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Lunes, 27 de febrero de 2017 |
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ÁLVARO VARGAS LLOSA

El retorno del nativismo
La decisión del Presidente Donald Trump de suspender el otorgamiento de visas a siete países musulmanes, detener provisionalmente la aceptación de refugiados y ordenar una revisión de la normativa relacionada con los flujos migratorios hacia Estados Unidos ha conmocionado al mundo.
Actualizado 10 febrero 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   
 Multiculturalismo

 Esa orden ejecutiva junto con otra en la que se anunciaba la construcción del muro en la frontera con México son un golpe en la mesa del nuevo nativismo estadounidense. Independientemente de la justificación dada por el gobierno de Trump, no hay duda de que esta política atrapa en parte el humor de los tiempos que corren en países desarrollados. Los tiempos del nativismo.

Sería un error grave creer que es un fenómeno excepcional en la política estadounidense, como lo sería desconocer que el nativismo, esa mezcla de nacionalismo y xenofobia, tiene también expresiones políticas y sociales muy influyentes hoy en Europa aun si muchos europeos se muestran escandalizados ante lo que hace la Casa Blanca.

Atención: no sería justo llamar nativismo, que es una construcción ideológica según la cual corresponde preservar a una nación contra la deformación cultural y el declive económico, con posturas que, acertada o equivocadamente, critican ciertos aspectos de la inmigración pero no tienen, por supuesto, el mismo alcance ni la misma entraña. Lo importante es entender, más allá de esa justa distinción, que ha surgido el nativismo con mucha fuerza en el mundo occidental y que va a impactar las políticas públicas, además del panorama electoral, de forma directa o vicaria durante cierto tiempo.

Las decisiones de Trump no se entienden bien sin tener en cuenta el clima social imperante. Lo dice todo el que, a pesar de las monumentales protestas, su popularidad, según algunas encuestas muy recientes, haya subido unos puntos y, en lo que hace específicamente a la suspensión de visas para ciudadanos de Irak, Irán, Siria, Libia, Yemén, Somalia y Sudán, así como el ingreso de refugiados, el apoyo sea mayoritario, si bien no por un margen exorbitante.

Sería muy raro que, en el contexto de la globalización y la explosión de las comunicaciones, América Latina no viva su propia versión del nativismo más temprano que tarde. De hecho, ya hemos visto en ciertos países el surgimiento de voces de protesta contra el “exceso” de inmigrantes o, más puntualmente, la existencia de extranjeros que delinquen. Aunque es evidente que hay extranjeros que cometen delitos, la nuez de esta columna no tiene que ver con eso, sino con el sentimiento que ha despertado en mucha gente la globalización y la inmigración: el miedo al “otro”, el nacionalismo como afirmación agresiva de lo propio, el nativismo como defensa contra un mundo que todo lo transforma y que amenaza la idea tradicional que muchas personas se hacían, y hacen, de su propio entorno y su terruño.

Se repite siempre, como un mantra sagrado, que Estados Unidos es un país de inmigrantes. Lo es. Pero se conoce mucho menos la historia traumática, dolorosísima, de esa inmigración. Si se la conociera mejor, se vería con más claridad que el nativismo de Trump, que ha afirmado que dará preferencia a los cristianos en el programa de refugiados cuando se reanude y alertado contra el riesgo de islamización “a la europea” de su país, no es un anomalía.

Las primeras corrientes hostiles al extranjero surgieron muy pronto, en los inicios mismos de la república: tenían como blanco al catolicismo (al que acusaban de ser represor), el radicalismo (al que acusaban de querer fomentar revoluciones) y el europeo no anglosajón (que podía torcer la herencia étnica y cultural). En su libro “Strangers in the Land”, John Higham sitúa en estas corrientes xenófobas el primer gran antecedente del nativismo estadounidense, que nace más formalmente en el siglo 19. El término “nativismo” surge en los años 40 de ese siglo, precisamente, y el primer grupo nacional organizado que hizo de aquella ideología su bandera llegó a tener mucha influencia.

Se los llamaba los “Know Nothings” (Los “No Saben Nada”), porque eran muy reservados con respecto a sus actividades; luego se integraron en el Partido Americano. Durante medio siglo el nativismo movió a políticos, empresarios, intelectuales y periodistas a crear un clima de hostilidad que se vio reflejado en medidas legales tan perturbadoras como las leyes de exclusión contra los chinos y las restricciones contra los japoneses. Otros grupos, como los irlandeses, fueron objeto de un ensañamiento mediático y social.
Organizaciones violentas como el Ku Klux Klan (reencarnación, a su vez, de otra que había jugado un papel en los estados de la Confederación durante la Guerra Civil) no se entienden en la segunda parte del siglo 19 sin ese clima nacionalista extremo.

El nativismo cobró mucha fuerza en las décadas finales del 19 y las primeras del 20, cuando la inmigración europea cambió. La llegada de millones de europeos del sur y el este del Viejo Continente, por tanto de una inmigración novedosa, en esa etapa provocó tal reacción nativista, que en los años 20 se dieron las primeras leyes restrictivas amplias contra la inmigración (a diferencia de las anteriores, muy focalizadas contra inmigrantes asiáticos).

El papel que juegan hoy los mexicanos y los musulmanes en la demonología nativista lo jugaron, antes, inmigrantes que ahora son vistos con gran admiración y a quienes se compara positivamente con los actuales para justificar el muro o la suspensión de visas para todos los ciudadanos de ciertos países. Los italianos fueron tan odiados y vituperados como lo son hoy los nuevos enemigos de la nación pura. No se diga nada de los judíos, a los que se siguió mirando con hostilidad mucho después de que los italianos fuesen aceptados (hubo leyes restrictivas dirigidas contra ellos).

El cambio de la ley migratoria en 1965, coincidiendo con el surgimiento de corrientes académicas y políticas que derivarían en el multiculturalismo, abrió las puertas a una modificación en los flujos migratorios, que dejaron de ser de procedencia europea y pasaron a ser de procedencia mayoritariamente mexicana y latinoamericana. Se enfatizó la reunificación familiar, probablemente sin calcular que los inmigrantes europeos ya no tenían muchos parientes inmediatos a los que querrían llevar a los Estados Unidos y que, en cambio, los latinoamericanos sí.

Los excesos del multiculturalismo, que no son materia de esta reflexión, contribuyeron a sembrar la semilla del nuevo nativismo: en lugar de facilitar la integración, aplicaron a las relaciones étnicas unos parámetros colectivistas que buscaban valorar a las minorías como grupos cerrados, en parte como un voto cautivo del Partido Demócrata, merecedor de un trato especial, de una discriminación “positiva” y una redistribución continua. La conjunción de ese factor y del económico -el declive de las manufacturas de la vieja economía en favor de las nuevas industrias y la inevitable dislocación sufrida en lo inmediato por millones de personas- sirvieron de caldo de cultivo al crecimiento del nuevo nativismo.

Pero no sólo en la base social se produjo este fenómeno. También en círculos académicos. Allí está el conocido libro de Samuel Huntington, “Who Are We?” (“Quiénes somos”?), que por muchos años ha sido la biblia de quienes, desde la respetabilidad intelectual, han argumentado que la nueva inmigración, a diferencia de las otras, representa una amenaza cultural para los valores que hicieron de Estados Unidos el país que es. Exactamente lo mismo se dijo, en su momento, de los italianos, los irlandeses o los polacos, a pesar de que el comportamiento de los inmigrantes actuales -por ejemplo, en el tiempo que les tarda aprender inglés o casarse con personas ajenas a su comunidad- es muy similar al de aquellas olas migratorias históricas.

No hace falta hurgar demasiado para advertir que el nativismo también ha surgido con fuerza en Europa. En realidad, lleva allí unas décadas. En su trabajo para el “Transatlantic Council on Immigration”, Cas Mudde habla de una “tercera ola” nativista nacida hacia 1980 y que, a diferencia de Estados Unidos, donde surgió en grupos ajenos a los partidos antes de penetrarlos, ha estado my identificada con organizaciones políticas desde el inicio. El Frente Nacional, el grupo de extrema derecha formado en los años 70 y que logró en los 80 incrustarse en el sistema político francés, ha sido un bastión contra el inmigrante en el Viejo Continente. Pero otros, especialmente el Partido de la Libertad austriaco y el Partido Popular suizo, han tenido más éxito electoral y, por tanto, influencia política directa a través de órganos de gobierno.

El impacto de otros grupos es menos directo, pero no menos importante. La influencia del nativismo del UKip Party fue determinante en el triunfo del “Brexit”. En otros países, las organizaciones políticas establecidas van adoptando poco a poco partes del discurso nativista ante la presión de sus electorados. Varios factores confluyeron en la tormenta perfecta: además de las transformaciones de la globalización, la crisis financiera de 2008, la ola de refugiados por las guerras del Medio Oriente y el aumento de atentados inspirados por el Estado Islámico.

Este es ya uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo. Es evidente que el nativismo es una construcción ficticia, una racionalización del instinto tribal, pero también lo es que resulta inevitable, en un mundo tan cambiante, que vastos sectores de las sociedades avanzadas sientan miedo. En el contexto del asedio del terrorismo islámico y de una economía que tanto en Estados Unidos como en Europa sigue en cámara más bien lenta, el nativismo no será un factor social y político efímero.

Una pregunta final: ¿hasta dónde hará suyo América Latina este debate clave? Por el hecho de ser una región con emigrantes más que inmigrantes, la lógica apunta más bien a una reacción en defensa de los valores de la libertad y la convivencia. Pero no todos los países exportan emigrantes, al menos no con la misma intensidad, y hay varios que son receptores, como Argentina y Chile, donde ya se multiplican las voces que hablan, aunque a escala mucho más limitada, de firmes restricciones.

Macri acaba de endurecer la normativa en Argentina para proteger a ese país de inmigrantes que delinquen; lo mismo plantea la centroderecha en la (pre)campaña electoral chilena. En el Perú, la participación de inmigrantes colombianos en actos de extorsión y violencia ha dado pie a cierta alarma social que empieza a colarse en el discurso público.

Habrá que ver en los años que vienen si el efecto “Trump” tiende a fortalecer, por oposición, la defensa de la inmigración en América Latina o si, por contagio, insuflará un nativismo de países latinoamericanos. En lo inmediato, mucha atención a México, donde habrá elecciones presidenciales en 2018 y el populismo nacionalista apunta con fuerza.

© Voces. La Tercera

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