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Hayek, un liberal clásico
En el 25 aniversario de su muerte, el economista y pensador austriaco es recordado como uno de los principales representantes del pensamiento liberal.
Actualizado 1 marzo 2017  
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Paloma de la Nuez   

Economista, pensador político, filósofo, Friedrich A. von Hayek (1899-1992) es uno de los principales representantes del pensamiento liberal. En sus obras trató de defender la libertad frente a las tentaciones ideológicas y totalitarias y fue crítico con el intervencionismo estatal. Pero sobre todo supo adaptar los postulados del liberalismo clásico al mundo contemporáneo. Sus aportaciones pueden resultar sugerentes en el debate político actual.

 

El caso de Hayek es el de un “triunfo” tardío. Cuando recibió el Premio Nobel de Economía por su contribución a la teoría de los ciclos económicos tenía ya 75 años, y aunque el premio fue compartido con el economista sueco Gunnar Myrdal, supuso el reconocimiento para el pensador vienés, que desde entonces sería leído, traducido, recibido y premiado por políticos y académicos de diferentes partes del mundo.

Pero no siempre había sido así. Salvo los años en los que gozó de cierta notoriedad por su enfrentamiento con Keynes en la London School of Economics y en Cambridge, así como por el éxito de Camino de Servidumbre (publicado en 1944 y convertido rápidamente en un best seller), su obra y su figura no despertaban especial interés. En el consenso keynesiano de la postguerra, los liberales que denunciaban los peligros del intervencionismo estatal eran considerados “viejos dinosaurios”, representantes de un liberalismo rancio, arcaico y superado.

Pocos podían imaginar durante el crecimiento y la prosperidad económica de los años 60 del siglo XX que estos liberales que se reunían en la Mont Pelerin Society, fundada por el propio Hayek en 1947 para discutir el futuro del liberalismo, serían en el futuro personas muy influyentes en el mundo intelectual y político (en los gobiernos de Thatcher y de Reagan, por ejemplo). Pero a decir verdad el pensador austriaco no se identificaba plenamente con todas sus políticas, en las que veía un componente conservador que, a pesar de lo que pudiera parecer, no compartía. Él era un old whig, no un tory, como no se cansaba de repetir.

Así pues, fue durante la última etapa de su vida, coincidiendo con la crisis del petróleo de 1973, cuando Hayek se convirtió en una referencia indiscutible. Fue como si en ese momento se hubieran cumplido sus predicciones sobre el futuro del comunismo y la crisis del Estado de Bienestar.

Libertad individual

Sin embargo, Hayek llevaba mucho tiempo defendiendo las mismas ideas. De hecho, el suyo es un pensamiento que cambia poco y que se mantiene fijo en lo fundamental. Desde su juventud en Viena, donde estudió Derecho y conoció a Ludwig von Mises (miembro destacado de la Escuela Austriaca de Economía fundada por C. Menger), y hasta el final de su vida, defendió siempre la necesidad de que Europa recuperara la estima por la libertad individual que él —como otros intelectuales, señaladamente Ortega— creía que era el rasgo definitorio de la civilización occidental.

Estaba convencido de que Europa no tendría futuro si se dejaba arrastrar por las voces de las diferentes corrientes anti-individualistas, en especial el fascismo, el nacionalismo, el comunismo o el socialismo; es decir, si se alejaba de sus raíces liberales. Por eso decidió dedicar su obra a recuperar y adaptar al siglo XX esa doctrina liberal que consideraba consustancial a Occidente y que había conseguido las mayores cotas de libertad y prosperidad de la historia de la humanidad.

Comprendía, además, que la defensa de la libertad no podía limitarse a la esfera económica, pues la libertad es un todo: no se puede compartimentar. Era plenamente consciente de que para convencer a sus coetáneos de la necesidad de la libertad, había que recurrir a la política, al derecho, la filosofía o la ciencia, materias a las que se dedicó tras la publicación de Camino de servidumbre. De ahí que en su etapa americana en la Universidad de Chicago escribiera uno de sus grandes libros: Los fundamentos de la libertad (1959) en el que pretendía establecer los cimientos de una sociedad libre.

Contra el socialismo

Para llevar a cabo esta tarea contaba con una buena formación. Había estudiado Derecho en su Viena natal y se había dedicado desde joven a la economía, lo que le había llevado al convencimiento de que las buenas intenciones socialistas que compartió en su juventud, no sólo no podrían llevarse a cabo, sino que producirían consecuencias contrarias a las que pretendía.

Las pretensiones de los socialistas chocarían tarde o temprano con la realidad y fracasarían. Eso es lo que intentó demostrar junto con su maestro Mises en los años en los que se construía el comunismo en Rusia. En el debate que se produjo en los años 20 al hilo de la Revolución Rusa, Mises y Hayek expusieron las razones por las que creían que el comunismo no sólo produciría pobreza material sino que acabaría también con la libertad personal.

Básicamente, su argumento era que es imposible adquirir, manejar y planificar toda la información necesaria para dirigir racionalmente la economía de todo un país. No sólo por la cantidad y variedad de información que se precisa, sino porque muchas veces esa información no está disponible o lo está de algún modo fragmentario o informal que no se puede procesar; o puede que aparezca de repente, espontáneamente, en respuesta a circunstancias complejas, cambiantes y nuevas que no se pueden prever ni controlar.

El orden espontáneo

Para Hayek, la planificación no podía sustituir al mercado, que actúa como “un sistema de comunicaciones” a través de los precios y que es capaz de conseguir que toda esa información redunde en beneficio del orden social y de cada uno de sus miembros. Se trata de un argumento no sólo económico sino epistemológico.

Lo que ocurre es que para entender este argumento hay que comprender qué es y cómo funciona el mercado. De ahí el empeño hayekiano por explicar que el mercado es un tipo de orden, que se genera espontáneamente por la acción libre de miles de personas que buscan su propio interés (entendido en un sentido amplio) y que lo hacen siguiendo unas reglas generales y abstractas iguales para todos.

Este tipo de orden no le dice a nadie qué debe hacer con su vida ni qué fines debe perseguir, sólo que respete las reglas —porque sin reglas no hay mercado— y los principios básicos sobre los que éste se apoya, como la buena fe, la confianza, etc.

La importancia de las ideas

Los liberales saben que el mercado no funcionará bien si no se respetan ciertos principios fundamentales. Nacido en Viena cuando aún era la capital del Imperio Austro-Húngaro, Hayek comprendió al hilo de los acontecimientos que marcaron su vida —el auge del nacionalismo, la Primera Guerra Mundial, la crisis de la postguerra, el auge de los movimientos de masas en la Viena convulsa de la nueva república austriaca, la crisis del 29, el nazismo, la Revolución rusa y la Segunda Guerra Mundial—que la defensa de los valores liberales debía tener también una dimensión política y moral.

Convencido de la importancia de las ideas, decidió que sería más eficaz dedicarse a la actividad intelectual que a la política. Quería convencer sobre todo a aquellos intelectuales que se habían dejado seducir por el socialismo. Pensaba que los intelectuales tenían una gran responsabilidad social y que muchas veces defendían y divulgaban ideas sin saber en realidad qué significaban ni qué consecuencias producirían.

Y, en general, los intelectuales se inclinaban hacia el socialismo porque tenía más prestigio y ofrecía supuestamente una explicación racional, incluso “científica” de la sociedad y de la historia. Quedaban muy pocos intelectuales liberales y estaban aislados y dispersos, por lo menos hasta que Hayek funda la sociedad Mont Pelerin, a la que pertenecerían economistas, filósofos, juristas, historiadores, etc.

El racionalismo constructivista

Precisamente, lo que la historia enseña es que el mercado no ha sido creado por nadie deliberadamente, como tampoco lo ha sido la sociedad y las instituciones que se dan en su seno. Nada ni nadie tiene la capacidad de hacer algo así. Los seres humanos tienen un conocimiento y unas capacidades limitadas. La sociedad es fruto de la acción humana, de su evolución libre y espontánea; no es ninguna construcción de la razón.

En este sentido, Hayek rechaza ese tipo de racionalismo que él llama “constructivista”, según el cual las sociedades se pueden crear y modificar de acuerdo con planes racionales diseñados por determinados sujetos. Lo que no quiere decir que Hayek rechace toda crítica racional; lo que ocurre es que se siente más identificado con el “racionalismo crítico” de su amigo y compatriota Karl Popper.

Según Hayek, hay que evitar que la ausencia de una “justificación racional” de determinados usos, costumbres, tradiciones o instituciones nos lleve a tirar por la borda todo el conocimiento acumulado durante generaciones. Eso es lo que hizo el comunismo, con las consecuencias que conocemos.

Ni anarquista ni libertario

La obra de Hayek es multidisciplinar. Incluso en sus últimos años se aprecia un interés creciente por los descubrimientos de las ciencias naturales, sobre todo de la biología. De hecho, algunos autores consideran que este último aspecto daña la coherencia de toda su obra; coherencia que, a su juicio había conseguido en gran medida, aunque —como suele ocurrir con todos los grandes pensadores—existen en realidad importantes contradicciones que han propiciado también diferentes interpretaciones de su pensamiento.

Aunque a Hayek se le considera uno de los más conspicuos representantes del llamado “neoliberalismo”, conviene aclarar que este concepto alude a diferentes escuelas y autores, algunos de los cuales defienden ideas contrarias a las tesis hayekianas. De hecho, la deriva de la Escuela Austriaca en los Estados Unidos en los últimos tiempos se aleja considerablemente de los principios que los máximos representantes de dicha escuela defendieron en su momento.

Hayek no era un anarquista ni un libertario. Era, como él mismo insistía en recordar, un liberal clásico al estilo anglosajón. Sin embargo, es habitual encontrarlo clasificado como un conservador, un reaccionario, un neoliberal radical o un anarco-capitalista.

La función del Estado

Lo que suele ocurrir es que se le cita muchas veces sin haberlo leído, y muchos se sorprenderían si leyeran algunas de las cosas que dejó escritas, como que el Estado tiene la obligación de ocuparse de aquellos que no pueden valerse por sí mismos en el mercado o las numerosas funciones que debe desempeñar un gobierno en una democracia liberal.

Pero es cierto que nunca explicó detenidamente cómo debería organizarse esa ayuda o cómo hacerla compatible con su crítica a la justicia social. Probablemente esa ayuda a los más necesitados deba hacerse, sobre todo (aunque no solo), desde la sociedad civil y la acción individual. El Estado puede remover los obstáculos que impidan las acciones en ese sentido, pero lo que no puede es exigir obligatoriamente la solidaridad.

Es cierto que Hayek consideraba que el Estado había asumido muchas más funciones de las que debería y que esto ocasionaba no sólo problemas económicos (como se dejó ver en los años 70) sino que, además —como advirtieran sus admirados Mill y Tocqueville— acostumbraba a los ciudadanos a la sumisión y la pasividad. La seguridad se coloca por encima de la libertad y los individuos dejan de ser ciudadanos; se convierten en administrados sometidos a todo un gigantesco y burocratizado aparato estatal, que ahoga la iniciativa y el progreso social (algo que, curiosamente, han sostenido también autores neomarxistas críticos con el Estado del Bienestar).

Justicia social

Sin embargo, es cierto que su acerba crítica a la justicia social (fundamento y legitimación del Welfare State) le ha hecho un pensador incómodo e impopular no sólo para la socialdemocracia, sino incluso para los conservadores que asumieron la legitimidad de este tipo de Estado en el consenso de entreguerras.

Hayek criticó duramente los efectos de esta forma estatal basada en una concepción espuria —según él— de la justicia. Pensaba que la justicia social propiciaba el reparto de la renta entre los grupos de presión más organizados que rodeaban al gobierno en busca de rentas y privilegios, violando así el Estado de Derecho y la igualdad de todos ante la ley.

El Estado debía vigilar para que se cumplieran las reglas, debía ser árbitro y no parte en el juego del mercado. Querer intervenir para corregir ciertos resultados contrarios a nuestro sentido de la justicia, generaría a medio y largo plazo efectos contraproducentes.

La libertad es frágil
Para el mundo académico, Hayek forma parte ya del canon de los grandes pensadores del siglo XX y su obra es objeto de análisis y estudio en las universidades de todo el mundo. Pero al margen de este reconocimiento, puede resultar más interesante considerar qué parte de su mensaje sigue siendo relevante en la actualidad.
Quizás la advertencia hayekiana de que la libertad es algo muy frágil, que no debemos darla por supuesta y que hay que estar siempre alerta para defenderla, sea una de las más pertinentes. Amigos de la libertad —escribe— siempre ha habido pocos. El liberalismo no es fácil. Nuestro pensador creía que las conquistas de la civilización no eran algo “natural” sino que, al contrario, muchas veces se habían logrado superando nuestros instintos atávicos. Así ha ocurrido con la libertad, entendida en el sentido en el que se ha defendido en la mejor tradición europea: una libertad basada en hondos principios jurídicos y morales.
Hayek tenía alergia al colectivismo de cualquier tipo (también al conservador, que lo hay). El liberal es un individualista convencido. Lo que significa que la vida de un individuo y su libertad no pueden sacrificarse en aras de ningún fin colectivo, ya sea el de una clase, una raza, el Estado o la nación. De ahí su cautela frente a los proyectos que, aun buscando fines loables, tienen que llevarse a cabo sacrificando las partes al todo, una clara advertencia contra los nacionalismos y populismos de izquierda y derecha.
Como buen liberal, tampoco era nacionalista. Creía que Europa debía unirse aunque no —claro está— al modo socialista sino liberal. Por eso prefería la competencia de monedas a una moneda única y no deseaba nada parecido a un Estado mundial que reprodujera a nivel global los peligros de un Estado nacional. Pero era un europeísta convencido.
Por otro lado, aparte de recordar la necesidad de defender nuestro sistema de libertades, el economista vienés temía la facilidad con la que los ciudadanos habían asumido y aceptado que el Estado imponga unos valores morales, una ética o una idea de lo que debe ser la vida buena. A Hayek eso le preocupaba sobremanera.
El Estado moral
El Estado liberal debe ser neutral: ha de garantizar el funcionamiento de la sociedad entendida como un orden espontáneo y remover los obstáculos que impiden el desarrollo de la libertad, pero no está ahí para decirnos cómo debemos vivir. La sociedad liberal permite la convivencia de gente muy diferente precisamente porque deja que cada uno, respetando las reglas del juego, persiga sus propios fines.
El problema es que con un tipo de Estado que busca la realización de la justicia social, lo social tiene siempre una connotación positiva y el Estado tiende a inmiscuirse en nuestras vidas y orientar nuestro comportamiento en función de ciertos valores. Y eso es un peligro grave. El Estado social se convierte así en un Estado moral.
Por último, Hayek —que también investigó el funcionamiento de la mente humana— estuvo siempre convencido de que los seres humanos somos falibles y propendemos al error; no reconocerlo supone caer en una arrogancia fatal de consecuencias imprevisibles. Por eso, admitir que no sabemos muchas cosas, que no podemos predecir exactamente los resultados de todas nuestras acciones o que debemos aprender a base de cometer errores, nos hace ser mucho más generosos, abiertos y tolerantes. La modestia intelectual que tan pocos practican debería ser uno de los rasgos fundamentales del verdadero liberal. 

 


Paloma de la Nuez es profesora de Historia del pensamiento y movimientos sociales en la Universidad Rey Juan Carlos y autora de La Política de la libertad. Estudio del pensamiento político de F.A. Hayek (Unión Editorial, 2010). 

aceprensa

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