Con la peripecia de los piratas detenidos en España olvidamos que, según el Ministerio de Defensa, el atunero Alakrana, secuestrado el 3 de octubre a 413 millas (765 kilómetros) de Somalia, había abandonado imprudentemente la zona protegida por los militares de la Operación Atalanta, exponiéndose a un intento de abordaje como el del huyó a toda máquina un mes antes.
Esta vez los asaltantes capturaron al barco y sus 36 tripulantes, la mitad gallegos y vascos, y el resto africanos y asiáticos,
Por tener un motor de gran caballaje, 6.160 HP, que le da 18 nudos, 33,4 kilómetros por hora, quizás esos marineros creían que podrían salvarse de cualquier incursión, como ocurrió el 4 de septiembre.
Pero, no, y ahora preocupa su situación, aunque en cuanto se devuelva a los dos detenidos en España y se pague lo que exigen los terroristas del mar, serán liberados: como los demás marinos capturados antes allí.
Pero observemos que, además de frente a Somalia, en numerosas zonas del Índico y el Pacífico los barcos deben autoprotegerse, como cuando navegan entre muchas islas malayas, cerca del estrecho de Malaca, contratando hombres armados para esas singladuras peligrosas.
Por eso debe insistirse en la pregunta de por qué el Alakrana abandonó la seguridad que da la cercanía de la Atalanta y se expuso al secuestro.
Los armadores tendrían que explicar cómo permitieron u ordenaron que los patrones navegaran con sus hombres hacia el peligro, aunque fuera en aguas internacionales que deberían ser libres.
Los marinos experimentados saben que demandar esta conducta casi suicida es común porque mejora los beneficios empresariales, mientras se azuza también la codicia de las tripulaciones adobándola con el romántico culto marinero al heroísmo y al machismo competitivo.
Aunque, a veces, todo termina mal.