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Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español
Sobre el fenómeno de las falsedades y prejuicios atizados contra los imperios de antaño trata este volumen.
Actualizado 8 abril 2017  
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Luis Luque   

¿Escuchó alguien hablar alguna vez de que la Rusia de los zares amenazara con atacar Australia en la segunda mitad del siglo XIX? La invasión no sucedió jamás, pero la propaganda antiimperial, atizada por los británicos (imperio rival), hizo que muchos en la isla-continente creyeran que no estaba lejano el día en que los rusos, “con sus asquerosos bigotes y pringosas barbas”, desembarcaran para hacer esclavos a los súbditos de Su Británica Majestad.

Sobre el fenómeno de las falsedades y prejuicios atizados contra los imperios de antaño –y el de ahora, en América del Norte– trata el volumen Imperiofobia y leyenda negra, de la investigadora y docente María Elvira Roca Barea, quien disecciona algunos de los mecanismos por el que se crean las leyendas negras que persiguen a algunos países, aun cuando ya ha pasado su apogeo como potencias regionales o mundiales.

En un abordaje de lo general a lo particular, Roca Barea plantea algunos conceptos, desde el propio de leyenda negra, que es en ocasiones un ataque de matriz protestante a los fundamentos de los países católicos –España en primer lugar–, y en otras, una reacción de las élites de otros países, necesitadas de una narrativa que les haga saberse moral e intelectualmente superiores a aquellos que se han impuesto por la fuerza de las armas y la superioridad tecnológica.

Precisamente una de las naciones contra las que se ha cebado la propaganda antiimperial ha sido la patria de la investigadora. De hecho, explica, leyenda negra es por antonomasia la española. Así, tenemos que España fue la autora casi exclusiva de la expulsión en masa de judíos, en 1492, pese a que Inglaterra ya los había echado en 1290, y Francia en 1306 (“todas fueron más duras que la que aquí se produjo y no se dio a los judíos la posibilidad de convertirse ni de enajenar sus bienes”). O que llevó a cabo un auténtico genocidio en el Nuevo Mundo, a pesar de que uno de los principales cronistas que sirvió como referencia, Fray Bartolomé de las Casas, reconoció después no haber presenciado tal ola de barbarie. Para alcanzar la cifra de asesinados citada por el religioso dominico, Roca Barea refiere que cada español tuvo que haber matado a unos catorce indios al día hasta la independencia de las repúblicas.

Pero los casos de imperiofobia son muy variados. “La relación de Estados Unidos con Europa –dice la autora– se parece tanto a la de Roma con Grecia que produce perplejidad. Como los estadounidenses con respecto a los intelectuales europeos, los romanos recibieron de la intelligentsia griega menosprecio y poca comprensión a pesar de que debieron, y no pocas veces, la mera supervivencia a Roma. Los romanos no respondieron con la misma moneda. Mostraron, con pocas excepciones, una admiración sin límites hacia Grecia. (…) En líneas generales esta es la actitud de los estadounidenses hacia Europa”.
Los romanos como saqueadores, ladrones y gente sin nada por lo que ser admirada; los estadounidenses como genéticamente degenerados, ignorantes y maleducados; los españoles, como atrasados, “marranos” y “godos” –en contraposición a los italianos, descendientes “puros” de los romanos–, vienen a ser todos tópicos alimentados por falsas historias, que acaban vistiendo ropajes de veracidad al reiterarse una y otra vez entre los círculos intelectuales.

Solo que de los prejuicios atizados al calor de estos debates y de las “serias” reflexiones de algunos, como Voltaire, Diderot y otros ilustrados que desesperaban de los “incivilizados” rusos o de los judíos (Goethe, Fichte y Hegel) derivan concepciones peligrosamente equivocadas. La idea que tenía Hitler de los rusos y los eslavos como Untermensch (infrahombres), dignos de ser esclavizados, no brotó de la nada. “Es confortable –apunta Roca Barea– aislar al monstruo para negar todo vestigio de contaminación, pero estas ideas tienen una historia y un contexto, en ocasiones muy respetable”.

Autor: María Elvira Roca Barea

Siruela.
Madrid (2016).
460 págs.
26 € (papel) / 11,99 (digital).





© Aceprensa

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