intereses sea razonable.

Mi segundo argumento: como ha quedado demostrado en la historia estadounidense, la preservación, por encima de la contingencia, de ciertos valores ha logrado con el tiempo que aquellos “obstáculos” dejaran de serlo.

Fue el caso, por ejemplo, de la Constitución que redactaron los fundadores de Estados Unidos, en la que se dio cobertura legal a la esclavitud, la más repugnante de todas las instituciones. Muchos fundadores estaban en contra de la esclavitud, pero por temor a que no se pudiera sellar la unidad del país, a que los delegados de estados favorables a ella se retiraran y a que el país quedase partido en unidades vagamente confederadas, transaron en no abolirla. Sin embargo, aunque cometieron el crimen moral de preservarla, crearon una Constitución tan cargada de valores liberales que dieron armas a las futuras generaciones para acabar con esa institución. Es lo que dijeron gentes tan insospechadas de debilidad frente a la esclavitud como Abraham Lincoln, el hombre que declaró una guerra civil para acabar con ella.

El debate que ha abierto Tillerson -probablemente sin proponérselo- es una buena ocasión para comprobar lo difícil que ha sido siempre, en la práctica, poner los valores por encima de lo que los actores del momento creían que eran los intereses nacionales.

Un puñado de idealistas trataron de hacer de la política exterior un impulso a los derechos humanos. Eleanor Roosevelt, ex primera dama a la que Truman nombró delegada estadounidense ante la ONU, fue clave para la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Jimmy Carter anunció, en los 70, que Washington dejaría de apoyar dictaduras de derecha en nombre del anticomunismo y, por ejemplo, prohibió la venta de piezas de repuesto militares a la Sudáfrica del “apartheid” (además de abrir una oficina dedicada a los derechos humanos en el Departamento de Estado).

Pero si uno rasca un poquito, encuentra, bajo el idealismo de los valores, la cruda realidad de los intereses. Woodrow Wilson, que dio al mundo los “14 puntos” angelicales para negociar la paz al final de la Primera Guerra Mundial y fue el campeón de la “autodeterminación”, intervino militarmente en México, Nicaragua, Haití, República Dominicana, Cuba y Panamá por razones de poder o economía. Bush padre, a pesar de su anticomunismo, no cortó relaciones ni aplicó sanciones a China tras la masacre de los demócratas de Tiananmen. Clinton intervino en Bosnia en 1995 tras la invasión de los serbobosnios a ciertos santuarios internacionales en esa república de la ex Yugoslavia, pero no lo hizo en Ruanda, donde en esos mismos años se cometió el genocidio de los hutus contra los tutsis (casi un millón de muertos en total). Los intereses occidentales eran más poderosos en Europa que en Africa.

A veces, las políticas idealistas acaban teniendo consecuencias negativas imprevistas. El apoyo de Carter, en menor medida, y Reagan a Irak contra Irán en el largo conflicto entre ambos países fortaleció nada menos que a Saddam Hussein. El apoyo de ambos a los “muyahidines” anticomunistas en Afganistán ayudó a armar a grupos que más tarde se abocarían al terrorismo contra Occidente. Para no hablar del hecho de que Manuel Antonio Noriega fue un agente de la CIA dedicado a ayudar a los Estados Unidos a combatir al comunismo y luego se convirtió en un enemigo de Washington al que Bush padre tuvo que ir a capturar a Panamá. O del hecho de que Carter retiró la ayuda a la dictadura de Somoza en Nicaragua en los 70, pero, creyendo ingenuamente que los sandinistas representaban la democracia, facilitó la llegada al poder de Daniel Ortega, el dictador de los 80 que tras un hiato de varios años regresaría al poder en el siglo XXI (al parecer para siempre).

Es difícil trazar con precisión el origen de la “moralidad” en la política exterior norteamericana. Hay quienes, por ejemplo, se van hasta la primera parte del siglo XIX y la sitúan en la Doctrina Monroe, cuando Estados Unidos le dijo a Europa que a partir de ese momento no aceptaría que ella interviniese en este hemisferio (a cambio, no lo haría Estados Unidos en el otro). La idea, aquí, es que Monroe buscaba proteger a las nacientes repúblicas independientes latinoamericanas, que entonces se creía que seguirían un camino liberal parecido al de los propios Estados Unidos. Pero un mayor rigor obliga a avanzar muchos años y establecer el comienzo de la moralidad en la política exterior más bien a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Por ejemplo, hay algo de esto en William McKinley, que justifica en parte la guerra de 1898 (que arrebataría a los españoles Cuba, Puerto Rico y Filipinas) con el argumento de que España mantenía campos de concentración y presos políticos. Luego Teddy Roosevelt practicó un imperialismo “moral”, argumentando con cada intervención que impulsaba la difusión de los valores y la civilización estadounidenses.

Lo que hoy se conoce como el “imperio” estadounidemse en cierta forma nació en esa guerra, pues dio a Estados Unidos una presencia poderosa en el Pacífico y en América Latina que con el tiempo crecería hasta convertirse en una gravitación planetaria. Nacían, pues, juntas, dos cosas aparentemente incompatibles, el imperialismo y los valores, como fuerzas motrices de la política exterior. Esa contradictoria dualidad marcará todo el siglo XX y lo que va del siglo XXI en Foggy Bottom.

Ambas cosas evolucionaron con el tiempo, por supuesto. El imperialismo estadounidense dejó de ser el que comúnmente se conoce y la defensa de valores mudó también de forma: al inicio se trataba de valores más bien relacionados con el cristianismo y luego, quizá a partir de Wilson, más específicamente con la democracia y los derechos de los países pequeños (hasta convertirse, tras la Segunda Guerra Mundial, en la defensa de los derechos humanos como se los conoce hoy). Pero la combinación, en la política exterior estadounidense, de la defensa internacional de los intereses (imperialismo) y la defensa internacional de los valores ha continuado hasta hoy.

Este es el primer gran dilema no explícito, más bien inconfeso, de la política exterior. El segundo es este: si uno defiende valores, no puede aplicarlos todo el tiempo y en todas las circunstancias, y por tanto ¿dónde, cuándo y hasta qué precio debe aplicarlos?

Clinton intervino militarmente en muchos lados: Somalia (1993), Haití (1994), Bosnia (1995), Irak (1998), Afganistán y Sudán (1998) y Serbia (1999), pero evidentemente no lo suficiente como para librar al mundo de los terroristas islámicos que amenazarían los valores liberales pocos años después (y contra los cuales se dieron varias de esas intervenciones). ¿Hubiera podido Clinton convertir esas intervenciones en guerras de gran alcance sin saber todo lo que al Qaeda y sus aliados serían capaces de hacer años después?

Otro caso es el de la intervención de Bush padre en Kuwait, en 1991, tras la invasión de ese país por parte de Saddam Hussein unos meses antes. Muchos halcones le pedían a Bush avanzar hasta Bagdad y por tanto convertir la liberación de Kuwait en una ocupación de Irak para librar a ese país del tirano Hussein. Pero Bush quería evitar una guerra que no tenía justificación. Liberar a Kuwait era defender a un país invadido -por tanto el valor de la autodeterminación- pero invadir Irak era comprarse un pleito costoso, de incierta duración, para el que no creía tener un mandato. En este caso, pues, el valor “democracia” o, para decirlo en términos negativos, “liberación de las víctimas de una tiranía” no tenía, en la visión de Bush padre, suficiente fuerza justificatoria.

Obama era, en sus discursos, un idealista. Pero en él el idealismo de los valores estaba constantemente en tensión con los intereses de Estados Unidos. Se planteaba a menudo hasta dónde era preciso llegar en la defensa de los valores sin comprometer los intereses. El uso de “drones”, por ejemplo, así lo demuestra. En teoría, los “drones” son muy precisos y por tanto combatir al terrorismo con ello es una forma de evitar bombardeos más amplios e indiscriminados. En la práctica, se ha visto que los “drones” atacan con precisión… objetivos que pueden estar equivocados. De allí las muchas muertes civiles e inocentes a manos de estos instrumentos tecnológicamente sofisticados.

Alguien que, en nombre de los valores, quería evitar que Estados Unidos fuese percibido como un país con pretensiones de imponerse al mundo, sacrificó valores en nombre de la lucha contra el terror. Una lucha que, aun si representa también determinados valores, tiene que ver con los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Las vidas inocentes son un costo que, en la visión de Obama, era inevitable pagar para defender a su país.

Tillerson, pues, no ha dicho nada nuevo. La novedad está en que ha dicho oficialmente algo que Estados Unidos, mientras sea el país líder del mundo libre, no debe nunca jamás convertir en política oficial. Es preferible que Estados Unidos pueda ser acusado, de tanto en tanto, de no practicar sus valores a que sea acusado de haberlos abandonado definitivamente. Lo primero deja abierta una esperanza y nos da una poderosa vara para medir.

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