Según el relato de los hechos, fueron los seguidores del Masry quienes se lanzaron a linchar a los jugadores rivales, provocando que la afición de Al Ahly saliera en su defensa, aunque también los hinchas del Masry invadieron el campo una y otra vez, lanzando bengalas contra la afición rival (
La Vanguardia).
El Presidente de Al Masry sostiene que entre su hinchada se infiltraron matones que fueron quienes realmente cometieron los hechos (
El Periódico).
Primeras acusaciones que apuntan al deficiente papel jugado por las fuerzas de seguridad a la hora de garantizar la seguridad de los asistentes al evento de deportivo.
ABC da testimonios de algunos de los supervivientes de la tragedia, por ejemplo el entrenador del Ahly, el portugués Manuel José quien explicó así lo sucedido:
“la culpa es de los soldados, había decenas de ellos y de policías también. Desaparecieron todos, era un caos completo”.
El Mundo ofrece el testimonio de un trabajador del estadio que dijo que la policía fue una simple observadora, añadiendo un dato: los ultras que acudieron al estadio nunca respetan la autoridad de la policía, a la que consideran un signo del régimen caído y a la que desafían continuamente, lo que provoca que aquélla no intervenga por temor.
Una voz autorizada como es la del director del estadio, Mohamed Yunis, también señala que la causa de que no interviniera la policía fue el miedo a los hinchas.
“se limitaron a mirar porque temían que los lincharan” (
La Razón). Habrá una sesión de urgencia en el Parlamento egipcio y la Junta Militar ha decretado tres días de luto (
La Vanguardia).
El Partido Libertad y Justicia (Hermanos Musulmanes) fue más lejos en sus acusaciones y culpó a los seguidores de Mubarak de estar detrás de los hechos ya que lo ocurrido en el estado de fútbol es
“un plan explícito para crear discordia, que tiene como objetivo conducir a Egipto a una concatenación de crisis y no está aislado de ninguna manera de la escena general de los días anteriores” (
ABC).
De hecho
El País sostiene que la tragedia deportiva ha dado lugar a una crisis política ya que los Hermanos Musulmanes sospechan que hay “una mano invisible” detrás de los hechos que estaría relacionada con la policía, deseosa de castigar a los segadores de Al Ahly puesto que tuvieron mucho protagonismo en la caída de Mubarak. Esta idea no sólo la defienden los partidos islamistas sino también los de corte liberal.
James Dorsey hace una reflexión muy interesante sobre fútbol y revolución para explicarnos que los seguidores de los equipos de fútbol fueron actores esenciales en el final de Mubarak, añadiendo que “la policía es vista con resentimiento por la población, que la considera el brazo ejecutor de la política represiva de Mubarak”.
La prensa latinoamericana ha reflejado este triste acontecimiento, más si cabe teniendo en cuenta que países como Argentina, Guatemala o Perú sufrieron tragedias similares en el pasado.
Clarín, por ejemplo, a través de testimonios de futbolistas, se centra la idea de la falta de acción por parte de la policía.
Página 12 habla de “barras bravas de la revuelta” y
La Nación se detiene en el testimonio de Óscar Elizondo, argentino que sobrevivió a los hechos y que cuenta lo siguiente:
”fue una locura. El partido ya venía caliente de la semana, hay mucho odio por temas políticos. Y la policía no hizo nada”.