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  Año VII / Número 2.406
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James Buchanan
Un tributo personal a Peter Bauer, por el Premio Nobel James Buchanan
"Peter me motivó primero a expresar interés en el cargo, y luego a aceptar la invitación cuando me fue ofrecida. Mientras tanto logró de alguna manera cumplir con la tarea más difícil, la de lograr que la Universidad me invitara—un neófito venido de las remotas tierras de la academia Norteamericana".
Actualizado 2 julio 2005  
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James M. Buchanan   

Considerándolo de manera objetiva, e independientemente de una larga amistad personal, Peter Bauer tuvo una influencia formativa en mi carrera. Casi sin ayuda, orquestó mi primer año en la Universidad de Cambridge en 1961-62. Cerca de 1960, cuando Peter estaba por trasladarse de Cambridge al London School of Economics (LSE), se dio cuenta de que había un espacio abierto para las cátedras de finanzas públicas luego de la partida de Alan Prest; Peter me motivó primero a expresar interés en el cargo, y luego a aceptar la invitación cuando me fue ofrecida. Mientras tanto logró de alguna manera cumplir con la tarea más difícil, la de lograr que la Universidad me invitara—un neófito venido de las remotas tierras de la academia Norteamericana.

Vivir entre las tribus de Cambridge me abrió los ojos al mundo a veces idealizado de las charlas elevadas y del esnobismo de Oxbridge; pero ser invitado por Sir Dennis Robertson a un banquete en Trinity College y ver lo mejor de James Meade y lo peor de Joan Robinson son experiencias que se guardan como tesoros—lo último siendo más sorprendente porque más tarde Peter me contó que fue asistente de Joan por dos años en su época de estudiante.

Durante mis tres estadías en el LSE, todas durante los 1960, Peter y Basil Yamey, su coautor, fueron mis mejores amigos tanto en la sala común como en la escena social fuera de los pasillos académicos. A lo largo de muchas comidas en los establecimientos Bauer, Buchanan o Yamey, resolvimos casi todos los problemas del mundo y sujetamos a nuestros compañeros economistas al criticismo que realmente merecían. Ir de compras por las tiendas de antigüedades londinenses con Peter Bauer, un hombre de gusto impecable, fue para mí la entrada a una cultura a la que sólo podía aspirar, nunca alcanzar. Sin embargo habían ocasiones en las que Peter parecía no encajar en el nicho que quería ocupar, como en el Hurlingham Club, un establecimiento que parecía ser más señorial incluso que la mejor compostura de Bauer.

Peter Bauer fue uno de los primeros conferencistas distinguidos, si no es que el primero, que Warren Nutter y yo invitamos a la Universidad de Virginia luego de que estableciéramos el Centro Thomas Jefferson para Estudios de Política Económica y Filosofía Social; el Centro se haría notorio en la atmósfera cargada de ideología de los primeros años de la Guerra Fría. Luego, en sus viajes frecuentes a Estados Unidos durante los 1970, 80 y 90, Peter se convirtió en un visitante regular en Charlottesville, Blacksburg y Fairfax.

El valor que le daba a las cosas buenas se extendía también a la comida y la bebida. Le dio un elogio supremo a mi esposa Ann, una muy buena cocinera natural, cuando comentó que "la comida es buena en esta casa". Puedo oír su voz en este momento con esas palabras, y varias veces le he sugerido a Ann que escriba un libro de cocina con ese título.

Peter Bauer era, antes que nada, un simple economista que valoraba la honestidad por encima de todo, y no uso la palabra "simple" de forma ligera o provocativa. Para Peter Bauer, la economía era una materia simple, con relativamente pocos principios básicos; lo que se requiere es franca honestidad en la aplicación de esos principios a los problemas con que nos enfrentamos en el mundo real. Esta habilidad y disposición para cortar a través de la compleja jerga de la economía moderna no le sirvió de mucho en los concursos de popularidad disciplinaria. En cierto sentido podría decirse que Peter Bauer fue un seguidor directo de Adam Smith, tanto en su entendimiento de que los incentivos afectan el comportamiento, como en su disposición de extender el postulado de la racionalidad para incluir a los campesinos así como a los comerciantes y, muy importante, a los burócratas. La opción pública como programa investigativo se encarnó, naturalmente, en los análisis de Bauer sobre los esquemas politizados de desarrollo de mediados de siglo. Despreciaba a los charlatanes del templo y aprovechaba toda oportunidad para desenmascararlos. ¿Quién que haya conocido a Peter Bauer no recuerda sus recortes de notas de prensa que reflejaban absurdidades en el discurso económico? Parece que de una u otra forma Peter pensaba que esas absurdidades no ganarían el día, o al menos no estaba dispuesto a resignarse a ese prospecto; pero talvez hay menos honor entre los mercaderes de las ideas del que Peter reconoció. No entendió que muchos de sus colegas en el mundo académico no dan valor a la verdad tal cual. Sin embargo no era ingenuo en su acercamiento a lo que es la verdad y al proceso de descubrimiento; de hecho, fue Peter Bauer quien me sugirió específicamente que leyera a David Stove como un antídoto al Popperismo simplista que dominaba la metodología de los economistas.

Peter Bauer pensaba que tenía una obligación moral de exponer las mentiras que decían sus colegas, y aunque sin duda sentía que sus propias ideas fueron vindicadas por las vueltas de la historia, permanecía pesimista ante los prospectos de un orden liberal viable. Los mentirosos están siempre con nosotros, y ni los eventos de la historia ni el triunfo de las ideas van a retener a aquellos que subvierten la verdad que, en el terreno de la política económica, debe defenderse continuamente. Esta verdad ciertamente ha perdido a un campeón.

 

James M. Buchanan, Premio Nobel de Economía 1986, es Académico Asociado Distinguido del Cato Institute.

 

 

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