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Paternalismo libertario
El autor de la obra, Cass Sunstein.
Si yo no soy el que mejor sabe lo que me conviene, ¿por qué debo confiar en que el Estado sí lo sea?
Actualizado 16 abril 2017  
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Vicente Bellver Capella   

Se entiende por paternalismo el intento por parte de una autoridad (bien sea el gobierno, un médico o un profesor) para imponer a las personas el modo de actuar que considera que más les conviene. Frente a este modo de proceder, John Stuart Mill esgrimió el principio de daño, según el cual “la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente”.

Este principio ha sido la divisa de los filósofos liberales y libertarios desde entonces. En los últimos años, algunos de ellos han empezado a reconsiderar su alcance y a proponer actuaciones del gobierno encaminadas a que los ciudadanos tomen las decisiones que les son más convenientes. Uno de estos autores es Cass R. Sunstein, jurista procedente de la muy liberal Escuela de Chicago, quien ahora defiende la licitud de los empujoncitos (nudges) a los ciudadanos por parte del Estado para ayudarles a tomar las decisiones correctas.

La justificación de esta vuelta al paternalismo está construida de forma persuasiva. Sunstein señala que el principio de daño se basa en dos premisas que se tambalean. La primera es el argumento epistémico, según el cual el que mejor sabe lo que le conviene es uno mismo. La experiencia y las neurociencias nos demuestran que eso no siempre es así. No solo no disponemos muchas veces de la información relevante sino que, además, existen muchos sesgos en nuestros modos de manejarla que nos llevan a errores de elección contrarios a lo que en el fondo queríamos. La segunda es el principio de autonomía, que exige respetar la decisión libre de las personas. Sunstein sostiene que esos empujoncitos del Estado no tienen por qué cercenar la autonomía de la persona sino, al contrario, la pueden hacer posible.

Sunstein señala que los procesos de elección siempre están condicionados por lo que denomina la “arquitectura de la elección”. De la misma manera que los lineares de los supermercados están pensados para promover determinadas ventas, partes esenciales del contexto social obedecen a diseños que, aunque nos pasen desapercibidos, tienen un objetivo concreto. Esa “arquitectura de la elección” no impide nuestra libre decisión, pero indudablemente la orienta.

Sunstein hace dos distinciones muy relevantes. Por un lado, distingue entre un paternalismo blando, que es el que defiende y que consiste en los “empujoncitos” del Estado para promover determinados comportamientos ciudadanos; y otro fuerte, en el que se recurre a instrumentos más atemorizantes para lograr esos resultados. Por otro lado, distingue también entre el paternalismo de los medios, que se da cuando las acciones del Estado no pretenden cambiar los fines que buscan las personas sino proporcionarles los medios para que los consigan; y el paternalismo de los fines, que pretende también cambiar los objetivos que inicialmente persigue la persona. Él mismo pone de manifiesto que no es tan fácil deslindar cuándo el Estado actúa sobre los medios o sobre los fines. En todo caso, lo más complejo y arriesgado es determinar en qué casos el Estado está legitimado para intervenir en las decisiones de las personas y orientar su conducta a los fines que les convienen. Si yo no soy el que mejor sabe lo que me conviene, ¿por qué debo confiar en que el Estado sí lo sea?

Autor: Cass R. Sunstein

Herder.
Barcelona (2017).
198 págs.
17,80 € (papel) / 11, 99 € (digital).
Traducción: Martha Palacio Avendaño.



© Aceprensa

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