|
Imagino que fruto exclusivo del azar, el diario EL PAÍS reunió en la edición del domingo día 23 de abril y en su principal página de opinión los artículos de dos personajes importantes, si bien con especialidades y rasgos bien distintos, aunque ambos quisieron hacer ese día de la actualidad política más próxima a sus afectos el objeto de atención de las respectivas colaboraciones.
El genial escritor peruano, Mario Vargas Llosa, se decantó en la "Piedra de toque" por la situación política del Perú, tras la celebración reciente de unos comicios presidenciales que han destacado al comandante Ollanta Humala en la primera vuelta. Escribe Vargas Llosa que "la victoria de Ollanta Humala sería una catástrofe para el Perú y para América Latina, una regresión brutal hacia las peores plagas de nuestro pasado: el caudillismo, el militarismo, el populismo y el autoritarismo".
Es precisamente esta señal de alarma, la intensa preocupación por el desafío ante el futuro del Perú, lo que le lleva a Vargas Llosa a lanzar una idea posibilista. Propone Vargas, "para que (Perú) no se hunda en una ciénaga", la alianza de gobierno entre las fuerzas políticas encabezadas por el socialdemócrata Alan García y la democristiana Lourdes Flores, con independencia de cuáles sean sus resultados parciales definitivos, para reunir con la eficacia precisa, en la segunda vuelta de las elecciones, todas las fuerzas dispersas, todos los esfuerzos aislados, que eviten la amenaza fatal que se cierne sobre la democracia peruana, cercada además en el exterior, no lo olvidemos, por las experiencias nefastas de Hugo Chavez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia.
No es sospechoso Vargas LLosa de favorecer las componendas políticas, ni de faltar jamás al compromiso público con su primer pueblo, ni de cejar en el amor inmenso a la libertad. Su mensaje ("lo digo sin la menor alegría") no debería caer en saco roto, porque está cargado de racionalidad y sentido común.
El ex presidente del Gobierno, Felipe González, reflexiona sobre "Vivir en paz". Aunque pareciera propicio en estas fechas escribir de las posibilidades reales de terminar definitivamente con el terrorismo, de reafirmar la esperanza democrática en derrotarlo por completo, de acentuar el recuerdo más vivo de las víctimas como una parte inseparable de la dignidad y la memoria colectiva en la lucha contra la violencia, González de lo que de verdad quiere hablar es de Rubalcaba. No pasa de ese pobre listón el objetivo de sus palabras. "Sólo queda el consuelo de prensar que si Rubalcaba no gusta ni a al Sr. Acebes ni al Sr. Eguíbar, es bastante probable que el nombramiento haya sido un acierto". Siguiendo esta sólida argumentación, puede suceder que una defensa tan apasionada y gratuita del nuevo ministro del Interior sea más que sospechosa, viniendo de donde y de quien viene y con los antecedentes de su relación que los españoles conservamos frescos en la retina. |