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Cavaco Silva era primer ministro cuando Portugal se integró, en 1996, en la Comunidad Económica Europea (convertida después en Unión Europea) y se benefició de los fondos comunitarios que contribuyeron a la sensible mejora de las condiciones de vida del país.
Pese a que el presidente de la República tiene poderes ejecutivos limitados, Cavaco Silva aseguró a lo largo de la campaña que de esta elección dependerá ``el futuro del país para cinco, diez o quince años´´ y prometió a los electores ``hacer de sus sueños una realidad´´.
Los portugueses confían que este austero profesor pueda sacar al país de la crisis en la que se encuentra sumido.
El que fuera primer ministro centrista durante diez años y derrotado en su anterior intento, en 1996, por Jorge Sampaio, a quien ahora sucederá, cosechó un 50,8 por ciento de los votos emitidos válidos.
En segundo lugar, el diputado y poeta socialista Manuel Alegre, repudiado por su partido, quedó ligeramente por encima del 20 por ciento del sufragio.
Por detrás de Alegre, el ex presidente Mario Soares, que aspiraba a un tercer mandato con respaldo del Partido Socialista, del que es líder histórico, se quedó por debajo del 14 por ciento.
Fue precisamente Soares, a las 21.35 GMT, el primero en reconocer a Cavaco Silva como presidente electo, en felicitarle y desearle todo el éxito en su magistratura.
A considerable distancia quedaron los otros tres candidatos situados a la izquierda: el comunista Jerónimo de Sousa, el radical Francisco Lousá y el abogado Antonio García Pereira, candidato de la extrema izquierda.
Cavaco hereda un legado negativo
Con poco más de 10,5 millones de habitantes y 91.947 kilómetros cuadrados de superficie, Portugal hace frente a una crisis que data de 2000 y ha visto cómo en 2005 la tasa de desempleo subía hasta el 7,7 por ciento, nivel desconocido hasta ahora.
La pérdida de empleo ha hecho sonar las alarmas al comprobarse que zonas emblemáticas como Lisboa, auténtico motor económico luso, ya registra un 9 por ciento de paro.
Pero el mayor problema son las cuentes públicas; el Banco de Portugal difundió la pasada primavera un informe que cifraba el déficit público en el 6,83 por ciento del producto interior bruto (PIB), el peor de la zona euro.
Pocos previeron la gravedad de la actual crisis en 1999, cuando Portugal fue uno de los once países que participaron en la Unión Monetaria, espejismo que hizo creer a muchos que alcanzarían un nivel de bienestar idéntico al de los grandes países europeos.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) anunció en uno de sus últimos informes que la balanza comercial aumentó su saldo negativo de 13.464 millones de euros en 2004 a 15.130 millones en 2005.
La caída de ventas de productos de Portugal en el exterior coincide con la alarmante falta de competitividad de sus trabajadores, los menos productivos entre los primeros 15 miembros de la Unión Europea. En 2004 Portugal tenía un PIB de 135.079 millones de euros y una renta por habitante de 12.854 euros (el 73 por ciento de la media europea).
Un reciente estudio del BBVA Portugal señaló que el crecimiento potencial del país se ralentizó desde el inicio de esta década por la caída de la productividad y al aumento de los costes laborales.
Políticos y economistas coinciden en que Portugal no es ya destino de multinacionales en busca de bajos costes salariales, ya que las empresas encuentran mano de obra mucho más barata en China, India, el norte de Africa o los nuevos socios del Este de Europa.
La consecuencia es un país que, según las estadísticas, registra índices de desigualdad entre los peores de Europa -tendencia agudizada desde 2001-, y tiene un 15 por ciento de pobres, porcentaje que se eleva al 15,6 entre los jóvenes. Dos millones de portugueses viven con ingresos inferiores a la mitad del salario medio; es decir, con menos de 350 euros mensuales. |