El ayuntamiento puede descubrir que cobrar esas multas es difícil. Suponiendo que la sentencia de
Cohen contra el estado de California siga en pie, el amparo de la Primera Enmienda a la libertad de expresión cubre el uso de tacos en el ámbito público, y tan pronto como la nueva ordenanza pública sea llevada a los tribunales es seguro que será revocada. A nivel legal, el consistorio no tiene adonde agarrarse. Pero su inquietud por la implantación de normas públicas merece algo más que la ridiculización de la que está siendo objeto.
Cohen fue el fallo del Supremo en 1971 en el que el Supremo rechazó la condena de un caballero de Los Ángeles detenido por alteración del orden público al comparecer ante un tribunal municipal con una americana que llevaba la palabra "joder" escrita encima. (La americana, con la frase entera, rezaba: "Que le jodan al servicio militar"). En representación de la mayoría, el magistrado John Marshall Harlan reconocía que "la palabra en particular objeto de litigio en este caso es tal vez de peor gusto que la mayoría". Sin embargo, fallaba: "la vulgaridad de un caballero es la lírica de otro" -- y "es sobre todo porque los funcionarios públicos no pueden hacer distinciones en este terreno que la Constitución deja esto en manos del buen gusto y el estilo de manera tan generosa del individuo".
Cuando hablamos de libertad de expresión, mis convicciones son en general libertarias: la respuesta idónea a una expresión de mal gusto es una expresión de mejor gusto. La Primera Enmienda no valdría de mucho si solamente amparase las expresiones sensatas y anodinas. Lo que convierte a la Enmienda en un garante tan vital de la libertad norteamericana es que protege la expresión desagradable y repulsiva en la misma medida -- hasta la libre expresión de
los grupos repugnantes de incitación al odio o de
propagandistas embusteros. Convengo con Oliver Wendell Holmes Jr., que
escribió hace más de 80 años que la protección de la Declaración de Independencia no ampara simplemente "la libertad de ideas de los que convienen con nosotros, sino la libertad de aquellos cuyas ideas odiamos".
La libertad de expresión, sin embargo, no es el único valor del que depende una sociedad civil sana. La educación y el comportamiento social también importan. En otros terrenos, la mayoría de nosotros damos por sentado que los derechos de las minorías, no solamente los de los particulares, también exigen cierta deferencia.
Middleborough no habría saltado
a la actualidad nacional la semana pasada si los concejales hubieran votado a favor de imponer multas a cualquiera que arrojase basura o hiciera pintadas o dejara las heces del perro en el ámbito público. ¿Debe por tanto
aparecer en portada que unos funcionarios públicos busquen la forma de limitar la blasfemia en el ámbito público?
A lo mejor los funcionarios y los responsables de Middleborough exageran al decir que el asunto se ha convertido en una plaga de vulgaridades, entre los jóvenes en especial. ("Se sientan en los bancos y se gritan el más vulgar de los idiomas los unos a los otros", afirma la ex concejal Mimi Duphily). Pero no puede caber mucha duda de que el lenguaje vulgar circula hoy abiertamente por la sociedad estadounidense hasta un grado impensable hace unas décadas.
Lo
vulgar de nuestra cultura se manifiesta por doquier. Ir al teatro,
ver una película, poner un programa de máxima audiencia en televisión, tiene garantizado encontrar la clase de lenguaje que solía lavarse con jabón de la boca. Hay programas que rivalizan en su crudeza:
"South Park" es famoso por la sucia lengua de sus alumnos. El episodio "The Wire" contenía la palabra
joder 38 veces en menos de cuatro minutos.
¿El taco de un hombre es la lírica de otro? En estos días puede ser
el éxito de un Grammy de otro: que se lo digan a Cee-Lo Green. O puede ser la campaña retórica de otro: coqueteando públicamente el pasado año con una apuesta presidencial,
Donald Trump pronunció un discurso lleno de tacos ante una audiencia que jaleaba y aplaudía cada vez que soltaba un derivado de joder.
Si el cántaro va a la alcantarilla el tiempo suficiente, con el tiempo
el uso se extiende. Ignore las pintadas
y los cristales rotos el tiempo suficiente, y con el tiempo el comportamiento antisocial puede hacer intolerable un barrio. ¿Qué le sucede a una cultura en la que el lenguaje vulgar y las obscenidades son omnipresentes?
"Que el aire parezca en ocasiones lleno de cacofonías... no es signo de debilidad, sino de fortaleza", decía el Supremo en el fallo del caso Cohen. "En lo que por lo demás sería un ejemplo molesto y desfasado de abuso individual de vulgaridades… los valores sociales fundamentales están implicados de lleno".
Pero corría el año 1971. Hoy estamos mucho más avanzados en ese camino. La crudeza que contamina la vida cotidiana norteamericana ha dejado de parecer "molesta y desfasada". La solución del consistorio de Middleborough no puede estar más equivocada, pero el problema que intenta abordar no es menor.