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ELENA VALERO NARVÁEZ

Donald Trump y la libertad
La historia es el relato del progreso de la libertad humana. (Lord Acton)
Actualizado 11 febrero 2017  
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Elena Valero Narváez   
La historia moderna comienza en El Renacimiento y con la Reforma, cuando se aborda al hombre como centro del universo y despunta la tolerancia de las religiones y a reconocerse los derechos individuales, al tratar de limitar al poder absoluto. Es en forma gradual que en el mundo occidental se empieza a advertir los beneficios de la libertad.
Inglaterra fue quién emprendió el gran cambio, en el siglo XVII, que pasaría y se perfeccionaría en América, con el ensayo de un sistema donde se institucionalizaría la opinión pública y una justicia independiente. Desde allí, el mundo comienza a comprender que  los principios de libertad ofrecían mejores y mayores perspectivas de desarrollo económico y los liberaba del asalto a sus propiedades, tanto de la Iglesia como del Estado.

EEUU, desde sus comienzos, es un país de ensayo, porque su sistema político-económico permitió la espontaneidad que fomenta la creatividad social. Han exportado al mundo no solo las ideas y la constitución liberal, sino también ciencia y tecnología que han mejorado de forma indecible la calidad de vida humana.

Hoy el actual presidente. Donald Trump, pretende actuar con pragmatismo, más que con respeto por los principios que han convertido a ése país en el centro más importante del mundo.

Trump ha pedido a los americanos que no se preocupen pues él ha llegado para arreglar las cosas. Pretende actuar como un empresario, ya que viene de una larga experiencia en la dirección de empresas. Se olvida que la sociedad no es una empresa, que es un fenómeno espontáneo y que el pragmatismo no sirve para gobernar una nación.

Los problemas de EEUU y también de Europa han surgido por alejarse de los principios liberales. Según ellos el estado debe abstenerse de planificar la sociedad y la actividad económica salvo en casos excepcionales como es, por ejemplo, una guerra. La planificación debe ser del mercado no del gobierno.

El presidente, en su afán por “arreglarlo todo”, pretende dar empleo  tratando de que la producción de bienes sea realizada por americanos. Obliga que vuelvan las empresas a invertir en su país, pero no lo hace por medidas que las atraigan sino casi por la fuerza, mediante premios y castigos y apuntando con bala gruesa a los tratados de libre comercio, los cuales, espontáneamente surgieron para mejorar la economía de los países que participan en ellos.
Está trabando la libre competencia y el acceso al mercado de consumidores y productores. Quiere introducir rigideces que lastiman al libre mercado basado en la competencia, en un mundo globalizado, donde un avión depende de más de 24 países para llegar al mercado.

Los intentos de dirigir la economía para que se compre más productos americanos  no pueden funcionar bien y si lo hace será por muy corto plazo.

Las empresas norteamericanas no debieran gozar de privilegio alguno y tendrían que competir con las demás empresas del mundo para que los precios de los bienes sean competitivos y la gente pueda comprar mejores productos y a menor precio.

El presidente está haciendo depender a la economía de promesas o intereses electorales.

Es peligroso estar mitad con Dios y mitad con el Diablo. La política está ligada a la economía, si las medidas económicas son intervencionistas el gobierno tenderá, irremediablemente, a obligar a actuar a las personas del modo que lo necesite para que no fracase el plan económico. Y de esta forma comenzarán a perderse grados de libertad, como nos ha pasado, tantas veces, en Argentina. Existen leyes económicas y éstas no pueden estar subordinadas al voluntarismo de un gobierno.

En cuanto a la política exterior, el problema principal que ocupará al gobierno de EEUU es la lucha contra el terrorismo internacional. Es la guerra del siglo actual; el mundo entero está comprometido ya que todos los países pueden ser victimas de atentados.

Trump ha prometido involucrarse con esmero pero, con la condición, de que los demás países paguen más por la ayuda norteamericana. No es mala idea exigir que no dejen -como en muchas ocasiones ha sucedido- solo a EEUU o con la mayor responsabilidad. Pero la colaboración debiera estar acompañada por un dialogo tolerante, el cual no tiene por ello que ser menos firme. No se puede entablar una conversación de cooperación con bravuconadas porque la relación se envicia desde el principio.

Es racional, por otra parte, que haya nuevamente un acercamiento a Israel, país que debiera ser apoyado por todo el mundo occidental ya que además de colaborar, es un atalaya de valores occidentales en una zona donde ni la vida se respeta. La amenaza en Medio Oriente no es una guerra total, son los valores occidentales.

El nuevo presidente norteamericano recién comienza su gestión de gobierno. Hemos visto como su decisión de poner trabas a la inmigración fue resistida por las instituciones que no le permiten al presidente hacer lo que quiera.

De todos modos si los americanos  han votado a un “caudillo”  es porque la mayoría de los americanos creen  que Trump puede resolver los problemas mejor que ellos mismos.

Me pregunto si no ha cambiado el espíritu norteamericano que hizo grande al país, ése que defendía los derechos no solo a la vida, sino a la propiedad, a la libertad y a la búsqueda del propio destino.

El pueblo norteamericano debe recordar que toda actitud del gobierno tendiente a reglamentar o dirigir la vida, especialmente en el ámbito económico, impide la realización de los intereses individuales. Sus antepasados  enseñaron al mundo -el cual  aún no lo ha aprendido en profundidad-  la necesidad irrenunciable de sustituir el capricho de la voluntad de un gobernante por el libre ejercicio de las actividades económicas y  una amplia libertad civil. Progresar, es solo cuestión de imitarlos!
 
Elena Valero Narváez
(Periodista, historiadora y analista política)
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