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Febrero de 1917: una revolución marginada y frustrada
Puestos a conmemorar 1917, habría que hacerlo con la Revolución de febrero, que implicó la posibilidad de una Rusia democrática, mientras que la de octubre fue un golpe de Estado comunista
Actualizado 3 marzo 2017  
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Antonio R. Rubio   

Hay aniversarios que son incómodos para un gobierno y para un país porque obligan a emitir, de forma explícita o implícita, un juicio sobre la historia.   Esto sucede con el centenario de la Revolución rusa de 1917, tanto en su fase de febrero como en la de octubre. El poder no puede desarrollar una narrativa oficial sobre aquellos acontecimientos porque el enfoque dado a la historia, tras la caída de la Unión Soviética, ha sido de carácter inclusivo, en contraste con la época comunista, pero con ciertos límites que terminan desembocando en la ambigüedad.

En su etapa leninista, el régimen soviético pretendió hacer tabla rasa del pasado zarista, pero años más tarde, las exigencias del culto a la personalidad de Stalin y la exaltación patriótica de la guerra de 1941-45 contribuyeron a que la historia rusa, con sus grandes personalidades políticas o sus destacados representantes de la cultura, ocupara un plano destacado. Pero no debemos olvidar que el final de la URSS no dio paso a un sistema democrático y liberal, según los parámetros occidentales, sino a un poder fuerte de carácter presidencialista, que implicaba a su vez un despertar del nacionalismo.

En este sentido, el nacionalismo ruso guarda una cierta similitud con el francés. Este contempla la historia como un todo, en el que caben la monarquía, la revolución, el imperio y la república. Todo se puede aprovechar para mayor gloria de Francia. Otro tanto cabe decir de Rusia. No se puede condenar el pasado soviético en bloque. Se atribuye a Putin la afirmación de que tener nostalgia del comunismo equivale a no tener cerebro, pero no lamentar la desaparición de la URSS sería no tener corazón.

Una revolución para no conmemorar

Por eso la gran fiesta nacional rusa, más allá del 12 de junio, proclamación de la independencia en 1991, y del 12 de diciembre, aniversario de la Constitución de 1993, es el 9 de mayo, día de la victoria en 1945 en la guerra contra la Alemania nazi. Y esto implica asumir que Stalin fue el artífice de ese triunfo y el hombre que logró convertir a Rusia en una potencia mundial. No es extraño que 1917 languidezca ante 1945. Hubo entonces una gran guerra patriótica en la que hasta Stalin utilizó una espectacular puesta en escena de la Rusia ortodoxa para derrotar al régimen hitleriano, aunque unos años antes no hubiera desaprovechado la oportunidad de aliarse con él.

La Rusia de Putin no puede celebrar una revolución, sea la de febrero o la de octubre. Para empezar, ninguna guarda relación con el sistema político actual. En un mensaje de finales del año pasado, el presidente afirmó que 1917 había marcado una tragedia para Rusia. Más que para conmemorar, el centenario ofrece una oportunidad para reflexionar sobre las causas y la naturaleza de aquella revolución, tal y como se recoge en un decreto presidencial de 21 de diciembre de 2016.

No se debería conmemorar algo que divide a un pueblo como el ruso, que tiene que estar unido en torno a su sistema político y a su presidente, sobre todo en un tiempo de tensiones exteriores marcadas por los desencuentros con EE.UU. y Europa tras el conflicto de Ucrania y la anexión de Crimea. Probablemente también hay otro motivo en la ausencia de celebraciones: toda revolución implica un cambio de régimen por la fuerza.

Un paréntesis histórico

La Rusia de Putin se ha caracterizado por lo contrario: la defensa de la soberanía de los Estados y el rechazo a la intervención en sus asuntos internos. Esto le llevó a rechazar en la década pasada la Revolución naranja de Ucrania o la Revolución de las Rosas en Georgia, que para los rusos no representaban ningún despertar de la democracia frente a las tiranías, sino un intento de subvertir las tradicionales áreas de influencia rusa en el antiguo espacio soviético, un paso obligado para socavar los cimientos políticos de la propia Rusia. Por tanto, Moscú se ha convertido en defensora de la “estabilidad”, en el sentido de statu quo, y nunca creyó que la expansión de la OTAN y de la UE, que implicaban el triunfo de la democracia liberal, representaran ninguna estabilidad para su país sino, por el contrario, un tremendo revés geopolítico.

Con todo, hay quien podría argumentar que, puestos a conmemorar 1917, habría que hacerlo con la Revolución de febrero, que implicó la posibilidad de una Rusia democrática, mientras que la de octubre fue, en realidad, un golpe de Estado comunista. Si realmente la Rusia de Putin no se identifica con el zarismo de Nicolás II, pues el presidente suprimió el tradicional himno de los zares y restauró el de Stalin cambiándole la letra, ni con la revolución bolchevique, ¿por qué no conmemora la Revolución de febrero y la contrapone a la comunista? A nuestro entender, la razón más obvia es que dicha revolución implica un fracaso. Los fracasos no se conmemoran y este, en concreto, supuso una marcha anunciada hacia el triunfo de Lenin.

Para un nacionalista como Putin, la actitud del líder comunista de sacar a cualquier precio a Rusia de la Primera Guerra Mundial y que le llevó a firmar la humillante paz de Brest-Litovsk con Alemania, fue una traición a los intereses de Rusia y a los heroicos soldados rusos caídos en la contienda. Y hay otro motivo para no exaltar la Revolución de febrero: el nacionalismo ruso reivindica los tiempos de gloria de la autocracia de los Romanov, si bien nunca se identificará explícitamente con el régimen zarista. En este sentido, la primera Revolución rusa de 1917 no deja de ser un paréntesis histórico.

Decepciones y espejismos

La Revolución de febrero no iba a ser un punto de llegada, sino de partida en Rusia. No fue el camino hacia una monarquía liberal, como una minoría del Partido Constitucional Demócrata hubiera deseado, ni tampoco hacia una república parlamentaria. ¿Es posible que algunos revolucionarios de aquel momento pensaran que la alianza militar de Rusia con Francia y Gran Bretaña se vería reforzada por la sustitución de un régimen autocrático por otro liberal? No dejaba de ser un espejismo porque la suerte de la guerra la decidía la situación en los respectivos frentes, por entonces bastante estancados, y no las connotaciones ideológicas.

Desde luego, los aliados democráticos occidentales, en su afán de oponerse a Alemania, no habían puesto ningún reparo a aliarse con la Rusia de los zares. Con todo, hubo intelectuales rusos que aplaudieron la revolución de febrero, como el filósofo Nikolái Berdiáyev (1874-1948), que llegó a proclamar: “La Revolución rusa es la más patriótica, la más nacional y la más popular revolución de todos los tiempos”.

Esta impresión durará poco tiempo, pues la llegada de los bolcheviques al poder, despertará a Berdiáyev de sus ilusiones, y aunque logrará mantener un tiempo sus escritos y su cátedra universitaria, será expulsado definitivamente de la URSS en 1922. Para entonces, había tenido tiempo de darse cuenta de que la política se estaba sacralizando, lo que constituye uno de los rasgos de la historia del siglo XX, y que conceptos como revolución, socialismo, democracia, internacionalismo y proletariado habían sido elevados a la categoría de nuevos ídolos.

Berdiáyev, un gran admirador de Dostoievski, tenía que chocar, tarde o temprano, con el bolchevismo, dado que uno de los fundamentos de su filosofía era la búsqueda de la verdad. También en esto se diferenciaba de otros intelectuales de su tiempo que pusieron sus esperanzas en los sucesos de 1917. Berdiáyev había sido un pensador crítico y perseguido por el régimen, aunque era capaz de percibir el peligro de justificar los fines sin reparar en los medios. Quien oponía el rigor filosófico al activismo revolucionario, se sentiría finalmente decepcionado. De hecho, en 1909 escribía este juicio premonitorio: “El amor por una justicia igualitaria y niveladora, por el bien social y la felicidad del pueblo, ha paralizado el amor a la verdad, hasta casi aniquilar todo interés por ella”.

El juicio de Solzhenitsyn

Tampoco estuvo a la altura el príncipe Gueorgui Lvov, jefe del primer gobierno provisional que duró hasta julio de 1917, al considerar que la Revolución de febrero expresaba el alma del pueblo ruso y su misión histórica, pues sería el gran modelo de la revolución democrática universal con sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Quizás creyera que se trataba de una nueva versión de la Revolución francesa, pero eso también lo pensaba Lenin en su objetivo de sustituir aquella revolución burguesa por otra en la que un nuevo Robespierre, el partido bolchevique, implantaría su dictadura.

Y por si fuera poco, cuando Kérenski, líder de los socialrevolucionarios, reemplazó a Lvov, el régimen nacido en febrero empezó a conocer un cierto culto a la personalidad. Si la democracia representaba el poder del pueblo, este tenía que ser encarnado por un líder fuerte en la tradición histórica rusa. Los gobernantes podían desear una república al estilo de Francia, aunque encabezada por un “zar”. Ni que decir tiene que esta tendencia hacia la concentración de poder sería perfeccionada por Lenin y sus sucesores.

Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) estudió la revolución de febrero en un opúsculo aparecido en 1997, aunque el texto había formado parte de su monumental obra, La rueda roja, en la que pasaba amplia revista a los acontecimientos en Rusia desde la Primera Guerra Mundial a la Revolución. Este texto es una dura crítica al régimen zarista, a su inacción y sus debilidades. El premio Nobel ruso reprocha al zar Nicolás II su abdicación, en la que debió de pesar más la preocupación por su heredero, el enfermizo zarévich Alekséi, que la responsabilidad por el destino de Rusia. Es probable que la pasividad gubernamental ante los disturbios de Petrogrado en febrero guardara relación con el domingo sangriento de enero de 1905, cuando los soldados dispararon contra una manifestación pacífica ante el Palacio de Invierno.

Estas muertes quizás pensaban sobre la conciencia del zar y debieron de influir en su renuncia al trono. No contaba con que este hecho llevaría a la caída de la monarquía, pues el hermano de Nicolás, el gran duque Miguel, también renunció a la corona, y en opinión del escritor ruso, esto debió de guardar relación con el deseo de reunirse con su esposa, Natalia Brásova. Para Solzhenitsyn, Miguel tampoco tenía ningún derecho a suscribir un manifiesto de renuncia en el que remitía a la formación de una futura asamblea constituyente que decidiría sobre la futura forma de gobierno. Mientras tanto, se había creado un vacío de poder en la cúpula del Estado que la monarquía zarista nunca volvería a llenar. El vacío lo ocuparían los bolcheviques que, a diferencia del gobierno provisional, sabían muy bien a dónde querían llegar. / aceprensa

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