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Riesgos que acechan a Occidente en un mundo inestable
La historia no acabó con el fin de la guerra fría para dejar paso al plácido reinado perpetuo de la democracia liberal. El historiador y economista francés Nicolas Baverez quiere advertir a las sociedades occidentales que guerras y revoluciones siguen siendo posibles, y reales. La paz y la libertad no pueden ser tenidas por terreno definitivamente conquistado en el siglo XXI.
Actualizado 17 febrero 2017  
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Antonio R. Rubio   

Las próximas elecciones presidenciales son consideradas trascendentales tanto para el futuro de Francia como el de Europa. Esa opinión también forma parte de la perspectiva de Nicolas Baverez, autor del libro Danser sur un volcan. Espoirs et risques du XXIème siècle (Albin Michel). El autor no es solo un teórico de la supuesta decadencia de Francia, un referente de sus libros y artículos de los últimos años, sino además un admirador entusiasta de Raymond Aron, el gran analista político, un espíritu realista e independiente en los ámbitos de la política francesa y de las relaciones exteriores.

Baverez representa a una Francia que no quiere renunciar a la Historia, algo que parecen haber hecho muchos países en la Europa posmoderna. En mi opinión, su libro tiene ecos de Plaidoyer pour l’Europe décadente, aquel alegato de Aron, publicado en 1977, en el que denunciaba la existencia de una Europa excesivamente confiada en sí misma e influida por los efectos de mayo del 68. Quizás las cosas no han cambiado tanto desde entonces en el Viejo Continente, con la diferencia de que el manto protector del aliado norteamericano tiende a replegarse entre la indiferencia o el recelo de muchos europeos.

Un llamamiento de urgencia

Danser sur un volcan tiene mucho de llamamiento de urgencia a los lectores. Vivimos en una época de riesgos, pero según Baverez, son también esperanzas y oportunidades. Sin embargo, el autor eleva su voz, a riesgo de ser una molesta Casandra como su admirado Aron, para arremeter contra esa inconsciencia de las sociedades europeas, y en particular de la francesa, que llegaron a creerse que vivían en una burbuja de paz, libertad y prosperidad perpetuas. Los efectos del 11-S y la crisis financiera de 2008 no les despertaron de sus ilusiones. Siguieron creyendo que la Historia tiene un plácido curso lineal y se olvidaron, en su paraíso posmoderno, de que tiene sus oscilaciones y aceleraciones, y que estamos viviendo un momento fascinante y trágico a la vez. La Geopolítica ha vuelto a estar en un primer plano y han aflorado conflictos y violencias al tiempo que resurgen ambiciones imperiales, o al menos de esferas de influencia, con los ejemplos de Rusia, China, Irán, Turquía

Por lo demás, es preocupante que EE.UU. haya iniciado, desde la presidencia de Obama, un repliegue estratégico, alimentado por la confianza en su dominio de la tecnología y la aspiración de alcanzar la autosuficiencia energética. Baverez, en definitiva, viene a recordarnos que vivimos en un mundo inestable y cargado de incertidumbres, con unos nacionalismos en auge o un yihadismo que se ha hecho mucho más peligroso con el surgimiento del Estado Islámico, y la crisis de los refugiados en Europa es otra consecuencia de este escenario político poco tranquilizador.

Raymond Aron desempeñó un papel en la Francia de la guerra fría similar al de Demóstenes previniendo a los griegos de las ambiciones expansionistas del macedonio Filipo. En su caso concreto, advertía a las democracias occidentales de las oscuras intenciones de la URSS, si bien no siempre era escuchado, sobre todo por aquellos que decían preferir equivocarse con Sartre a estar en lo cierto con Aron.

Del mismo modo, Nicolas Baverez lanza advertencias a las democracias para que no se hagan ciertas ilusiones: la de pensar que los momentos actuales son excepcionales y que, tarde o temprano, las cosas volverán a la normalidad. No es un hecho garantizado que Occidente seguirá pilotando la historia, aunque no sea el actor exclusivo en el escenario mundial. Sin embargo, un discípulo de Aron, que gusta de relacionar los términos historia y tragedia, no puede creer en las buenas intenciones. Su pensamiento liberal impide a Baverez ser fatalista y, en consecuencia, el libro expresa la urgente necesidad de que Occidente se adapte a la nueva época o acabe siendo marginado.

El olvido de la historia

Los occidentales, y en concreto los europeos, han olvidado la historia. Les suena extraño que les hablen de guerras y revoluciones, pero estos acontecimientos siempre han formado parte de la trama histórica. Ni las guerras ni las revoluciones han desaparecido, pese al espejismo de proclamar el fin de la historia al terminar la guerra fría. Por el contrario, estamos viviendo en un sistema multipolar y caótico, en el que la guerra, o más bien la violencia, escapa del monopolio de los Estados.

Pese a este escenario, Baverez denuncia que Europa ha pretendido salir de la historia. Esta pretensión inútil ha tenido como efecto la multiplicación de la pereza y la demagogia, que marchan al compás de unas ideas simples que solo pueden ser ideas falsas. Con todo, podría matizarse al autor que esta situación no solo es achacable a los líderes políticos, sino que también es fruto de una mentalidad muy extendida, que nos hace pensar que son los propios pueblos europeos, anclados en su bienestar, quienes han querido salirse de la historia.

Una oportunidad para Francia

Lógicamente, Danser sur un volcan está destinado, sobre todo, a los lectores franceses. En algún momento pone el acento en las elecciones presidenciales de 2017 y considera que son una última oportunidad para Francia, tras los demagógicos comicios de 2012. El autor aboga por la llegada de un poder ejecutivo que sepa hacer evolucionar el modelo económico-social francés, propio de un Estado con las hipotecas de un creciente gasto público, la pérdida del tejido industrial, la baja competitividad y el paro permanente.

A este respecto, el autor hace grandes elogios de Alemania, la primera economía europea, un país que supo adaptarse a los nuevos tiempos para seguir siendo una potencia industrial. De ahí que insista en la importancia de reactivar el eje franco-alemán para avanzar en la integración europea, aunque es sabido que el eslabón débil es Francia.

No obstante, dicha integración pasa por unos Estados-naciones fuertes, pues Baverez no cree que el Estado sea un ente llamado a perder peso en el siglo XXI. Y es que la ideología liberal del autor no le lleva a una defensa del capitalismo anglosajón, un modelo que asume excesivos riesgos para la economía. Dicho de otro modo, prefiere la economía de los stocks, al estilo alemán, a la de los flujos, muy propia de EE.UU. Por lo demás, Baverez no ataca al Estado del bienestar sino que propugna su reforma siguiendo el ejemplo alemán. Y otro detalle: ve un progresivo milagro económico en los países del África subsahariana, pese a la fragilidad de algunos Estados. Esta esperanza africana la ha resaltado Baverez en una reciente novela, inspirada en las Cartas persas de Montesquieu. Se trata de Lettres béninoises (2014), viaje imaginario a la Francia de 2040, en la que un africano, director del FMI, certifica en su correspondencia familiar la decadencia de la antigua metrópoli, que ha llegado al crecimiento cero.

Por lo demás, Nicolas Baverez recalca que, sin reformas económicas eficaces, Francia corre diversos riesgos: el político de los extremismos, el diplomático de la pérdida de influencia y el estratégico del incremento de las amenazas exteriores e interiores. Pese a todo, hay llamamientos al optimismo, pues Francia no está acabada porque cuenta con una demografía dinámica, una mano de obra cualificada y unas infraestructuras modernas. Este elogio de las capacidades francesas no hace, sin embargo, al autor caer en el chovinismo, pues considera que los franceses no nacen sino que se hacen por medio de una educación en libertad y con el ejercicio de una razón crítica.

La batalla de las ideas frente al economicismo

Danser sur un volcan es un libro escrito por un economista, que no lo cifra todo en soluciones económicas. El economicismo no puede sustituir a la batalla de las ideas. Aron, maestro de Baverez, era también versado en economía, pero daba preferencia a las reflexiones sobre la política y la historia. Solía recordar que nuestra civilización, si quiere llamarse verdaderamente liberal, es una civilización del ciudadano, y no del consumidor y del productor.

Por eso, una de las muchas conclusiones que podemos deducir de este libro es que el mero pragmatismo no basta para salir al paso del auge de la demagogia y el populismo. Y es que la mentalidad economicista termina dando prioridad absoluta a la seguridad sobre cualquier otro planteamiento. A este respecto, Baverez nos advierte del peligro de disociar la libertad política de la libertad económica. Sin ir más lejos, vemos esta separación en China. Podríamos preguntarnos si este riesgo afectará también a otras potencias emergentes, aunque no solo a ellas. Es un peligro que ya intuyó Alexis de Tocqueville en La democracia en América, al mencionar la existencia de hombres centrados exclusivamente en sí mismos, entregados a sus pequeños placeres, y para los que la especie humana se reduce a sus hijos y amigos íntimos.

En definitiva, a la democracia del siglo XXI le siguen acechando dos grandes males: el individualismo y la pérdida del sentido del bien común. Estos males son obstáculos para afrontar los retos locales y globales del tiempo presente.

© Aceprensa

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