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LLUIS FOIX

La política no es un juego
El populismo y la xenofobia se han instalado en la política francesa y en la alemana, como ­vamos a comprobar en las elecciones de este año.
Actualizado 16 marzo 2017  
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Lluis Foix   

La idea divulgada por la historiadora Barbara Tuchman de que todos los gobiernos saben perfectamente lo que no deben hacer y, a pesar de ello, lo hacen y van a la perdición, es un axioma que sirve para todas las épocas. La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, en expresión weberiana, son caminos divergentes.

Los que se mueven únicamente por convicciones sin tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones acaban culpando a terceros si el objetivo no se consigue o el programa ha fracasado. Los que tienen presente que si las cosas se tuercen serán ellos quienes serán responsables de sus actos saben a qué atenerse desde el primer momento.

Los populismos tienen un fuerte componente de ética de la convicción. Comentaba el lunes Adam Michnik en estas páginas que su Polonia va camino de ser un país autoritario. A Michnik le conocí en los tiempos de Solidarnosc y lo he tratado en varias ocasiones desde entonces. Sabe lo que son las masas que no siempre se inclinan hacia el punto de gravedad que lleva a la libertad y al progreso. No falló el sistema con Hitler, decía, sino que fallaron los alemanes que no defendieron mayoritariamente la democracia.

Polonia se aísla porque el partido del Gobierno piensa y actúa como si la Unión Europea fuera la causa de todos los males de hoy y del futuro. El recelo hacia Alemania y hacia Rusia tienen fundamentos en su atribulada historia. No miran hacia el futuro sino van siempre con el retrovisor puesto. Tienen miedo.

Hungría, por razones distintas y también con heridas históricas que se remontan a su independencia después de la Gran Guerra, ha roto con el tono y las formas de las democracias europeas. Viktor Orbán levanta muros y cierra el paso a quienes buscan refugio en países del norte.

La razón de Estado surge con fuerza otra vez en esta vieja Europa que ha conocido tantas guerras por la convicción de que hay pueblos, naciones y estados que ignoran a los demás y se entregan a conflictos de los que saben que van a salir perjudicados, aunque en un primer momento piensen que han ganado.

Hoy se vota en Holanda. El partido de Geert Wilders, xenófobo, populista y antieuropeo, tendrá un buen resultado. Difí­cilmente podrá formar gobierno, pero su ­discurso ha penetrado en la cultura política holandesa que ha dejado de ser aquel remanso de democracia representativa en la que los intereses contrapuestos se debatían de forma compleja pero muy civilizada. El populismo y la xenofobia se han instalado en la política francesa y en la alemana, como ­vamos a comprobar en las elecciones de este año.

El Brexit fue un movimiento populista construido sobre gordas mentiras y discursos xenófobos. Theresa May se comprometió a llevar a cabo el veredicto de las urnas que inesperadamente y por una diferencia de 51,9% a 48,1% decidió abandonar la Unión Europea. David Cameron dimitió y Theresa May tomó el relevo.

Los referéndums los carga el diablo. Cameron concedió el derecho de que Escocia celebrara un referéndum en el 2014 pensando que lo ganaría cómodamente, pero tuvo que emplearse a fondo para no perderlo. El ministro principal, Alex Salmond, dimitió al conocerse la derrota de los independen­tistas y ahora lidera los 56 diputados nacionalistas escoceses en el Parlamento de Westminster.

Pero el Brexit duro que quiere aplicar la primera ministra May ha despertado a la ministra principal escocesa, Nicola Sturgeon, que el lunes anunció la apertura del proceso para celebrar otro referéndum y separarse del Reino Unido a finales del 2018 o principios del 2019.

Sturgeon no ha invocado convicciones, sino intereses. Argumenta que los escoceses votaron mayoritariamente permanecer en la Unión Europea (62% contra 38%) y no aceptan la ruptura radical que pretende aplicar Theresa May porque perjudica sus intereses. Sturgeon va a pedir al Parlamento de Edimburgo que solicite al de Londres que autorice la celebración de un referéndum, un requisito imprescindible para que la consulta sea legal y vinculante.

May no está entusiasmada y no ha dicho si dará la autorización y ha recurrido al argumento habitual pidiendo al Gobierno escocés que se ocupe de los intereses de sus ciudadanos. La política, ha sentenciado, “is not a game”, no es un juego.

Ciertamente, no se puede jugar con los intereses de las personas. Tampoco con sus convicciones. Pero parece que Europa está jugando con la política, con más voluntad que responsa­bilidad, sin pensar que las víctimas de la desigualdad y la globalización ya no creen en lo que consideran los gobiernos de elites que han olvidado a los descartados. Por eso los populismos avanzan en Estados Unidos y en las viejas y nuevas democracias. Vuelven la intransigencia y las divi­siones.

Publicado en La Vanguardia el 15 de marzo de 2017

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