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La Tarasca y el Corpus en Madrid
Madrid se transformaba completamente durante estas celebraciones del Corpus. La ciudad se convertía en un auténtico escenario teatral, donde convergían lo religioso con lo pagano.
Actualizado 22 marzo 2017  
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Elena Casas Castells   
La veneración a la Eucaristía o al Corpus Christi ha tenido desde siempre un fuerte arraigo en nuestra tradición cultural y religiosa. De hecho, ya desde el siglo VI, en la catedral de Lugo, se encontraba expuesto el Santísimo de forma permanente, así como las Formas Incorruptas de Sant Cugat del Vallés (1019) y de San Juan de las Abadesas (1251), y los Milagros Corporales de Daroca (1238); y en Madrid, en 1317, se nombró una Comisión Municipal encargada de la celebración del Corpus.

A partir de 1482, esta festividad comenzó a experimentar una especial importancia en nuestra ciudad, precisamente durante la estancia de la reina Isabel la Católica en el Palacio de la familia de los Lasso de Castilla, en la que realizó un breve trayecto desde el citado palacio hasta la iglesia de San Andrés, con la cabeza cubierta con una toca, descalza y portando un cirio, presidiendo la comitiva. Años más tarde, Carlos I participó también en ella llevando una vara del palio.

Durante el reinado de Felipe II, la importancia de la procesión creció de forma espectacular por lo que, a pesar de no ser la villa sede del obispado, decidió encargar una custodia para exponer el Santísimo Sacramento acorde con la importancia del acto. Sería su tercera esposa, la reina Isabel de Valois, la responsable de dar instrucciones al orfebre Francisco Álvarez para su ejecución, una obra procesional realizada en plata, de estilo plateresco, compuesta de dos cuerpos.

Con el tiempo, la fastuosidad y el boato de la fiesta fueron, poco a poco, en aumento hasta el punto de que, en 1623, coincidiendo con la visita que realizó el Príncipe de Gales a Madrid, el recién llegado pudo contemplar la procesión desde el mismo Alcázar, quedando gratamente sorprendido.

Habrá que espera a los siglos XVII y XVIII para que la majestuosidad y el empaque de los actos de culto y procesión al Santísimo Sacramento adquieran una importancia inusitada. Uno de los edificios religiosos pioneros en esa devoción fue el convento de monjas jerónimas, fundado en 1607 por Doña Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar. Popularmente se le llama “Convento de las Carboneras”, por un cuadro de la Virgen Inmaculada que fue encontrado en una carbonera y donado al convento. En su fachada, sobre la puerta, se encuentra un bajorrelieve en el que se representa a San Jerónimo y Santa Paula adorando al Santísimo Sacramento.

De igual forma, otro monumento emblemático que refleja esta veneración será el Oratorio del Caballero de Gracia, obra de arquitecto Juan de Villanueva, fechado en 1795. Este monumento religioso se realizó en honor de Jacobo de Gratiis o de “Gratia”, un destacado benefactor italiano, que falleció en Madrid en 1619. Su fama en nuestra ciudad le llevaría a ser denominado, de forma coloquial y popular, como “Caballero de Gracia”. Ordenado como sacerdote, creó la Congregación del Santísimo Sacramento.

La celebración de este culto, realmente, comenzaba el día anterior. La comitiva, que salía de la iglesia de Santa María la víspera del Corpus, estaba presidida por un sacristán que, con una vara del palio en la mano y acompañado por dos monaguillos con campanillas, llamada al pueblo madrileño a decorar las fachadas de sus casas y las calles por las que había de pasar la procesión. El paseo del sacristán servía para indicar cuál iba a ser el trayecto del día siguiente y dónde habían de instalarse los diferentes altares.
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Formaba también parte de la comitiva un extraño personaje llamado mojigón, un joven vestido de forma estrafalaria, con una bortaga (un traje de varios colores con grandes botones) en cuyas manos portaba un palo del que colgaban vejigas de carnero hinchadas y con las que golpeaba a todo el que se acercaba a él. El mojigón no iba solo, pues le acompañaba un grupo de hombres, vestidos de moros y diablos, y de mujeres, vestidas de ángeles. Al frente del grupo iba un joven de cabellos rubios que representaba a San Miguel. Cerraba el cortejo el tamboril y la gaita de la villa.

Cuando la comitiva volvía a la iglesia, tenía lugar allí una danza en la que los ángeles simulaban luchar con los moros y los diablos hasta que éstos eran derrotados. El triunfo quedaba patente cuando el joven que representaba a San Miguel decapitaba un monigote.

Al día siguiente, el itinerario ya estaba cubierto con toldos azules y blancos, los balcones se encontraban engalanados con tapices, mantones, banderas y colgaduras, mientras que el suelo de las calles se hallaba cubierto de arena y flores, y los puestos de dulces típicos, como los confites del Sacramento y las bolas del mojigón, terminaban de ser instalados en las esquinas. Los confites eran una especie de caramelos que tenían la figura de una estrella, de los cuales los hombres hacían provisión para obsequiar a sus enamoradas, a quienes era costumbre regalarlas en ese día, mientras que las bolas eran unas tortas redondas que se degustaban empapadas en vino.

 

El desfile procesional se realizaba por la mañana, hasta que en el siglo XIX se trasladó a la tarde. La procesión revestía una extraordinaria solemnidad, en el que además del rey y su familia, figuraban toda una cohorte de personalidades como los grandes de España y los embajadores, así como la alta nobleza, el clero secular y regular, e instituciones civiles, militares y religiosas como las cofradías y las corporaciones. La procesión era cerrada por los soldados de la Guardia Española y por los archeros.  

Durante la celebración se procedía a celebrar corridas de toros, certámenes literarios y pictóricos, recepciones oficiales, justas académicas, banquetes, representación de autos sacramentales, etc.

Uno de los personajes más vinculados a la celebración del Corpus madrileño era la Tarasca. Se trataba de una construcción de gran tamaño de madera o de cartón, en forma de animal fantástico con cabeza de dragón, grandes fauces, cuello que se alargaba a voluntad de los que lo manejaban -apretando un resorte-, cuerpo con escamas, y un vientre de gran volumen. La figura se movía de tal forma que causaba espanto entre el público de la procesión.

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Con el nombre de tarasca no sólo hacía referencia a esta construcción, en forma de animal monstruoso, sino también a la mujer que iba sobre ella y que, en sus orígenes, simbolizaba el triunfo del bien sobre el mal.

Las referencias más antiguas que se tienen en Madrid sobre la construcción de la tarasca son de finales del siglo XVI. Para los madrileños, el conjunto de dragón-mujer simbolizó, desde el principio, el mal, el pecado, el vicio, es decir, el grupo de figuras malignas. El bien venía detrás de la Custodia. El escritor Juan de Zabaleta comparaba la tarasca con el demonio y afirmaba que el monstruo alargaba la garganta hasta los sombreros de los espectadores como el demonio llega a la cabeza de los hombres para que actúen sin entendimiento.

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A partir del siglo XVII, la tarasca fue vestida y peinada a la moda. Los modelos de los peinados que lucía eran luego imitados por las mujeres de la corte y solicitados a peluqueros y diseñadores de moda de la época. Junto a la tarasca iban los gigantones, vestidos con prendas de oro y seda, y la gigantilla, todos muñecos de gran tamaño. Ellos serán los precursores de los gigantes y cabezudos.

La tarasca fue polémica, y aunque Felipe III limitó su recorrido ante las protestas de los madrileños, Felipe IV volvió a restaurar su representación.

Con el tiempo, el interés de estas representaciones fue decayendo y, en 1676, algunas autoridades se excusaban de sus ausencias. Felipe V obligó a que estas representaciones se hicieran en los corrales de comedias. Carlos III, mediante real cédula de 21 de julio de 1780, prohibió la representación de la tarasca y de las otras figuras de la comitiva por considerarlas indecentes y que sólo servían “para aumentar el desorden y distraer o resfriar la devoción de su Majestad divina”. La tarasca, tras dos siglos de tradición, dejó de salir a las calles madrileñas.

La procesión duraba en total unas seis horas, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. El recorrido habitual empezaba en la iglesia de Santa María, continuaba por la calle Mayor para llegar a la Plaza Mayor, en la que se llevaban a cabo las representaciones de los autos sacramentales (precisamente este año 2017 celebramos el IV centenario de la Plaza Mayor. Esta gran obra fue construida en 1617, bajo el reinado de Felipe III). A continuación seguía por la calle Toledo, pasaba por Latoneros y llegaba a Puerta Cerrada, donde tomaba la calle Sacramento hacia la Plaza del Cordón para acabar de nuevo en la iglesia de Santa María.

Como vemos, Madrid se transformaba completamente durante estas celebraciones del Corpus. La ciudad se convertía en un auténtico escenario teatral, donde convergían lo religioso con lo pagano. De hecho, fue una de las fiestas más señaladas dentro del calendario litúrgico. Así pues, creemos que ha sido interesante acercarnos y conocer mejor este evento, posiblemente el espectáculo más vistoso y llamativo que podían ver regularmente los madrileños.


BIBLIOGRAFÍA

  • AZORÍN, Francisco., El Madrid romero y devoto. Madrid, Ediciones La Librería, 2006.
  • BERNÁLDEZ MONTALVO, José María., Las tarascas de Madrid. Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1983.
  • BUEZO, Catalina., El carnaval y otras procesiones burlescas del viejo Madrid.  Madrid, Ed. Avapiés, 1992.
  • FLÓREZ ASENSIO, María., “Aspectos de la procesión del Corpus en Madrid: La tarasca y sus componentes musicales”,  Revista de Arte, Geografía e Historia, nº 4, 2001, 393-426.
  • MATEO DEL PERAL, Luis Regino., “La tarasca y la procesión del Corpus en Madrid”, Madrid Histórico, nº 23, septiembre-octubre 2009, 26-32.
  • MONTOLIÚ CAMPS, Pedro., Fiestas y tradiciones madrileñas. Madrid, Silex, 1990.
  • PORTÚS PÉREZ, Javier., La antigua procesión del Corpus Christi en Madrid. Madrid, Comunidad de Madrid, 1993.

Elena Casas Castells
Doctora en Historia del Arte y Documentalista.
elenacc08@gmail.com
https://nuevasmiradasdemadrid.com/
 
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