La pasada semana un centenar de soldados sirios, entre ellos catorce militares de alto rango desertaron a Turquía a través del paso fronterizo de Reyhanli.
Pero ayer se conoció el golpe más duro para Bachar al Asad. El general Manaf Mustafa Tlass, comandante de la brigada 105 de la Guardia Republicana y próximo a la familia Asad, huyó a Turquía.
El General es hijo del ex ministro de Defensa Mustafa Tlass, sindicado como el cerebro de diversos crímenes durante la ocupación siria de Líbano y considerado uno de los hombres de la vieja guardia del fallecido presidente Hafez al Asad.
La deserción de Tlass muestra un franco proceso de descomposición del régimen, y supone un giro importante que abre puertas a otras importantes deserciones. Aun así, el presidente Asad trata de mantener el poder a sangre y fuego sobre la población y los grupos rebeldes, pero ha demostrado no entender nada de diplomacia desde que incumplió todos los compromisos suscriptos con la comunidad internacional.
El balance actual de la represión, los niveles de violación de derechos humanos y la escandalosa cifra de muertos es moralmente insoportable para Washington y Bruselas, que finalmente, han aprendido que en el mundo árabe la situación siempre puede ser peor de lo que parece, pues Asad ha escogido huir hacia adelante apostando por una escalada mayor.
Mientras tanto, los países reunidos en París procuran delinear nuevos compromisos sobre la crisis, entre ellos, el rechazo de toda impunidad para los crímenes, la aplicación efectiva de sanciones económicas, el apoyo a la oposición entregándole medios de comunicaciones, y alentar la actuación del Consejo de Seguridad de la ONU para presionar a Damasco.
También se ha dispuesto mayor ayuda humanitaria y el apoyo internacional a la reconstrucción del país cuando la transición política esté en marcha. El curso que han tomado los hechos en Siria, con Rusia y China asumiendo posiciones cada vez más ambiguas, hace que cada hora que transcurre parezca técnica y prácticamente imposible que Asad pueda mantener el control por mucho tiempo más.
El régimen ya perdió toda confianza y credibilidad, pero el tiempo que demande a Asad asumir tal realidad será el más costoso hasta la hora de su final.
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