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La nueva política francesa ya está en marcha
El partido de Macron ha obtenido la mayor representación parlamentaria de la Quinta República, aunque la suya es una mayoría heterogénea, con menos políticos profesionales, más mujeres y más representantes de los empresarios.
Actualizado 21 junio 2017  
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Antonio R. Rubio   

Es recurrente a la hora de analizar la trayectoria política de los presidentes de la Quinta República preguntarse hasta qué punto son los continuadores del legado del general De Gaulle. Pero la cuestión no puede reducirse a una perspectiva ideológica que, entre otras cosas, aspirara a estudiar las diversas formas y siglas que la familia gaullista ha tenido a lo largo de 60 años.

El auténtico gaullismo no está en los arsenales ideológicos sino en las formas, en la continuidad de un sistema presidencialista, sin equivalencia alguna en la Europa democrática, y que nació para alejar a la Asamblea Nacional y a los partidos políticos, tradicionales o de nuevo cuño, del núcleo del poder ejecutivo.

El gaullismo presidencialista nació para dejar atrás los débiles e inestables regímenes parlamentarios de la Tercera y la Cuarta Repúblicas, y no deja de ser una discusión bizantina todo lo que se ha especulado sobre la llegada de una Sexta República que potenciaría la figura del primer ministro sustentada en una mayoría parlamentaria. Quienes defienden eso no son políticos con aspiraciones reales sino líderes y partidos marginales, pues todo político francés que se precie sueña con la presidencia, no en ser un jefe del gobierno que no es más que el fiel escudero del presidente.

La única perversión del sistema se llamaba cohabitación, la coexistencia de un presidente y un primer ministro de distintas filiaciones políticas, pero este obstáculo fue laminado por Jacques Chirac con la reforma constitucional de 2000 que, al reducir el mandato presidencial de siete a cinco años, hizo coincidir, casi en el mismo período de tiempo, las elecciones presidenciales con las legislativas. De esta manera el electorado, salvo alguna que otra excepción, repetiría en las elecciones legislativas el sentido de su voto en los comicios presidenciales celebrados en el mes anterior. Nadie elige a un presidente para desautorizarlo a las pocas semanas con una mayoría parlamentaria hostil.

El triunfo de Macron y de la abstención

Pero precisamente la falta de sorpresas en el escenario político es el factor multiplicador de una abstención que, en las pasadas elecciones legislativas, ha alcanzado el récord del 51,2%, la más alta de la historia de la Quinta República, lo que demuestra una vez más que las elecciones legislativas están enteramente “subordinadas” a las presidenciales. La abstención hubiera sido menor si ambas elecciones no hubieran coincidido, tal y como sucedió por última vez en 1997, en unas legislativas donde la participación fue en torno al 70%. Desde este planteamiento, que coincide con el diseño gaullista fundacional, las elecciones legislativas no dejan de ser una especie de tercera vuelta de las presidenciales.
Quienes han apostado por Macron y su proyecto renovador de la política, no iban a elegir, en su mayoría, las opciones partidistas habituales, las de los Republicanos o las del PS. En cambio, los que no votaron a Macron, o un buen porcentaje de los que le votaron para frenar a Marine Le Pen, optaron por no acudir a las urnas.

Tampoco deja de influir en la dinámica abstencionista el que las elecciones legislativas se celebren en dos vueltas. Se trata de un sistema electoral mayoritario, implantado en 1988, que atribuye una gran suma de escaños al partido vencedor, aunque, como sucede en el presente caso, esta formación sea una perfecta desconocida y carezca de experiencia política. De hecho, de los 577 diputados de la Asamblea Nacional, 424 nunca han sido antes miembros del poder legislativo.

Lo cierto es que con el 30% de los votos nacionales, los candidatos del partido mayoritario pueden conseguir una mayoría absoluta para su líder. Esto es lo que ha sucedido, en las dos jornadas electorales del 11 y del 18 de junio, con el resultado de una mayoría absoluta para La République en Marche (LREM), el partido del presidente Macron, de 359 escaños, que incluye a sus aliados centristas del MoDem dirigidos por François Bayrou.

El primer partido de la oposición son los Republicanos, de centro derecha, aunque solo cuentan con 131 escaños. Le siguen los socialistas y sus aliados con 44, la extrema izquierda de Melénchon con 28 diputados, y por último, el Frente Nacional de Marine Le Pen solo cuenta con 8 representantes.

Mayoría heterogénea

Es evidente que LREM ha obtenido la mayor representación parlamentaria de la Quinta República, aunque la suya es una mayoría heterogénea, con menos políticos profesionales, más mujeres y más representantes de los empresarios. Existe una profusión de diputados desconocidos no solo para la mayoría de los franceses sino también para sus propios electores, que únicamente les votaron por llevar la etiqueta Macron.

El sistema electoral mayoritario despierta numerosas críticas en Francia y todos los candidatos presidenciales, incluido Macron, se mostraron favorables a su reforma, si bien el actual presidente utilizó la expresión, un tanto vaga, de “introducir una dosis de proporcionalidad”.

Todo indica que la contestación a las reformas económicas de Macron, apoyadas por una Asamblea complaciente, se dará principalmente en la calle, tal y como sucediera durante las presidencias de Sarkozy y Hollande. Para el presidente y su nueva mayoría, las manifestaciones callejeras no serán percibidas como una respuesta contra las injusticias, sobre todo las protestas contra la reforma laboral, sino más bien como “una revuelta de los privilegiados”, al igual que en los inicios de la Revolución Francesa. Los disidentes son inmovilistas que no entienden las complejidades de un proceso de globalización, en el que Francia debe estar en primera fila. En tales circunstancias, en medio de tormentas mediáticas y callejeras, suele ser el primer ministro de turno el que paga los platos rotos.

Macron, el social-liberal

Emmanuel Macron se presenta a sí mismo como “social-liberal”, un calificativo que intenta superar los clichés ideológicos de la izquierda y la derecha. Combina valores universalistas, tradicionalmente atribuidos a la izquierda, con valores del liberalismo económico, signo distintivo de la mayor parte del centro-derecha, que también coincide con Macron en el “adelgazamiento” del Estado-providencia. Asistiremos a la paradoja de que con el nuevo presidente puede cobrar impulso, hasta ciertos límites porque el Estado sigue siendo la imagen de las grandezas de Francia, el liberalismo económico, pero no así el liberalismo político tradicional, que privilegia el parlamentarismo y los partidos políticos, mientras desconfía de todo cesarismo presidencialista.

Es sabido que el conocido intelectual liberal Raymond Aron, fustigador de los nacionalismos y con una percepción universalista nacida de su razón crítica, estaba en contra de la adhesión incondicional a un líder como De Gaulle. Un continuador del espíritu liberal de Montesquieu, Constant y Tocqueville, por lo demás minoritario en la historia de Francia, no podía creer en los hombres providenciales. Aron habría expresado una cierta inquietud por el poder acumulado por Macron y le habría instado a la moderación. Pero el principal adversario del presidente serán las expectativas despertadas, que le privarán del derecho a fracasar, habida cuenta de los medios de que dispone en los poderes ejecutivo y legislativo. Lo peor que le podría suceder es que le comparen con Sarkozy y Hollande, que también tenían medios para llevar a cabo sus promesas electorales.

Un gaullismo de la tercera vía

Macron también podría ser identificado con lo que hace algunos años se llamó la tercera vía, en la que estaban presentes, entre otros políticos, Bill Clinton, Tony Blair y Gerhard Schröder, si bien los analistas ven mayores afinidades de Macron con Blair, con la diferencia de que el primero no se hizo con las riendas del partido socialista, donde otras personalidades como Manuel Valls se habrían postulado para liderar el centro-izquierda. Ante la tarea imposible de convertir al partido socialista al social-liberalismo, Macron abandonó el gobierno de Hollande, para emprender un camino en solitario asumiendo la dirección de un movimiento, más que un partido político, donde destaca sus cualidades de “hombre providencial”, en la línea de un Bonaparte o un De Gaulle, pues los franceses son uno de los pocos pueblos de Europa occidental que todavía gustan de establecer paralelismos históricos.

Ni que decir tiene que en estos planteamientos el parlamentarismo ocupa un lugar secundario. A este respecto, cabe recordar unas declaraciones de Macron al semanario Le 1, en julio de 2015: “La democracia conlleva siempre algo de incompleto, pues no se basta a sí misma. Existe en el proceso democrático y en su funcionamiento un ausente. En la política francesa este ausente es la figura del rey… Se ha intentado llenar este vacío, y colocar a otras figuras: han sido los momentos bonapartista y gaullista, especialmente. En el resto del tiempo, la democracia francesa no ha llenado ese espacio. Se aprecia perfectamente en la interrogación permanente sobre la figura presidencial que se suscita tras la marcha del general De Gaulle. Después de él, la normalización de la figura presidencial ha reinstalado un sillón vacío en el centro de la vida política. Sin embargo, lo que se espera del presidente de la República, es que ocupe esa función. Todo se ha construido sobre este malentendido”.
Por tanto, la Quinta República tiene uno de sus más destacados representantes en la persona de Emmanuel Macron.

© Aceprensa
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