Que esto sea un modelo que sigan todos, o siquiera la mayor parte de los europeos es una afirmación absurda. Esencialmente es franco-alemán. Esta no es la primera vez, no obstante, que unos intereses, ideas o afirmaciones francesas se hacen menos provocativos camuflándolas como completamente europeas. El "modelo" se origina en el socialismo ortodoxo francés, en su versión Gaullista, en la social democracia alemana y en el sindicalismo comercial, y en una tradición socialista cristiana que, aunque más fuerte en Alemania, también está viva en Francia. Ideológicamente es ecléctico y confuso de alguna manera, tal y como sería de esperar en una opinión de orígenes diversos.
Tiene dos características muy básicas y constantes, siendo las restantes relativamente nuevas. La característica antigua es la fe en que la distribución de los ingresos nacionales es misión del gobierno, así como su prerrogativa natural, y señala que sea lo que sea lo que ocurra, el gobierno tiene que utilizar sus poderes para hacer cada vez más en favor de los grupos con menores ingresos. Es muy importante, no obstante, que tal redistribución repetida adopte la forma de beneficios "sociales" en natura, en lugar de simples transferencias de dinero.
La principal ambición del "modelo" es desarrollar un sistema de garantía "social" siempre en ampliación, contra la enfermedad, el paro y las edades avanzadas, así como vacaciones pagadas cada vez más largas y horarios laborales "legales" cada vez más reducidos. Se supone que esto es un tipo de tarea gubernamental más apropiada que ayudar a los sindicatos a presionar en busca de mayores sueldos. En un espíritu profundamente paternalista de sus diversos autores, también se supone que es más valioso para la clase trabajadora que darles el mismo dinero en efectivo en lugar de en género. Aquí es donde se encuentra el defecto más fatal del "modelo".
El precio de toda esta garantía "social", a excepción de una parte reducida financiada por los impuestos generales, se recauda a partir de las declaraciones fiscales. Hay parte de las contribuciones de patronos y parte de contribuciones de empleados; pero esto solamente es una ficción contable, dado que en realidad ambas contribuciones vienen del grueso de lo que paga el patrono pero que el trabajador no se lleva casa. En Alemania y Francia, si 100 es la paga en bruto, el 50 al 55% de media va a contribuciones sociales y un 45 a 50% es paga que el trabajador se lleva casa pre-impuestos. Los dos juntos, sin embargo, no valen los 100 del trabajador, sino que siempre es un poco menos, quizá un 80 o 90%, dado que el dinero puede comprar todo (incluso el seguro), pero el seguro no. Existe un vacío permanente entre el valor subjetivo de lo que se recibe para el trabajador y lo que le cuesta al patrono dárselo.
El montante de este vacío - el exceso del precio del trabajo para el patrono por encima del valor de la paga que recibe el trabajador - es lo que el mercado laboral no puede despejar. No importa lo desesperadamente que los gobiernos intenten generar empleo mediante esquemas laborales vistosos. El paro se hace crónico. En los 30 años posteriores a que el "modelo social" se haya convertido en una "obligación" política, el paro ha crecido desigualmente desde una media del 4% hasta más del 10% en Francia y por encima del 12% en Alemania.
Como era de esperar, estas economías enfermas son incapaces de crecer al mismo ritmo que sus vecinos España, Gran Bretaña, Holanda o los países escandinavos, por no mencionar a los miembros de la Europa central y del este de la Unión que se benefician del fenómeno de ingreso. Francia tiene suerte de estar creciendo a sólo el 2% actualmente, y Alemania a la mitad del ritmo. Ninguno de los gobiernos de los países parece estar dispuesto a decir a la opinión pública la verdad desnuda (como hizo Margaret Thatcher con los británicos en 1979), que sin desmantelar gran parte del "modelo", las cosas no van a mejorar. Los líderes políticos de Francia, en particular, harán de todo para apaciguar cualquier interés sectorial que les meta miedo. Hoy es un secreto a voces que tanto Alemania como Francia están en declive. Son en gran medida Los dos enfermos de Europa.
Así aparece la segunda característica, y más novel, de su tan cacareado "modelo". Cualquier sociedad que esté fracasando y vea su propio declive, necesita asegurarse a marchas forzadas. Igual que las sociedades árabes que han fracasado tan destacadamente y que ahora juran los valores islámicos al tiempo que denigran y odian a la civilización occidental según cuyos estándares han fracasado, Alemania y Francia comienzan a hablar de un sistema de valores distintos y muestran una antipatía violenta hacia la civilización anglosajona liberal que les deja atrás. El "Liberalismo" (en el sentido clásico en que se usa fuera de Estados Unidos) es ahora una palabra proscrita, casi una obscenidad en Francia, y no está mucho mejor considerado en Alemania. Cuanto más sienten Alemania y Francia que el liberalismo funciona mientras que ellos no, más se convencen de que "el modelo europeo" es muy superior.
Los que se oponen a la nueva "constitución europea", se oponen porque fracasa a la hora de poner orden, por ley, a una Europa "realmente social". Les gustaría imponer leyes laborales más estrictas y provisiones de pensiones más generosas por toda la Unión para proteger al núcleo franco-alemán del "desmantelamiento social".
Los amargos empresarios políticos en los dos Países Enfermos están igualmente ávidos por preservar el "modelo social europeo" de la amenaza liberal imaginaria en gran medida, poco dados en apariencia a examinar el fracaso total del "modelo" a la hora de producir las bendiciones que se supone que trae. El observador independiente tiene que frotarse los ojos para creer lo que ve. Los mendicantes medievales que usaban prendas de lana sabían lo que hacían; daban la entrada de un lugar en el Cielo y la tortura valía la pena. Pero la prenda del "modelo social europeo" tortura a las sociedades que son lo bastante inocentes como para caer en él, sin que la tortura pueda valerles de nada más que de falso orgullo. Es el caso del socio-masoquismo, donde, sin embargo, el masoca ni siquiera obtiene el perverso disfrute del dolor que se inflinge a sí mismo.
Lo que es peor, el dolor perjudica por encima de todo a la clase trabajadora, cuyo modelo pretende promover. Las economías casi estancadas con paro crónico en la horquilla del 10% no sólo desmoralizan a los propios parados. También minan el poder de los que tienen aún empleo, y que escalan desesperadamente en sus puestos de trabajo. En la industria privada, la gestión tiene ahora la última palabra, y en algunos casos puede hasta imponer horarios más largos, cambiar los métodos de trabajo o congelar los salarios, lo que habría sido impensable cuando el paro se encontraba solamente al 5 ó 6%.
Solamente en el sector público el obrero puede aún hacer demandas y utilizar el arma de la huelga. En Alemania, cuya adhesión a los sindicatos ronda el 22% de la mano de obra con trabajo, los sindicatos tienen aún cierta influencia en el sector privado. En Francia, con una afiliación a los sindicatos del 7-8%, casi por entero pública, la única presencia sindical en el sector privado es el funcionario pagado por el sindicato, mantenido allí por obra y gracia del código laboral y el generoso apoyo gubernamental. Que los sindicatos en Francia ya no pidan mayores salarios en el sector privado recurriendo a la gestión es difícil de creer, pero cierto. Acuden en su lugar al gobierno, pidiéndole que obligue a "los grandes negocios" a incrementar los salarios.
Ambos gobiernos intentan complacer al trabajador con medidas "de protección laboral" de complejidad bizantina. Hacen que el despido sea muy difícil y caro, haciendo la contratación de nuevos empleados incluso arriesgada. La consecuencia lógica es que la creación neta de empleo se ha detenido por completo. Sin "protección laboral", sería de esperar que se obtuvieran cerca de 300.000 nuevos empleos cada año en Alemania y 200.000 en Francia. Perder en esto es como una arruga extra en la prenda de tortura. El socio-masoquismo se hace más intenso. Sin embargo, alisar la arruga desmantelando los aspectos más absurdos de la "protección laboral", sería rendirse a la "falta de escrúpulos liberal".
El socio-masoquismo es más complicado que el masoquismo común. Una sociedad socio-masoca rehúsa admitir que está siendo torturada, y no logra ver que el dolor es parte de su propia obra. En lugar de reconocer su propia locura, se convence a sí misma de que si se quita la prenda de tortura, sentiría el frío de su torso desnudo. Puede que quizá podamos esperar que una vez que el aire esté libre de debates dementes acerca de una nueva "constitución" no menos demencial, se pueda recordar a Alemania y Francia que una prenda de tortura no es el único tipo de ropa que uno puede ponerse.
* Anthony de Jasay es un economista anglo-húngaro residente en Francia. Es autor de El estado (Oxford, 1985), Social Contract, Free Ride (Oxford 1989) y Contra la política (Londres, 1997). Su último libro, Justicia y sus aledaños, fue publicado por Liberty Fund en el verano del 2002.