Pero tras años de servir escorpiones, Suang Puangsri, budista practicante, cree que ha llegado el momento de hacerse amigo de los animales. "Aunque estaba feliz de tener dinero, sufría por dentro por el daño que les hacía", dijo a Reuters. "Sentí miedo de estar cometiendo un pecado".
El hombre, de 38 años, ha dejado el piso de abajo de su casa de dos plantas a los escorpiones, que campan a sus anchas en un habitáculo de seis metros por cinco decorado con ramas y piedras para que les entre poca luz y calor.
Suang compra hasta un kilo de chicharras y otros insectos a diario para dar de comer a sus mascotas, que le han picado tantas veces que él asegura que es inmune al veneno. También pasa al menos una hora al día meditando en el interior del habitáculo, a menudo colocando escorpiones en su boca.
Las mascotas de Suang atraen a algunos turistas hasta la adormecida localidad de Fark Ta, en la provincia norteña de Uttaradit, y ahora se gana la vida vendiendo figuras y tallas de hormigas, ranas, tortugas y budas.
Aunque los 570 dólares (unos 388 euros) al mes que gana están lejos de los 860 que percibía vendiendo escorpiones cocinados, su familia y él están contentos.