Ordenada y respetuosamente. Con una serenidad extrema. Sin precipitaciones, ni insultos, ni pánicos. Y sin encenderse exageradamente ante el espectáculo monumental de su propia realidad. Con la emoción profunda de quienes saben que tienen en juego nada menos que poder vivir en libertad. Y saben que están parados en las puertas mismas de la opresión.
Los argentinos salieron para expresar -ruidosa y abiertamente- su profunda preocupación por la arrogancia de un poder ejercido por un soberano caprichoso, lleno de cortesanos que lo adulan sin pausa; por el estado policial que se ha conformado sobre ellos; por la falta de seguridad personal que los aflige; por las restricciones a la libertad de opinión e información que crecen y se multiplican; por la extendida corrupción de sus autoridades; por la pérdida de independencia del Poder Judicial y la inseguridad que ello genera; por el manoseo y las presiones a los que están expuestos constantemente sus magistrados; y por la terrible arbitrariedad del poder; por los esfuerzos por desfigurar la historia; por la andanada de las mentiras oficiales; por las divisiones y crispación de la sociedad argentina, en la que se siembran sistemáticamente el odio y los resentimientos, desde lo más alto del poder.
No es poco. Pero la sociedad argentina ha estado asistiendo por ocho interminables años a un espectáculo lamentable: el de la demolición sistemática de las instituciones centrales de su república. El de la destrucción de su democracia. Y comienza a decir basta: hemos perdido el miedo. Gracias a Dios.
Lo sucedido en las calles argentinas evidencia lo que las encuestas están reflejando: hoy menos de un tercio de la sociedad apoya a la presidente. El prestigio de Cristina se ha deteriorado, exponencialmente. Y si las multitudes finalmente hacen las leyes, el terrible ciclo de los “K” ha entrado en su ocaso. Paso a paso, sucederá. Lo que es grave, porque con ello ha desaparecido la buena voluntad hacia ella.
La gran responsable de lo sucedido es, sin duda, ella misma. Su desmedido orgullo. Cristina no escucha. Tiene, cree, todas las respuestas. Piensa que no se equivoca jamás. No duda en recurrir a la mentira. Sólo ella define el discurso único y construye el relato fantasioso sobre el que su andar se apoya. Quienes no lo comparten, no sólo son enemigos, sino, más aún, traidores a la patria, lo que es inaceptable. De alguna manera, el modelo cubano y venezolano se ha asomado ya al Río de la Plata. La gente lo percibe. Y eso genera repudio e intranquilidad a la vez.
Mientras tanto, el patológico andar de la presidente -llena de pasiones y prejuicios- en el campo de la política exterior ha demolido su credibilidad internacional. En rigor, lo muy poco que de ella que quedaba. Su reciente visita a la Universidad de Harvard puso en evidencia su descortesía y su patológica soberbia (que frente a sus conductas, frecuentemente primitivas, es realmente inexplicable); su forma de maltratar a los jóvenes; sus resentimientos profundos e incontrolables; y su absoluta desubicación en un mundo que cree conocer y que le queda demasiado grande, por donde se mire.
Se trata de un demagogo disfrazado de patriota, que no instruye a sus seguidores, sino que los complace, exigiéndoles a cambio una admiración irracional. Que, conciente de que el odio es una pasión, lo alimenta fabricando inequidades, profundizándolas constantemente. Y ello se nota. Mucho. De allí el cansancio.
Sin un insulto ni un agravio, las marchas gigantescas quisieron decir: basta ya. Cambiemos el rumbo. Esto es insoportable. Pero no se sobrepasaron los límites de la educación. Ni se tomaron actitudes desafiantes. Sólo se exteriorizó una gigantesca voluntad de cambio.
Mientras tanto, el Estado policial argentino avanza inexorablemente sobre las libertades de todos. Todas las instituciones del estado son usadas para intimidar y amenazar. Sin pausa. Y la libertad de prensa está a punto de ser gravemente cercenada por los ataques a los medios independientes y las constantes afrentas a sus periodistas.
Por todo esto las protestas multitudinarias. Por esto la disconformidad. El mencionado hartazgo de millones de personas que se manifestaron en todas partes del país. Incluyendo frente mismo a la residencia de Cristina, que sólo atinó a pedir una mayor protección policial para ella, sin advertir que quienes estaban frente a su casa, a diferencia de quienes se mueven en derredor a ella, saben respetar a los demás y no son -para nada- patoteros.
Y en el exterior, donde hubiera un argentino, las protestas también aparecieron. Un conmovedor alerta. Y una realidad que genera una tristeza profunda.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.