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Miércoles, 16 de abril de 2014 |
Vivir para la Política ¿o de la Política?
En su ensayo LA POLÍTICA COMO VOCACIÓN, Max Weber anticipa los grandes problemas prácticos y éticos que tiene la afiliación partidista
Actualizado 4 marzo 2013 - 0:0  
Carlos Goedder   


 
Max Weber (1864-1920) fue una figura clave en el pensamiento sociológico y la economía política. Su conferencia de 1919 sobre “La Política como Vocación” es un texto fundamental para entender los problemas que presenta el ejercicio del poder político.

La obra está disponible en una edición Kindle (La Política como Vocación,
www.LibrosParaKindle.com, 2011) y en una edición más completa, con ensayo introductorio de Raymond Aron, en formato impreso (El Político y el Científico, Alianza Editorial, 2012). Acá empleo ambas ediciones. Siguiendo a Aron: “Max Weber fue un hombre de ciencia y no hombre político ni hombre de Estado, aunque sí, ocasionalmente, periodista político. Estuvo, sin embargo, apasionadamente preocupado por la cosa pública durante toda su vida y no dejó nunca de experimentar una especia de nostalgia de la política, como si la finalidad última de su pensamiento hubiera debido ser la participación en la acción.”
La diferencia entre vivir de la política o para la política es uno de los múltiples asuntos abordados en el texto. Según Weber la diferencia “se sitúa, pues, en un nivel mucho más grosero, en el nivel económico. Vive ‘de’ la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive ‘para’ la política quien no se halla en este caso.” En ese razonamiento, quien desee consagrarse a la política únicamente para darle significado a su vida y servicio a la comunidad es quien está libre de necesidades económicas y vive exclusivamente de sus rentas. Esto significaría un “reclutamiento plutocrático” para la política y entre ciertas profesiones compatibles con ese deseo, siendo que Weber encuentra la de abogado como especialmente proclive a la política, por requerir menos dedicación exclusiva que la de médico o empresario, además de por su dominio sobre la palabra escrita. Ya en tiempos de Weberera raro quien pidiese la plutocracia y el propio Weber señala que jamás la holgura económica del político garantiza que viva sólo para la política y no de la política. En tal sentido, aparece una de las frases más crudas del ensayo: “Queremos decir únicamente que el reclutamiento no plutocrático del personal político, tanto de los jefes como de los seguidores, se apoya por el supuesto evidente de que la empresa política proporcionará a este personal ingresos regulares y seguros.” El partido político funciona, y de hecho operó en los ejemplos decimonónicos que coloca Weber, como una empresa “fuertemente capitalista, rígidamente organizada de arriba abajo”, donde los votos dan acceso al botín que son los cargos políticos, desde los cuales se vive de la política. Se acaba “tratando al Estado y los cargos estatales como si fueran simplemente instituciones para el reparto de prebendas.” Weber ya anticipa el concepto de “mercado electoral” en tal sentido.
La “máquina” electoral es el término anglosajón para hablar de estos políticos “profesionales” y “empresarios” de la política, organizados en un partido, quienes operan en ese mercado electoral y se apoderan de todas las esferas de actuación política, incluyendo gobierno y parlamentos – Weber deja sin mencionar su imposición sobre los tribunales, algo peligrosísimo-. Dice de estas maquinarias que “son hijas de la democracia, del derecho de las masas al sufragio, de la necesidad de hacer propaganda y organizaciones de masas y de la evolución hacia una dirección más unificada y una disciplina más rígida.”
Esta amenaza se contendría, según Weber, con la profesionalización de los cargos públicos. El burócrata requiere de conocimientos técnicos e integra un gremio profesional especializado, manteniéndose ajeno a la visión de corto plazo y los vaivenes partidistas. Hay un “funcionario profesional vitalicio”, una burocracia “que se va convirtiendo en un conjunto de trabajadores intelectuales altamente especializados mediante una larga preparación y con un honor estamental muy desarrollado, cuyo valor supremo es la integridad.” Weber enfatiza: “Sin este funcionariado se cernería sobre nosotros el riesgo de una terrible corrupción y una incompetencia generalizada, e incluso se verían amenazadas las realizaciones técnicas del aparato estatal…” Este equipo, no obstante, estaría ajeno a hacer política, es un equipo técnico, siendo que el mismo Weber señala: “el auténtico funcionario no debe hacer política, sino limitarse a ‘administrar’.” Su papel viene a ser el equivalente a una gerencia media en las empresas privadas, siendo que el interlocutor entre este equipo profesional y el poder político es la figura del ministro, quien concilia las metas partidistas con el criterio técnico. El problema con este funcionario es que carece de responsabilidad ética en lo político, simplemente cumple órdenes y es un individuo en cierta forma gris, quien actúa sin la pasión partidista. Esto ya anticipa un gran problema que señaló Hannah Arendt (1906-1975) al estudiar el caso de un burócrata nazi sometido a juicio en Israel, Adolf Eichmann, quien precisamente se exculpaba bajo ese argumento de “cumplir órdenes”. ¿Qué hace un funcionario cuando debe trabajar como un técnico competente bajo un régimen corrompido? Arendt no le exime de pensar y le dirá que en semejante conflicto debe retirarse de su cargo, lo cual aplica de manera contemporánea al empleado público bajo el chavismo venezolano, por ejemplo.
El tema es que si este burócrata se retira por su objeción de conciencia, corre el riesgo de quedarse sin trabajo permanentemente, precisamente por su alta especialización en lo público – si se excluye algo más perverso: la persecución partidista-. Este burócrata, indirectamente, también vive de la política. Está con un patrimonio sujeto a la política y en algún grado en situación análoga a personal menos cualificado que también depende de los vaivenes políticos para comer.
Weber ya exponía el estilo de existencia quienes carecen de la formación técnica del burócrata y a falta de otra ocupación optan por lo político:
“Para quien, por su situación patrimonial, está obligado a vivir ‘de’ la política se presenta la alternativa de hacerse periodista o funcionario de un partido, que son los caminos directos típicos, o buscar un puesto apropiado en la administración municipal o en las organizaciones que representen intereses, como son los sindicatos, las cámaras de comercio, las cámaras de agricultores o artesanos, las cámaras de trabajo, las asociaciones de patronos, etc.”
Si en un mundo se cumple este aserto, es en el mundo hispanoamericano. Si en un momento histórico está resultando terrible y descarnada la presencia de “cazadores de rentas” y oportunistas que viven DE la política, es en la España que amanece en 2013. Una lectura de cualquier periódico casi obliga a regurgitar, viendo la corrupción presente en toda esfera del ejercicio político. En sus ex colonias el asunto está presente de manera alarmante, desde la conversión en partido político de un sindicato mexicano dedicado a la noble profesión de maestro o en denuncias de corrupción en un asunto tan técnico como la recolección de basura en Bogotá. Weber ya señalaba los antecedentes hispanoamericanos en su ensayo de 1919:
“Hasta hace pocos años, en España se alternaban los dos grandes partidos, mediante ‘elecciones’ fabricadas por el poder y siguiendo un turno fijo convencionalmente establecido para proveer con cargos a sus respectivos seguidores. En las antiguas colonias españolas, tanto con las ‘elecciones’ como con las llamadas ‘revoluciones’, de lo que se trata siempre es de los pesebres estatales, en lo que los vencedores desean saciarse.”
El ensayo de Weber aborda muchos otros asuntos, si bien la temática anterior expone un gran problema de clientelismo y corrupción propio de la democracia partidista, suficiente para llenar varios artículos.
Weber ya señala lo que él espera como atributo de un buen político. Considera tres características “decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura”. La mesura es el contrapeso a la pasión y permite al buen político “tomar distancia”, evitar que la realidad le sobrepase. Weber destaca el conflicto entre una voluntad ardiente y su autocontrol: “El problema es, precisamente, él cómo puede conseguirse que vayan juntas en las mismas almas la pasión ardiente y la mesurada frialdad.”
El problema ético del político es clave para Weber. Raymond Aron señala que “una teoría de la acción es una teoría del riesgo al mismo tiempo que una teoría de la causalidad.”La acción política supone asumir riesgos, porque es una constante toma de decisiones y conocer las causas tanto históricas como personales que operan en estas escogencias. Aron señala que Weber está atento a la afirmación de los valores mediante la acción. Es allí donde Weber introduce la distinción entre “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad” para el político.
La “ética de la convicción” de algún modo está asociada al atributo de la pasión. El político que opera con este imperativo ético simplemente cree en su causa y está dispuesta a llevarla hasta el final en su consecución, por creerla justa. Weber señala que “quien opera conforme a una ética de la convicción no soporta la irracionalidad ética del mundo. Es un ‘racionalista’ cósmico-ético.” En suma, operando bajo la convicción, buscando la independencia, la igualdad, el derrocamiento de un dictador o la simple “revolución”, el político simplemente opera con el poder en mente y es intolerante a visiones alternativas de la vida. Este fanatismo tiene riesgos considerables y una prueba es la actual “revolución” en curso dentro de Venezuela. Weber afirma: “cuando las consecuencias de una acción realizadas conforme a una ética de la convicción son malas, quien la ejecutó no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres o la voluntad de Dios que los hizo así. Quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio”. Entra aquí el don de mesura como dominante y quien practica en política una “ética de la responsabilidad” valora las consecuencias sobre el bienestar social de sus decisiones, por más laudables que sean sus banderas políticas. La “ética de la responsabilidad”, claramente preferida por Weber, supone pragmatismo, humildad y sin duda marca la diferencia entre el político y el diletante partidista.
El gran problema ético en lo político es que, según Weber, “el medio decisivo de la política es la violencia.” Es en este ensayo donde Weber afirma que el Estado “reclama con éxito para sí el monopolio de la violencia física legítima.” Esta convivencia con lo violento hace que para Weber la política sea una actividad ajena a la ética religiosa. Lega en su ensayo ese amargo contenido, ya intuido por Maquiavelo, quien elogiaba a los políticos por renunciar a la salvación de su alma por conseguir el bien de la patria. Weber afirma: “También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no  es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando”. El pensador afirma tajantemente: “Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no la busque por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy otras, sólo pueden ser cumplidas mediante la fuerza.”
Esta visión sombría jamás significa que quien hace política sea vil. Por el contrario, es responsable, es maduro, se mantiene sereno sin perder la fantasía. Para Weber, es un “héroe”. Por esto, quien pretende ser político y alberga tal vocación, quien vive PARA la política en lugar de vivir solamente DE ella, es un personaje trágico. Su temple es descrito así por Weber: “Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ‘sin embargo’; sólo un hombre de esta forma construido tiene ‘vocación para la política’.”
Este ensayo es lectura indispensable para todo aquel que piense el problema político, incluyendo al ciudadano. Weber señala que “políticos ‘ocasionales’ lo somos todos.”
Sorprende que quienes consideran este ensayo poderoso a veces se limiten a una sola de sus ideas, que es identificar el origen del liderazgo político en el carisma, la tradición o la legitimidad. Esta es solo una de sus vertientes y quizás la menos atractiva para discutir la política en toda su amplitud.

carlosurgente@yahoo.es

Madrid, Marzo de 2013