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  Año VII / Número 2.406
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TRIBUNA

Alberto Benegas Lynch
Argentina: una preocupante falta de respeto de la propiedad
Para el autor dice que desde la década de 1930 en Argentina se han venido ignorando principios como el de la protección de la propiedad privada y que esto ha derivado en un deterioro marcado de la economía.
Actualizado 2 enero 2009  
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Alberto Benegas Lynch   
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Nuestro país era la admiración del mundo hasta que nos volvimos fascistas en el 30 y mucho más acentuadamente a partir del golpe del 43 en adelante. Hasta entonces la Argentina ostentaba salarios del peón rural y de los obreros de la incipiente y vigorosa industria que eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia, España y muy poco por debajo de los de Inglaterra.

Estábamos a la altura de los Estados Unidos en muchos rubros. Nuestras exportaciones se ubicaban a la par con las de Canadá y Australia. La población se duplicaba cada diez años. En el Centenario, miembros de la Academia Francesa compararon la calidad de los debates de esa corporación con los que tenían lugar en el Parlamento argentino.

Luego abandonamos los principios rectores de la Constitución del 53 y adoptamos las recetas colectivistas de los socialismos, keynesianismos, cepalinos y demás autoritarismos planificadores que otorgaron facultades omnímodas al poder que empobrecieron al país y degradaron valores esenciales, lo cual venimos incorporando con entusiasmo creciente desde entonces sin solución de continuidad bajo una u otra denominación política y en medio de barquinazos más o menos profundos de naturaleza diversa.

El eje central de tamaño desvío se debe a la falta de respeto a los derechos de propiedad. Por esto es que Alberdi escribe que "comprometed, arrebatad la propiedad, es decir, el derecho exclusivo que cada hombre tiene de usar y disponer ampliamente de su trabajo, su capital y de sus tierras para producir lo conveniente para sus necesidades o goces, y con ello no hacéis más que arrebatar a la producción sus instrumentos, es decir, paralizarla en sus funciones fecundas, hacer imposible la riqueza. Tal es la trascendencia económica de todo ataque a la propiedad [...] La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal, la Constitución argentina ha consagrado por su artículo 14 el derecho amplísimo de usar y disponer de su propiedad con lo cual ha echado un cerrojo de fierro a los avances del socialismo [...] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública".

Solo para citar un ejemplo actual a la flagrante violación al antedicho principio, veamos el caso del atraco impune a los recursos de los jubilados. Desde el gobierno se declama que no es una estatización con lo que se revela un desconocimiento superlativo de los más elemental.

No es posible ni admisible que los representantes del aparato estatal se expresen como si la República Argentina fuera la estancia personal de los gobernantes. Resulta tragicómico, digno de la producción cinematográfica Bananas de Woody Allen, las peroratas de burócratas que en lugar de garantizar seguridad y justicia pretenden suplantar millones de arreglos contractuales y conocimientos dispersos, por decretos y reglamentaciones que bloquean precios y asignaciones de los siempre escasos factores de producción. Esta soberbia y arrogancia supina es lo que precisamente condujo al derrumbamiento del Muro de la Vergüenza en Berlín.

A raíz de una presentación televisiva de John Stossel es pertinente imaginar el complicado proceso que significa disponer de un simple trozo de carne en la góndola de un supermercado. Miremos en regresión algunas de las cientos de miles de operaciones que esto implica. Pensemos en las empresas inmobiliarias que venden campos, los agrimensores que miden parcelas, los alambrados y postes, los peones que recorren la propiedad, la adquisición de caballos, la fabricación de monturas, la producción de sembradoras y cosechadoras, los bancos y las cartas de crédito, las transportadoras, las empresas de semillas, las de fertilizantes y las de plaguicidas, las adquisiciones de hacienda, el engorde, los veterinarios, la construcción de mangas, la productoras de vacunas etc.

En cada segmento del proceso nadie pensaba en el trozo de carne envuelto en celofán en el supermercado. Cada uno centra su atención en su interés inmediato y se aprovechan los conocimientos muy distintos de quienes se encuentran en el sitio respectivo, con lo que la coordinación de todo el proceso se lleva a cabo a través de las señales de los precios que van guiando la producción en las múltiples etapas.

Sin propiedad no hay precios: si se decide abolir la propiedad y se preguntara de que conviene construir caminos con oro o con asfalto no existe respuesta posible y si alguien sostiene que con el metal aurífero sería un derroche es porque recordó los precios relativos antes de eliminar la propiedad. No resulta posible la evaluación de proyectos, la contabilidad ni cálculo económico alguno sin derechos de propiedad. La economía totalitaria es una contradicción en los términos. Y no es necesaria la medida extrema de abolir aquella institución para que comiencen los problemas: en la medida de la ingerencia estatal en la propiedad, los precios trasmiten señales falsas que consumen capital y, por ende, se reducen los salarios e ingresos de la comunidad.

Pero henos aquí que de tanto en tanto irrumpen en diversos lares los planificadores que al concentrar ignorancia pretenden coordinar todo, con lo cual aparecen los consabidos desajustes y desabastecimientos. Y no se trata de contar con ordenadores con la suficiente memoria para almacenar la monumental cantidad de datos necesarios puesto que sencillamente la información no se encuentra disponible con anterioridad a que las operaciones se lleven a cabo.

Por esto es que la incontinencia verbal y las acrobacias lingüísticas de los funcionarios de turno en sus inauditos discursos planificadores solo ponen al descubierto que están inmersos en un desconocimiento supino de principios básicos. Lo que ocurre es lo que decía Alberdi con magistral elocuencia : "después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional: he aquí toda la diferencia. Después de ser colonos de España, lo hemos sido de nuestros gobiernos patrios: siempre Estados fiscales, siempre máquinas serviles de rentas que jamás llegan, porque la miseria y el atraso nada pueden redituar". En otros términos, el padre de nuestra Constitución concluía con esta pregunta que respondía del siguiente modo: "¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra".

Es imperioso repasar las fuentes de nuestra ya lejana prosperidad, pero como en este momento, en el contexto de nuestros males, las actuales autoridades ponen de manifiesto una intensa simpatía por Keynes, cerramos esta nota con lo que este autor escribió en el prólogo a la edición alemana de su obra más conocida, en 1936, en plena época nazi, citado en el noveno volumen de las Obras Completas del premio Nobel en Economía F.A. Hayek: "la teoría de la producción global, que es el propósito del libro que aparece a continuación, es mucho más fácilmente adaptable a las condiciones de un Estado totalitario que a la teoría de la producción y distribución generado bajo las condiciones de libre competencia y un grado extendido de laissez-faire".


Fuente: Cato Institute

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