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LLUIS FOIX

La soledad y la fuerza de Europa
Una de las consecuencias de la reunión del G-20 en Hamburgo es que la Europa del Estado de bienestar se ha levantado como la gran defensora del libre comercio, con Angela Merkel a la cabeza, mientras Donald Trump abandonó la ciudad hanseática sin apenas hacer una declaración y enarbolando la bandera del proteccionismo.
Actualizado 13 julio 2017  
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Lluis Foix   

No es cuestión de personalismos, sino de ideas que marcan las tendencias de épocas enteras. La primera potencia mundial ­exhibe el eslogan del “America first” y que sólo es bueno lo que beneficia a los norte­ame­ricanos.

Donald Trump va por su cuenta y su soledad es tan desequilibrante que puede causar un gran movimiento de tierras en la política internacional. Nixon se acercó a China manteniendo su distancia ideológica y práctica con la URSS de Brézhnev. Así ocurrió a lo largo de la guerra fría y hasta las elecciones que dieron la victoria a Trump.

Han cambiado los equilibrios basados en complicidades políticas, en intereses compartidos, en la seguridad colectiva para hacer frente a adversarios muy poderosos. Las más de dos horas de la conversación entre Trump y Putin no han trascendido a la opinión pública, al margen de la escueta referencia de Trump diciendo que Putin le había asegurado que Rusia no había interferido en las elecciones norteamericanas.

Lo más probable es que los encuentros entre personas del equipo de Trump y personajes relevantes del entorno de Putin hubieran trabajado en contra de los intereses electorales de Hillary Clinton. La ventaja del sistema americano es que todos estos pormenores acabarán saliendo a la luz y pueden causar inestabilidad política en Washington y en el mundo entero.

Europa está siendo fragmentada por el Brexit y por la rebeldía de países como Polonia, Hungría y los que no aceptan al extranjero por temor a perder su identidad. Curiosamente, los estados más críticos con la inmigración son los que prácticamente no tienen inmigrantes. Siempre he pensado que a más crisis, más Europa. Soberanía, sí, pero alteridad también.

Recojo la idea del filósofo Habermas cuando señala que Europa será nuestra si es también de los otros, de los que nos rodean, de los sobrevenidos, de los que nos miran como una referencia de convivencia, de paz, de progreso y de bienestar.

El mundo es plural y extenso. Reposa sobre cuatro polos principales, que son Estados Unidos, Rusia, Asia (China e India) y Europa. Ninguno de ellos es ya hegemónico si descontamos el potencial militar de Estados Unidos, que tiene desplegados casi un millón de marines por todos los mares y océanos. La pax americana está en manos de un presidente que no mira al mundo con las gafas de la seguridad colectiva, sino con los ojos de un proteccionismo económico que sería defendido por su gran superioridad militar. Lo más inquietante no es si Trump rompe el equilibrio de alianzas que han condicionado el mundo en los últimos ochenta años o bien marca una tendencia que irá mucho más allá de su presidencia.

Una de las claves del éxito europeo ha sido que hemos sido capaces de abandonar el viejo y estéril concepto de basar nuestra seguridad en la debilidad del otro para transformarlo en la idea de que seremos fuertes y prósperos si nuestros vecinos también lo son. Entre sistemas libres y democráticos no caben conflictos serios. ¿Por qué Europa ha pasado de ser una incubadora de guerras mundiales a convertirse en una correa de transmisión de convivencia y democracia? La respuesta es compleja. Puede ser para ahuyentar la memoria de las tragedias del pasado más inmediato donde lo natural, en Europa, era hacer la guerra con los vecinos. Se extrañará, le decía Federico de Prusia a Voltaire, cuando eran amigos, que en estos momentos Alemania no esté en guerra contra nadie.

Otra causa posible es más sencilla y hace referencia al derecho y a la legalidad internacional que ha emprendido Europa para ser una de las realidades más posibilistas y más humanistas del mundo. En este empeño siempre contó con la complicidad y ayuda de los presidentes norteamericanos de turno.

El desencuentro entre Merkel y Trump es algo más que una cuestión personal. Emmanuel Macron tiene que demostrar con hechos que sus éxitos electorales se traducen en realidades de mirada de estadista. Lo cierto es que en la Europa continental, a pesar del Brexit y de las alianzas que puedan establecer Theresa May y Donald Trump, hay la posibilidad de rehacer el proyecto siempre y cuando la Alemania de Merkel sepa administrar su éxito económico y auspicie una política de consumo interno que frene el preocupante superávit de las exportaciones alemanas que pueden perjudicar la economía mundial. Hay que volver a la economía social de mercado. Tiempos de cambios que precisan líderes inteligentes que miren mucho más allá de sus bolsas de votantes. Es la paz en el mundo lo que está en juego.

Publicado en La Vanguardia el 12 de julio de 2017

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