Tan reverenciado por el presidente Jacques Chirac y la mayor parte de la clase política de Francia, el sistema de seguridad social francés es considerado por muchos un modelo de preservación de la cohesión social europea. Pero entre sus numerosos fallos, hay uno del que raramente se habla: la trampa de la pobreza.
La gente atrapada en esta trampa son los que reciben el RMI (Revenu minimum d´insertion). El RMI se da a la gente que no tiene empleo, pero no es el paro. Se supone que el RMI ayuda a "insertar" a sus beneficiarios en el mundo laboral. El problema es que si obtienen empleo, es probable que pierdan dinero.
Por ejemplo, considérese una madre de dos hijos. Si recibe ayuda social con el RMI y otras subvenciones y pagas familiares, recibe cerca de 950 € al mes. Si fuera a trabajar con el sueldo mínimo, recibiría 900 €; la mayor parte de la ayuda del gobierno sería reducida, pero aún recibiría más de 500 €, con un total de 1400 €. Pero reduciendo los costes de la seguridad, el transporte, la comida y el cuidado diario de sus dos hijos, sus ingresos mensuales volverían rápidamente por debajo de los 900 €. Esto es menos de lo que recibía. No hay beneficio así que, ¿por qué molestarse en encontrar un empleo?
Otro ejemplo es incluso peor. Digamos que un hombre recibe 650 € al mes de la seguridad social. A continuación, trabaja y recibe 700 € de sueldo y 175 € de la ayuda social, pero después de deducir el seguro, el transporte y la comida, sólo ha ganado 510 € al mes. Perdió 105 € al mes por tener empleo. Esa es la trampa de la pobreza. No hay duda de por qué hay 1,2 millones de personas recibiendo el RMI en comparación con los solamente 370.000 de 1989, cuando se inició el programa. El trabajo no renta.
La vida trae a menudo sorpresas desafortunadas, y en ocasiones la gente necesita ayuda para mantenerse en pie; la ayuda social entonces puede justificarse solamente si es un incentivo. Pero, en el sistema francés, bajo la pretensión de ayudar a alguien en problemas, no vuelve a la carretera, sino que en su lugar se queda en la cuneta.
Para empeorar las cosas, nadie sabe con certeza cuánta gente se encuentra en esta situación. Algunos dicen que la cifra es de medio millón, pero el gobierno carece de cifras. Los institutos oficiales de estadística como el Insee nunca alcanzan esas cifras. De hecho, son demasiado molestas para el estamento francés, porque ilustran el fracaso del sistema de seguridad social francés.
El modelo social francés genera paro. Está pensado para que la mayoría de la gente que recibe atención del RMI pierda dinero si encuentra un empleo mal pagado. Como resultado, se estima que alrededor de 1,2 millones de empleos para personas no cualificadas están vacantes. Para hacerse una idea de la escala del desperdicio en juego, hay que darse cuenta que hay 3 millones de parados en Francia. Sí, hay un tanque de empleos como para reducir el paro a la mitad, pero esto no puede hacerse en nombre de la cohesión social.
El modelo social francés genera pobreza. Transforma un sistema que se suponía que iba a ser temporal en uno permanente. Queriendo trabajar, la mayoría de la gente se ve forzada así a comportarse como pobres, dado que ganan más quedándose en casa. El ejemplo es desastroso para los niños que comprenden la situación de los padres y que es probable que reproduzcan su comportamiento -- no porque se vean abocados a la pobreza, sino porque es como crecieron. El sistema destruye a la familia como fuente de prosperidad económica.
El modelo social francés también es anti-libre comercio en última instancia. La seguridad social ha creado lo que se llama "acquis sociaux", es decir, la idea de que todas las cualificaciones que da la seguridad social son tomadas a la ligera y no pueden ser eliminadas sin poner en peligro la cohesión social. En esto están deacuerdo todos los sindicatos y la mayor parte de la clase política, derecha e izquierda por igual.
Esto abre el camino a una mayor intervención estatal en la sociedad francesa, incrementando los gastos del gobierno y generando un entorno económico hostil a la competición. Sería como si alguien pidiera a un discapacitado que compitiese en los 100 metros contra gente sana.
La Unión Europea no necesita tal modelo social arcaico, dado que es un desperdicio de gente y de dinero. El colectivismo es un callejón sin salida que está engañando a Francia; esperemos que Europa no caiga en la trampa de la pobreza.
Sylvain Charat es director de Estudios Políticos de la institución francesa Eurolibnetwork
Fuente: TechCentralStation