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Viernes, 03 de julio de 2015 |
  Año 12 / Número 4.170                Editor: Pablo Izquierdo Juárez
  
Carlos Alberto Montaner
¿Cuándo comenzó el siglo XXI?
En noviembre de 1815 las casas reales europeas, reunidas en Viena, escribieron el acta de defunción de la revolución francesa y construyeron un sistema de convivencia internacional que duró cien años. Ahí, en el Congreso de Viena, entre bailes, cacerías y unos cuantos adulterios, se forjaron las líneas maestras del siglo XIX.
Actualizado 1 agosto 2007  
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Carlos Alberto Montaner   
 Estalinismo y figura hasta la sepultura
 Honrado en la casa propia y bribón en la ajena
 Apóstatas, bestias salvajes y gorditas horrorosas
 Capitalismo bueno y capitalismo malo
Esa divertida fiesta llegó a su fin el 28 de junio de 1914 con dos disparos que mataron a veinte millones de personas. Esto ocurrió cuando el estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. A partir de ese momento se armó la de Dios es Cristo, desatándose a las pocas semanas la Primera Guerra Mundial y la consecuente demolición de tres imperios: el ruso, el pangermánico y el turco, mientras ingleses y franceses comenzaron su inexorable declive. Hay cierto consenso entre los historiadores en que el siglo XX se inició aquel verano de 1914. En ese punto empezaron a gestarse la revolución bolchevique en Rusia, el encumbramiento del nazi-fascismo, la Segunda Guerra Mundial y la posterior guerra fría. En 1989, con Gorbachov como sepulturero, el siglo XX fue felizmente enterrado bajo los escombros del Muro de Berlín.

¿Cuándo y dónde nació el XXI? Una buena hipótesis es la del analista argentino Esteban Lijalad. Comenzó en Buenos Aires el 18 de julio de 1994 el día en que una bomba descomunal mató a 85 personas e hirió a otras 300. El poderoso artefacto, oculto dentro de una camioneta, fue colocado en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), una organización benéfica dedicada a la asistencia social de personas de todos los credos religiosos. Según las investigaciones oficiales, el autor del atentado fue un terrorista suicida musulmán llamado Ibrahim Hussein Berro, de 29 años; la milicia chiita de Hezbolá fue quien organizó la operación criminal, y el gobierno teocrático de Irán la financió y proporcionó los medios materiales.

El brutal acontecimiento poseía, encapsulados, todos los ingredientes de lo que luego experimentaríamos a escala planetaria. En primer término, el uso de terroristas suicidas que actúan contra objetivos civiles en los que las víctimas son siempre personas desprevenidas e inocentes. En segundo lugar, la utilización del antisemitismo y del odio a Israel como pretextos para atacar a cualquier país, persona o institución que arbitrariamente fueran calificados como opuestos a los pretendidos designios de Alá. Tiempo después, esas bandas de criminales, o de la misma familia, auspiciados unas veces por Teherán, Damasco o por los talibanes de Kabul, golpearían en Kenya, New York, Washington, Beirut, Tel Aviv, Madrid o Londres.

Mala cosa. Ya es bastante grave y nauseabundo que el islamismo fanático pretenda perfeccionar la obra de Hitler aniquilando a los judíos y destruyendo al Estado de Israel, pero el objetivo final es aún más delirante, loco, peligroso y abarcador: poner fin a la civilización occidental y al muy débil islamismo moderado, implantando sobre la tierra el reino de un Mahoma vengador e inflexible que lo mismo condena a muerte a escritores incómodos que vuela en pedazos un autobús repleto de niños. Es la yihad en su versión más letal: la guerra santa universal en nombre del Profeta, desencadenada por el sector más radical del islamismo, ése que no tardará en poseer armas nucleares y ya manifiesta su disposición a usarlas contra todo vestigio de racionalidad, laicismo y modernidad.

Pero hay más: el atentado a la AMIA también sirve para calibrar la pobre respuesta de las sociedades libres ante este nuevo peligro. En el mejor de los casos, la investigación llevada a cabo por las autoridades nacionales fue pobre y negligente. En el peor, hubo corrupción y soborno de funcionarios para que no se llegara claramente al fondo del asunto. No existió una verdadera respuesta solidaria internacional para respaldar a los argentinos. No se entendió que la masacre de la AMIA era una batalla local dentro de una verdadera guerra internacional. Ni siquiera los países integrados en MERCOSUR presentaron un frente enérgico ante Teherán y coordinaron sus estrategias de defensa. Todos actuaron como si estuvieran ante una anécdota aislada escasamente importante. Incluso hoy, trece años después, casi nadie ha advertido que aquel fatídico 18 de julio acaso comenzó el siglo XXI.
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