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Profesor Felice: Su mayor ambición intelectual es la
reconciliación entre la religión y la libertad.
Padre Sirico:
Anteriormente, cuando comencé a ponerle atención a la síntesis entre la religión
y la libertad, de hecho, se me dijo que no eran compatibles. En un sentido, esto
es comprensible pues el principio moral de la religión es el principio de la
autoridad, mientras que la libertad usualmente refiere a libertad de la
autoridad.
La aparente contradicción puede comenzar a resolverse mediante
la meditación sobre la distinción entre la autoridad y el poder que el sociólogo
Robert Nisbet postula. Nisbet dice que ambos, son formas de restricción, pero
que el poder es una forma externa y la autoridad, interna. Con lo primero,
estamos coercionados; con lo segundo, asentimos. Mientras que el poder hace caso
omiso del consentimiento interno, la autoridad se legitima a sí misma
persuadiéndonos de qué necesitamos hacer, aun si no es lo que primero deseamos.
Aun sin religión, todos conocemos la experiencia de la autoridad, ya sea que
provenga de la costumbre, etiqueta o distribución jerárquica dentro del ámbito
de trabajo o la escuela.
Más comúnmente, experimentamos la autoridad
dentro del hogar, en el trato con el cónyuge o los padres. Nuestros padres no
nos permitieron elegir en qué lenguaje hablar, cuándo o cómo bañarnos, puesto
que no éramos competentes para tales decisiones. El grado de latitud que se nos
permite en nuestras elecciones depende de nuestra habilidad de elegir
responsablemente.
La autoridad no circula en una sola dirección. En el
hogar, por ejemplo, la mayoría de los padres podrían pensar en cien cosas que
harían, en lugar de llevar a su hijo a la fiesta de cumpleaños de un amigo, sin
embargo es algo que hacemos porque es necesario. De esta manera, ¿ operamos,
todos nosotros, bajo la vasta estructura de la autoridad, aun en las sociedades
más libres, o, hasta podríamos decir que la autoridad social es inclusive más
esencial en éstas?. Verdaderamente creemos que libertad significa hacer todo lo
que queramos, no obstante, no hemos entendido el término en la manera en que se
lo lleva a cabo en una sociedad o cultura que funcione bien.
Profesor Felice: ¿ Cree Ud. estar ofreciendo una definición
ratificada de la libertad?
Padre Sirico: No, no lo creo. Estoy
intentando explicar el concepto de una manera consistente con la realidad de
nuestras vidas cotidianas. La libertad sin telos es un conjunto vacuo de
opciones abiertas, y si uno recorre la propia vida con nada más que opciones
abiertas, termina con nada. El real ejercicio de la misma incluye la
responsabilidad de hacer lo que está bien y es adecuado, de abrazar lo
verdadero, y, así, excluir otras opciones; en este sentido, elegimos limitar
nuestras libertades cuando aceptamos responsabilidades.
La falsa noción
de libertad, la que resiste toda forma de restricción, es la fuente de mucha
miseria en el mundo. A largo plazo, deja a la gente muy descontenta. Muy a
menudo, las personas se dan cuenta de esto demasiado tarde y se encuentran con
que han desperdiciado sus vidas proclamando su libertad, pero sin haber
construido estructuras de autoridad y compromiso a su alrededor que reditúen un
fruto genuino. Terminan pasando su tiempo desgastándose por lo que podría haber
sido, y están muy descontentos con lo que es. La libertad debe, siempre y en
todo lugar, ser ordenada por la verdad.
Profesor
Felice: Si el punto de la libertad es permitir la elección de lo que es bueno y
verdadero, ¿por qué no evitar los riesgos de permitirla?
Padre
Sirico: Su pregunta origina una cuestión interesante, que merece ser pensada
cuidadosamente. Primero, la libertad toma muchas formas diferentes en la
sociedad. Gente diferente produce variedades de cultura. No hay un sólo modelo
de aquella. Por ejemplo, hay distintas costumbres comerciales que difieren según
el país. Una jamás regatearía con un comerciante alemán, pero si no lo hiciera
con uno de un país árabe, él o ella podría insistir por una explicación. La
multiplicidad de las tradiciones y las buenas costumbres produce diferentes
patrones sociales y la libertad se vuelve un ingrediente esencial para permitir
que estas distintas culturales florezcan. Ésta es una de las razones por las que
es necesario permitir la elección de lo que es bueno y verdadero.
Ahora,
digamos que tenemos una verdad que es genuinamente intercultural: por ejemplo,
no codiciarás. Sí, sería deseable vivir en una sociedad en la cual este hábito
de la mentalidad estuviera desterrado para siempre. Pero, tal como sostiene la
tradición liberal clásica (y yo lo acepto), no es suficiente saber y hacer lo
que es correcto y verdadero, porque la libertad, y el reconocimiento del mérito
intrínseco de la libertad humana, es parte de la verdad. Aquí es donde debo
disentir con muchos del lado religioso del debate, quienes están, también,
tentados de evitar los riegos relativos a la libertad.
El problema con
los sistemas totalitarios de organización social no es solamente que intentan
imponer el error y la falsedad. Tales sistemas son tan incorrectos y déspotas
cuando están imponiendo la verdad a través de un aparato de compulsión como
cuando hacen caso omiso de la conciencia. El postulado mortal fundamental de la
libertad descansa en la idea de que, parte de hacer lo correcto incluye la
oportunidad de hacer lo que es incorrecto, siempre y cuando no se dañe a otros
en el proceso; también incluye la obligación moral, pero no siempre legal, de
entrenar nuestras conciencias para valorar lo que se conoce como
verdadero.
A pesar de que la libertad es parte de la verdad, no es
idéntica al comportamiento moral. Es más preciso decir que la libertad tiene un
potencial moral. No todos los actos económicos elegidos libremente son actos
morales, aun cuando no fueran considerados un crimen en el sentido legal. Uno
piensa en la elección de inversiones que los capitalitas hacen, las cuales
pueden o no ser siempre consistentes con la virtud, pero usar el aparato
coercitivo del Estado para re-direccionar tales inversiones, origina sus propios
problemas morales y crea desarticulaciones que pueden ser inconsistentes con el
bien común. Lo mismo aplica a las decisiones de compra de los consumidores.
Bastante a menudo, hoy en día, los padres eligen comprar una casa más grande o
un auto más elegante en relación con la decisión de tener más hijos: tal
elección podría ser inconsistente con la obligación moral, pero no hacemos, ni
deberíamos hacer que tal comportamiento sea ilegal.
Simplemente, no hay
atajos para crear una sociedad de gente libre y virtuosa: debemos permitir la
libertad en la elección de comprar e invertir, y trabajar en el ámbito
espiritual y cultural para inspirar a la gente hacia un reordenamiento de la
conciencia teniendo en cuenta fines éticos.
Profesor
Felice: Pareciera que está criticando una visión de la libertad individual, la
cual es ampliamente sostenida hoy en día, en tiempos en los que la libertad
económica está bajo fuego por todos lados.
Padre Sirico: De
Tocqueville dijo algo a esos efectos. Observó que, en la Europa de comienzos del
siglo XIX, la idea de los derechos inherentes, en ciertos individuos fue
desapareciendo rápidamente incluso a medida que la noción de omnipotencia y
autoridad única del Estado fue llenando su espacio. En este período de
transición, el cual ya no se limitó a Europa sino que afectó a todas las
sociedades, instituciones intermedias como las iglesias y la autoridad familiar
se fueron erosionando. Todo lo que nos queda son las afirmaciones de los
individuos de que se les permite hacer lo que quieren hacer, aun cuando el poder
del Estado sobre cada aspecto de nuestras vidas avanza diariamente.
Yo,
de ninguna manera, creo que nuestra situación es desesperanzada, sino creo que,
la transición hacia la libertad genuina estará marcada por dos tendencias:
primero, los individuos tendrán que tomar mayor responsabilidad por sus vidas y
volverse más apegados a instituciones tales como la familia o la comunidad
religiosa. Segundo, el Estado deberá retroceder en su presuntuoso rol de
dominación de la economía y la cultura y restringirse a su naturaleza de aparato
para el cumplimiento de la ley y de demandante de justicia. La relación entre
las dos tendencias es una de refuerzo mutuo.
Una sociedad debe tener un
sentido de dirección. La pregunta es, si este sentido de dirección se debe a la
formación moral, auto gobernabilidad , disciplina espiritual interna, y la
comprensión intelectual adecuada de la persona humana, o, si va a ser impuesto
desde afuera mediante restricciones políticas. Debemos elegir si el Estado o la
sociedad van a ser la fuente de esas reglas. Ésta es una elección fundamental
entre libertad y despotismo.
Profesor Felice: Como
sacerdote, Ud. seguramente encontrará gente que entiende su reclamo por mayores
grados de libertad individual, particularmente en la esfera económica, de
aspecto peligroso.
Padre Sirico: Sí, y creo que lo comprendo. Hay
gente que siempre asocia libertad con caos social, degradación moral o
libertinaje. Supongo que un ángel le debe haber dicho a Dios, al alba de la
Creación, "¡no le des a esta gente el libre albedrío, pues fíjate lo que podrían
hacer!. Podrían desordenar la ley natural y demostrar ser inservibles para vivir
una vida que refleje tu gloria!". Sin embargo, Dios nos permitió la libertad, la
misma que llevó a su negación final. Es muy revelador que la libertad esté en el
centro de nuestra redención. Su propio Hijo eligió entregarse para que fuéramos
salvados. Vemos esto en la forma más intensa en el Jardín de Gethsemani, donde
nuestro Señor corrige el error cometido en el Jardín del Edén. Él dice: "No es
mi voluntad, pero la tuya será hecha." Es una sumisión voluntaria a la voluntad
del Padre. San Pablo dice que la muerte de Jesús en la cruz fue libremente
elegida por Él.
La naturaleza voluntaria del acto y ofrecimiento de
redención muestra la raíz de cómo es que podemos ser llamados elegidos de Dios.
No estamos aniquilados en el acto por nuestros pecados. No somos rechazados sin
control. La misma libertad que empleamos para cometer pecados se nos da,
también, para elegir el camino de la penitencia. A la raza humana se le ofreció
la redención, pero es a través de nuestro propio acto de sumisión hacia Él,
ejercido mediante la voluntad, que esto se efectúa. Entonces, sí, en cierto
sentido, la libertad implica y garantiza una clase de desorden práctico en
nuestras vidas morales. Pero se trata de una libertad que se construye en la
misma estructura de realidad que Dios mismo creó y ordenó. No creo que los
pensadores religiosos, mucho menos el Estado, deban presumir con atropellar el
libre albedrío que el mismo Dios no quitó a pesar de ser el único en posición de
hacerlo.
Ahora, esto no significa que no deberíamos elaborar juicios;
Dios lo hace y se enoja cuando hacemos mal uso de nuestra libertad. Sin embargo,
en una sociedad libre, estos juicios en contra del significado moral del
comportamiento de la gente no necesitan tomar siempre la forma de coerción y
compulsión.
Entrevista realizada en Roma por Flavio Felice, filósofo
político, actualmente disertante en la Universidad Laterana de Roma,
Italia. |