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  Año VII / Número 2.406
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Educación
"La izquierda pretende establecer un Dios secularizado" (I)
Una entrevista con el sacerdote católico Robert Sirico, rector de St. Philip Neri House en Kalamazoo, Michigan, presidente del Acton Insitute for the Study of Religión and Liberty, sobre los lazos que existen entre la religión y la libertad.
Actualizado 28 diciembre 2004  
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Flavio Felice   
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Profesor Felice: Su mayor ambición intelectual es la reconciliación entre la religión y la libertad.

Padre Sirico: Anteriormente, cuando comencé a ponerle atención a la síntesis entre la religión y la libertad, de hecho, se me dijo que no eran compatibles. En un sentido, esto es comprensible pues el principio moral de la religión es el principio de la autoridad, mientras que la libertad usualmente refiere a libertad de la autoridad.

La aparente contradicción puede comenzar a resolverse mediante la meditación sobre la distinción entre la autoridad y el poder que el sociólogo Robert Nisbet postula. Nisbet dice que ambos, son formas de restricción, pero que el poder es una forma externa y la autoridad, interna. Con lo primero, estamos coercionados; con lo segundo, asentimos. Mientras que el poder hace caso omiso del consentimiento interno, la autoridad se legitima a sí misma persuadiéndonos de qué necesitamos hacer, aun si no es lo que primero deseamos. Aun sin religión, todos conocemos la experiencia de la autoridad, ya sea que provenga de la costumbre, etiqueta o distribución jerárquica dentro del ámbito de trabajo o la escuela.

Más comúnmente, experimentamos la autoridad dentro del hogar, en el trato con el cónyuge o los padres. Nuestros padres no nos permitieron elegir en qué lenguaje hablar, cuándo o cómo bañarnos, puesto que no éramos competentes para tales decisiones. El grado de latitud que se nos permite en nuestras elecciones depende de nuestra habilidad de elegir responsablemente.

La autoridad no circula en una sola dirección. En el hogar, por ejemplo, la mayoría de los padres podrían pensar en cien cosas que harían, en lugar de llevar a su hijo a la fiesta de cumpleaños de un amigo, sin embargo es algo que hacemos porque es necesario. De esta manera, ¿ operamos, todos nosotros, bajo la vasta estructura de la autoridad, aun en las sociedades más libres, o, hasta podríamos decir que la autoridad social es inclusive más esencial en éstas?. Verdaderamente creemos que libertad significa hacer todo lo que queramos, no obstante, no hemos entendido el término en la manera en que se lo lleva a cabo en una sociedad o cultura que funcione bien.

Profesor Felice: ¿ Cree Ud. estar ofreciendo una definición ratificada de la libertad?

Padre Sirico: No, no lo creo. Estoy intentando explicar el concepto de una manera consistente con la realidad de nuestras vidas cotidianas. La libertad sin telos es un conjunto vacuo de opciones abiertas, y si uno recorre la propia vida con nada más que opciones abiertas, termina con nada. El real ejercicio de la misma incluye la responsabilidad de hacer lo que está bien y es adecuado, de abrazar lo verdadero, y, así, excluir otras opciones; en este sentido, elegimos limitar nuestras libertades cuando aceptamos responsabilidades.

La falsa noción de libertad, la que resiste toda forma de restricción, es la fuente de mucha miseria en el mundo. A largo plazo, deja a la gente muy descontenta. Muy a menudo, las personas se dan cuenta de esto demasiado tarde y se encuentran con que han desperdiciado sus vidas proclamando su libertad, pero sin haber construido estructuras de autoridad y compromiso a su alrededor que reditúen un fruto genuino. Terminan pasando su tiempo desgastándose por lo que podría haber sido, y están muy descontentos con lo que es. La libertad debe, siempre y en todo lugar, ser ordenada por la verdad.

Profesor Felice: Si el punto de la libertad es permitir la elección de lo que es bueno y verdadero, ¿por qué no evitar los riesgos de permitirla?

Padre Sirico: Su pregunta origina una cuestión interesante, que merece ser pensada cuidadosamente. Primero, la libertad toma muchas formas diferentes en la sociedad. Gente diferente produce variedades de cultura. No hay un sólo modelo de aquella. Por ejemplo, hay distintas costumbres comerciales que difieren según el país. Una jamás regatearía con un comerciante alemán, pero si no lo hiciera con uno de un país árabe, él o ella podría insistir por una explicación. La multiplicidad de las tradiciones y las buenas costumbres produce diferentes patrones sociales y la libertad se vuelve un ingrediente esencial para permitir que estas distintas culturales florezcan. Ésta es una de las razones por las que es necesario permitir la elección de lo que es bueno y verdadero.

Ahora, digamos que tenemos una verdad que es genuinamente intercultural: por ejemplo, no codiciarás. Sí, sería deseable vivir en una sociedad en la cual este hábito de la mentalidad estuviera desterrado para siempre. Pero, tal como sostiene la tradición liberal clásica (y yo lo acepto), no es suficiente saber y hacer lo que es correcto y verdadero, porque la libertad, y el reconocimiento del mérito intrínseco de la libertad humana, es parte de la verdad. Aquí es donde debo disentir con muchos del lado religioso del debate, quienes están, también, tentados de evitar los riegos relativos a la libertad.

El problema con los sistemas totalitarios de organización social no es solamente que intentan imponer el error y la falsedad. Tales sistemas son tan incorrectos y déspotas cuando están imponiendo la verdad a través de un aparato de compulsión como cuando hacen caso omiso de la conciencia. El postulado mortal fundamental de la libertad descansa en la idea de que, parte de hacer lo correcto incluye la oportunidad de hacer lo que es incorrecto, siempre y cuando no se dañe a otros en el proceso; también incluye la obligación moral, pero no siempre legal, de entrenar nuestras conciencias para valorar lo que se conoce como verdadero.

A pesar de que la libertad es parte de la verdad, no es idéntica al comportamiento moral. Es más preciso decir que la libertad tiene un potencial moral. No todos los actos económicos elegidos libremente son actos morales, aun cuando no fueran considerados un crimen en el sentido legal. Uno piensa en la elección de inversiones que los capitalitas hacen, las cuales pueden o no ser siempre consistentes con la virtud, pero usar el aparato coercitivo del Estado para re-direccionar tales inversiones, origina sus propios problemas morales y crea desarticulaciones que pueden ser inconsistentes con el bien común. Lo mismo aplica a las decisiones de compra de los consumidores. Bastante a menudo, hoy en día, los padres eligen comprar una casa más grande o un auto más elegante en relación con la decisión de tener más hijos: tal elección podría ser inconsistente con la obligación moral, pero no hacemos, ni deberíamos hacer que tal comportamiento sea ilegal.

Simplemente, no hay atajos para crear una sociedad de gente libre y virtuosa: debemos permitir la libertad en la elección de comprar e invertir, y trabajar en el ámbito espiritual y cultural para inspirar a la gente hacia un reordenamiento de la conciencia teniendo en cuenta fines éticos.

Profesor Felice: Pareciera que está criticando una visión de la libertad individual, la cual es ampliamente sostenida hoy en día, en tiempos en los que la libertad económica está bajo fuego por todos lados.

Padre Sirico: De Tocqueville dijo algo a esos efectos. Observó que, en la Europa de comienzos del siglo XIX, la idea de los derechos inherentes, en ciertos individuos fue desapareciendo rápidamente incluso a medida que la noción de omnipotencia y autoridad única del Estado fue llenando su espacio. En este período de transición, el cual ya no se limitó a Europa sino que afectó a todas las sociedades, instituciones intermedias como las iglesias y la autoridad familiar se fueron erosionando. Todo lo que nos queda son las afirmaciones de los individuos de que se les permite hacer lo que quieren hacer, aun cuando el poder del Estado sobre cada aspecto de nuestras vidas avanza diariamente.

Yo, de ninguna manera, creo que nuestra situación es desesperanzada, sino creo que, la transición hacia la libertad genuina estará marcada por dos tendencias: primero, los individuos tendrán que tomar mayor responsabilidad por sus vidas y volverse más apegados a instituciones tales como la familia o la comunidad religiosa. Segundo, el Estado deberá retroceder en su presuntuoso rol de dominación de la economía y la cultura y restringirse a su naturaleza de aparato para el cumplimiento de la ley y de demandante de justicia. La relación entre las dos tendencias es una de refuerzo mutuo.

Una sociedad debe tener un sentido de dirección. La pregunta es, si este sentido de dirección se debe a la formación moral, auto gobernabilidad , disciplina espiritual interna, y la comprensión intelectual adecuada de la persona humana, o, si va a ser impuesto desde afuera mediante restricciones políticas. Debemos elegir si el Estado o la sociedad van a ser la fuente de esas reglas. Ésta es una elección fundamental entre libertad y despotismo.

Profesor Felice: Como sacerdote, Ud. seguramente encontrará gente que entiende su reclamo por mayores grados de libertad individual, particularmente en la esfera económica, de aspecto peligroso.

Padre Sirico: Sí, y creo que lo comprendo. Hay gente que siempre asocia libertad con caos social, degradación moral o libertinaje. Supongo que un ángel le debe haber dicho a Dios, al alba de la Creación, "¡no le des a esta gente el libre albedrío, pues fíjate lo que podrían hacer!. Podrían desordenar la ley natural y demostrar ser inservibles para vivir una vida que refleje tu gloria!". Sin embargo, Dios nos permitió la libertad, la misma que llevó a su negación final. Es muy revelador que la libertad esté en el centro de nuestra redención. Su propio Hijo eligió entregarse para que fuéramos salvados. Vemos esto en la forma más intensa en el Jardín de Gethsemani, donde nuestro Señor corrige el error cometido en el Jardín del Edén. Él dice: "No es mi voluntad, pero la tuya será hecha." Es una sumisión voluntaria a la voluntad del Padre. San Pablo dice que la muerte de Jesús en la cruz fue libremente elegida por Él.

La naturaleza voluntaria del acto y ofrecimiento de redención muestra la raíz de cómo es que podemos ser llamados elegidos de Dios. No estamos aniquilados en el acto por nuestros pecados. No somos rechazados sin control. La misma libertad que empleamos para cometer pecados se nos da, también, para elegir el camino de la penitencia. A la raza humana se le ofreció la redención, pero es a través de nuestro propio acto de sumisión hacia Él, ejercido mediante la voluntad, que esto se efectúa. Entonces, sí, en cierto sentido, la libertad implica y garantiza una clase de desorden práctico en nuestras vidas morales. Pero se trata de una libertad que se construye en la misma estructura de realidad que Dios mismo creó y ordenó. No creo que los pensadores religiosos, mucho menos el Estado, deban presumir con atropellar el libre albedrío que el mismo Dios no quitó a pesar de ser el único en posición de hacerlo.

Ahora, esto no significa que no deberíamos elaborar juicios; Dios lo hace y se enoja cuando hacemos mal uso de nuestra libertad. Sin embargo, en una sociedad libre, estos juicios en contra del significado moral del comportamiento de la gente no necesitan tomar siempre la forma de coerción y compulsión.

Entrevista realizada en Roma por Flavio Felice, filósofo político, actualmente disertante en la Universidad Laterana de Roma, Italia.
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