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El mítico galerista Leo Castelli retratado en un libro y una exposición
El marchante y galerista Castelli representó a artistas emblemáticos del siglo XX, y reinó durante varias décadas en Nueva York.
Actualizado 3 febrero 2012  
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MARÍA MOLINA LEÓN   

EL GALERISTA: LEO CASTELLI Y SU CÍRCULO 

Autor: Annie Cohen-Solal

Turner.
Madrid (2011).
628 págs.
29,90 €.
Traducción: Isabel Blare y Pablo Sauras. 
 

Se acaba de traducir al castellano la biografía de Leo Castelli (1), firmada por Annie Cohen-Solal, que desentraña con rigor y con pasión el enigma de un hombre que cambió las leyes del coleccionismo contemporáneo. Desde su mítica galería del SoHo neoyorkino (420 West Broadway), supuso la referencia más destacada de las vanguardias contemporáneas (surrealismo, expresionismo abstracto, Pop Art, Minimal Art, etc.) durante cinco décadas. Fue un hito en el arte de comprar y exponer arte.

Pero ¿quién era el personaje que afirmaba con temeridad y plena lucidez: "La figura clave de mi galería es alguien cuya obra no he expuesto jamás, Marcel Duchamp. Los pintores que no han sido influidos por él no tienen cabida aquí"?

Los peligrosos años europeos

Annie Cohen-Solal, autora de su biografía, conoció personalmente a Castelli en su etapa de Agregada Cultural de Francia en Nueva York de 1989 a 1999, y ha rastreado tanto los años europeos del marchante como los neoyorquinos.

Leo Krausz (1907-1999) nació en Trieste en el seno de una familia de banqueros judíos de origen húngaro. Su padre, Ernesto, se casó con una rica heredera, Bianca Castelli, también judía. Por exigencia de las leyes de Mussolini, los Krausz tuvieron que italianizar el apellido en 1935, adoptando el materno. Leo disfrutó de una infancia feliz, que incluía vacaciones de lujo y arte en Venecia, con estancias en el Hotel des Bains, del Lido. El estallido de la primera guerra mundial les lleva a trasladarse a Viena en 1914. En 1918 la familia regresó a Trieste.

Una década después, el ominoso ascenso de un antisemitismo cuya sombra se proyectaba sobre toda Europa empezó a hacer mella en la vida y la hacienda de los Krausz-Castelli, que se vieron obligados a una serie de exilios consecutivos. Tras estancias en Budapest y Bucarest, en 1935 se trasladaron a París. Durante los años de Bucarest, Ernesto obligó a su hijo Leo a trabajar en una compañía de seguros. Conoció a Ileana Shapira, hija de un millonario rumano judío, con quien se casó, y con quien formaría un tándem formidable.

Supuso la referencia más destacada de las vanguardias contemporáneas durante cinco décadas

En París, aunque los designios del Tercer Reich para con los judíos europeos no dejaban ya lugar a dudas, Leo e Ileana abrieron una galería en la Place Vendôme en 1939, en la que exhibieron obras, entre otros, de Max Ernst y Dalí, así como muebles y objetos de diseño. El estallido de la II Guerra Mundial hizo que los Castelli-Shapiro buscaran refugio en Cannes. La caída de París les obligó a abandonar definitivamente Francia, refugiándose primero en la gran villa familiar de la Riviera. Fracasada la aventura parisina, y temiendo la ocupación nazi, los Castelli son mantenidos por el multimillonario suegro de Leo, antes de instalarse en Nueva York.

Tras unas Navidades en Marraquech, atravesaron España camino de Nueva York en el año 1941. Una de las primeras cosas que hizo Castelli nada más desembarcar en Ellis Island y obtener permiso para trasladarse a Manhattan fue visitar el MoMA, cambiando todo su planteamiento a partir de entonces.

Chic parisien” en Nueva York

Annie Solal-Cohen describe con minuciosidad el lento proceso de fermentación que acabó por convertir a Leo Castelli en el galerista más importante de su tiempo. El aprendizaje pasó por fases muy distintas, incluyendo tener que dirigir una fábrica textil, de la que Castelli se escapaba en cuanto le resultaba posible, para sumergirse en los ambientes artísticos del Nueva York de la época. Castelli modeló su oficio siguiendo de cerca la lección de dos importantes figuras de la escena artística neoyorquina: Alfred Barr, el visionario director del MoMA, y el crítico de arte Clement Greenberg. Ambos le llevaron a practicar un elemento de rigor ético e intelectual, distintivos de su conducta como galerista. Los años clave de su lento aprendizaje neoyorquino, calificados por su biógrafa como la década más extraña de su vida, fueron los que mediaron entre 1946 y 1956.

Durante aquella época también sufrió una radical transformación el ambiente artístico de Nueva York. En 1957, con 50 años cumplidos, y tras la experiencia frustrada de París, Castelli abrió su primera galería en su propia casa, para mostrar el trabajo de grandes maestros de la modernidad europea y estadounidense. Sin haber trabajado prácticamente nunca, sostenido con dinero familiar, Castelli aportaba algo único y precioso en la escena neoyorquina: lo que se ha llamado “chic parisien”, o “european charm”… aspectos inalcanzables para los jóvenes expresionistas abstractos y los iniciadores del pop neoyorquino de los años 50 del siglo XX.

Desde finales de los cincuenta hasta finales de los noventa, Castelli presentó al mundo a algunos de los artistas estadounidenses más importantes de su tiempo

Descubrir artistas

Castelli compró obra al precio más bajo, y supo manejarse con las plusvalías, vendiéndola a precios exorbitantes, envolviéndolo en cosmopolitismo y glamour. Castelli comenzó a triunfar como galerista y marchante a edad tardía, cumplidos los 50, en la legendaria galería del SoHo, que se convertiría en algo así como El Dorado para los artistas, según afirmaba: "Todo empezó con Rauschenberg, Johns y Twombly; después continuó con Frank Stella; vinieron luego los artistas minimalistas, los artistas conceptuales, y a comienzos de los setenta, Nauman y Serra". Es indudable su olfato y talento para descubrir en artistas prácticamente desconocidos, las grandes figuras contemporáneas.

A lo largo de cuatro décadas, desde finales de los cincuenta hasta finales de los noventa, Castelli presentó al mundo a algunos de los artistas estadounidenses más importantes de su tiempo. La nómina de primeras figuras que formaban parte de su galería con Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella y Roy Lichtenstein a la cabeza, incluye a artistas del calibre de Ellsworth Kelly, Richard Serra, Donald Judd, Dan Flavin, Robert Morris, Ed Ruscha, Bruce Nauman, Cy Twombly, Andy Warhol, James Rosenquist y Claes Oldenburg.

En el centro de la visión de Castelli hay una ausencia que explica su actitud general hacia el arte. Para él todo empieza y acaba con Marcel Duchamp. La afirmación permite desvelar al menos parcialmente el misterio. Castelli, como supo ver Jasper Johns nada más conocerlo, "había nacido para vender, ya fuera una póliza de seguros a sí mismo o unas latas vacías que había que hacer pasar por arte".

El gran marchante cosmopolita

Andy Warhol le retrató con traje y envuelto en un abrigo de marta cibelina de Bergdorf Goodman, los grandes almacenes de lujo en pleno Manhattan. Un emblema de la era más contemporánea del arte.

Formado en las vanguardias históricas del París de los años 20 y 30, Castelli apostó con éxito, en Nueva York, por el expresionismo abstracto, el pop, el neo dada, el op, la abstracción lírica, el arte conceptual…, todas las grandes escuelas que Nueva York terminaría imponiendo en la escena mundial de arte. El galerista fracasado en París, confió en Nueva York en grandes artistas todavía desconocidos, y acertó.

Annie Cohen-Solal atribuye a Leo Castelli un puesto preeminente en la historia del mercado de arte mundial, y permite seguir las pistas culturales de una aventura muy fuera de lo común. Castelli influyó de manera contundente en el oficio de vender, comprar y coleccionar arte contemporáneo, porque tenía pasión por lo que hacía y supo seducir a otros.

Exposición en Palma de Mallorca

A la plena actualidad de esta biografía se suma además estos días la exposición “Homenaje a Leo Castelli” que la Fundación Juan March propone en el Museu de Palma de Mallorca, a través de nueve grabados de artistas de su galería como Jasper Johns (1930), Ellsworth Kelly (1923), Joseph Kosuth (1945), Roy Lichtenstein (1923 - 1997), Bruce Nauman (1941), Robert Rauschenberg (1925 - 2008), James Rosenquist (1933), Richard Serra (1939) y Edward Ruscha (1937). Con motivo de su 90 cumpleaños, su hijo Jean-Christophe Castelli decidió hacer a su padre un regalo especial: un porfolio de nueve grabados realizados por nueve artistas vinculados a la historia de la galería, cuya edición se limitó a 90 ejemplares. La dedicatoria reza: "Para mi padre: me hiciste mirar, pero me dejaste ver por mí mismo. Con amor, Jean-Christophe".

A su padre regaló el primero y el último de los ejemplares, y el resto los donó a distintos museos e instituciones relacionados con su padre y con la galería Leo Castelli. A la Fundación Juan March donó el porfolio número 82/90, que ahora se muestra como homenaje íntimo, por haber tenido durante muchos años una estrecha relación con Leo Castelli y su galería, colaborando con numerosos préstamos para exposiciones temporales.

No es la primera vez que Leo Castelli, hijo de un banquero húngaro y de una judía sefardí de origen español, se expone en la Juan March. Su contacto arranca desde finales de los años setenta con el préstamo de obras, pero la colaboración más estrecha se produjo en 1988 cuando él mismo acudió a Madrid a la inauguración de la exposición titulada Colección Leo Castelli. Entonces habló de los grandes artistas españoles. Alabó a Miquel Barceló, al que tenía en su lista, pero enseguida se remontó a los grandes clásicos: desde el Greco, Goya y Velázquez hasta Picasso, a los que cada vez que acudía a España visitaba en el Museo del Prado.

__________________________

Notas

(1) Annie Cohen-Solal, El galerista: Leo Castelli y su círculo. Turner. Madrid (2011) 628 págs. 29,90 €. T.o.: Leo Castelli & les siens. Traducción: Isabel Blare y Pablo Sauras.

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