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CHARLES PHILBROOK

Charles Philbrook
Sobre globalización, algo de fútbol y efecto Wal-Mart
La encuesta del Pew Research Center de 2007 reflejó que el 90% está a favor de libre mercado, pese a que una movimientos tan mediáticos como minoritarios como lo es el antiglobalización, traten de hacer ver lo contario.
Actualizado 11 diciembre 2008  
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Charles Philbrook   
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Resulta casi imposible explicar aquello que tiene el resplandor de lo evidente, decía Ayn Rand, cuando la mayoría ha decidido no ver. Y que una mayoría ha decidido no ver los beneficios económicos que se derivan del libre comercio es la primera impresión que uno se lleva si ocasional y rápidamente revisa los titulares de las noticias sobre los mítines anti globalización,que pareciera atraen una cada vez mayor concurrencia, o los relacionados a las anti cumbres, en las que con discursos cargados de odio y resentimiento se incita a los pueblos a cambiar el orden por el caos institucional, a reorientar una visión de cara al futuro por una de espaldas a éste, en suma, a dudar de todo lo individual y creer en todo lo colectivo (La ´totalidad´, de acuerdo a esta visión, no sería la suma de las partes, sino la resta de éstas).

Afortunadamente, esta impresión es sólo eso, y uno se la lleva por informarse muy de vez en cuando. En una encuesta del reconocido Pew Research Center, hecha pública en octubre del año pasado, y en la que se entrevista a 45.000 personas en 47 países, el predominio de los que responden estar a favor del comercio y el libre mercado es abrumador. Sobre el libre comercio, las respuestas positivas van desde un 90% en China e India hasta un 80% (en promedio) en América Latina y la Unión Europea.

Curiosamente, cuando la pregunta se enfoca desde la óptica del libre mercado, un 75% en China e India responden favorablemente, mientras que en América Latina y la Unión Europea bordea el 60%. Toda medida que limita la libertad económica lleva a una pérdida gradual de control de la economía, y esto es algo que ese 20%, que en América Latina cree en el comercio pero no en el libre mercado, probablemente desconozca o dé por falso.

El movimiento anti globalización, entonces, no representa a las mayorías, sino a una minoría estridente que desde siempre, y parafraseando a Bill Buckley, ha buscado pararse frente al tren de la historia para ordenarle a éste que se detenga. Y ordenarle a éste que se detenga es lo que hacían sus antepasados ideológicos del siglo XIX, los luditas, que destruían cuanta máquina y herramienta caía en sus manos porque las asociaban con el desempleo, la pobreza y el desmoronamiento del edificio social.
Nunca pudieron entender, como no pueden entender los neo-luditas, que sólo se puede consumir más si se produce más, no menos, y a esa mayor producción precisamente conducen las máquinas, el comercio y el libre mercado.

Pero Ha-Joon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge, en un intelectualmente provocador libro, Bad samaritans: the myth of free trade and the secret history of capitalism (2007), arguye que la ruta hacia el progreso económico va en sentido contrario a las recomendaciones del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Organización Mundial del Comercio.

Y ese argumento va de la mano de esta observación: todos aquellos economistas que defienden el libre comercio deberían explicar cómo es que las naciones desarrolladas lo han practicado y siguen practicando ´parcialmente´.

Una primera reflexión: de Cuba, Albania y Corea del Norte no se puede decir que hayan seguido las recomendaciones de estos organismos multilaterales en materia económica; es más, si un rumbo han tomado ése ha sido el opuesto, y, sin embargo, a nadie en su sano juicio se le podría ocurrir considerar a estos países como referentes de progreso (¿quién viaja a Cuba en busca de un mejor futuro?).

Una segunda: en los dos últimos siglos, ningún país ha estado totalmente abierto o totalmente cerrado al comercio. Toda apertura ha sido parcial y siempre en relación a otro país o grupo de países. Pues bien, si se reuniera a éstos en dos grandes grupos, el de los que tienen economías relativamente abiertas y el de los que tienen economías relativamente cerradas, veríamos que aquellos países que han alcanzado el desarrollo salen invariablemente del primer grupo ¡Cuánto más hubieran crecido de haber optado por una mayor apertura, ése debería ser el enfoque!
El siglo dorado del crecimiento europeo se da una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, algo que no parece despertar gran interés en Chang, y probablemente porque las reformas de Ludwig Erhard, el ministro de finanzas alemán, jugaron un papel fundamental. Estas reformas estuvieron basadas en el reordenamiento del sistema monetario, la eliminación de los controles de precios y la reducción del impuesto corporativo. Son éstas las reformas que los organismos multilaterales siguen recomendando desde entonces, lo cual implica que si Erhard hubiera seguido el rumbo opuesto, y que Chang recomienda, los textos de historia no hablarían del "milagro económico alemán" sino, más bien, de la desintegración económica alemana.

Un modelo de desarrollo que el profesor, de ascendencia coreana, confiesa que admira, es el de los ´tigres asiáticos´: Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong. A diferencia de tantos otros países que siguieron el equivocado camino del crecimiento basado en la substitución de importaciones, los ´tigres´ optaron por uno basado en las exportaciones.

El Estado jugaba un papel central identificando las industrias que se buscaba desarrollar y aplicando las medidas que fuesen necesarias para alcanzar el objetivo. Ahora bien, recordemos que para exportar primero hay que producir, y todo proceso de producción implica uno de reconversión del ahorro en inversión.

Entonces, como la inversión que luego se traduce en producción sale necesariamente del ahorro (sea éste interno o externo) era natural que una de estas políticas económicas estuviera dirigida a mantener las tasas de interés reales altas (muy baja inflación), impulsando así el ahorro a costa de un menor consumo. En otros países, en cambio, como los latinoamericanos, los crecientes déficits del sector público eran inflacionarios y llevaban a la destrucción del ahorro, que con el tiempo se traducía en una menor capacidad de producción. En suma, pues, el secreto del crecimiento de estos cuatro países está intrínsecamente ligado al fomento del ahorro interno, más que a la capacidad gerencial del Estado.

Otro factor crucial en el desarrollo de estos países fue la inversión en educación de primer nivel, con lo cual se potenciaba la productividad laboral. Y a estos dos factores, súmenle un tercero, tan importante como los otros: la reforma agraria que institucionalizó el derecho de propiedad sobre la tierra. Hasta hace poco, en ningún país latinoamericano se presentaban estos tres factores al mismo tiempo.

Hoy en día, estas felinas economías han pasado de los últimos lugares en el índice de libertad económica de la Heritage Foundation a los primeros. El año pasado, de un total de 160 países que comprende el estudio, Hong Kong y Singapur ocuparon el primer y segundo lugar, mientras que Taiwán y Corea del Sur se ubicaron en el cuartil estadístico superior, en el vigésimo sexto y trigésimo sexto lugar, respectivamente. ¿Menciona este detalle en su libro el profesor Chang? No, pero es algo que debería considerar si pretende darle objetividad a lo que escribe.

El deporte en general y el fútbol en particular nos brindan una refrescante e iluminadora perspectiva sobre las implicancias económicas del comercio y la globalización. Hasta 1995, recordarán quienes sigan este deporte, el mercado laboral en el fútbol europeo se encontraba protegido por una serie de leyes y regulaciones.

Las diferentes ligas profesionales imponían una serie de restricciones al número de futbolistas extranjeros que podían jugar en un equipo. El Juventus italiano, por citar un caso, sólo podía tener a dos jugadores extranjeros en el campo de juego. Pero en 1995, un jugador belga, Jean-Marc Bosman, enjuició a su club y llevó el caso ante la Corte Europea, alegando que parejas regulaciones violaban el espíritu del Tratado de Roma en lo concerniente al libre tránsito de personas. La Corte le dio la razón, y desde entonces los mejores jugadores del mundo están en equipos europeos. Ahora el Chelsea londinense puede tener a nueve jugadores extranjeros en el campo, algo imposible hace poco más de diez años.

Pues bien, ¿a qué lleva la globalización en el fútbol? Según Branco Milanovic, un economista del Carnegie Endowment for International Peace que le ha dedicado buen tiempo al estudio de este tema, son dos los efectos que se observan: a nivel de clubes, se ha reducido el número de los que llegan a las finales de la Liga de Campeones, pero a nivel de países vemos que ya no es determinante la tradición futbolística para estar en una semifinal o cuartos de final. A una semifinal llegó Croacia en el Mundial de 1998, al igual que Corea y Turquía en el del 2002. Y Ucrania a cuartos de final en el Mundial del 2006. Llegaron a donde llegaron porque tenían jugadores en los mejores clubes europeos.

Se podría argüir, entonces, que la globalización es mala para los clubes y buena para los países, pero eso sería simplista. Los clubes ricos contratan a los mejores jugadores y esto lleva a lo que los economistas llaman retornos crecientes de escala, los que se generan cuando los mejores futbolistas juegan juntos y su calidad individual aumenta exponencialmente, algo similar se puede observar en otras ramas del quehacer humano.

Cómo alcanzar a los clubes ricos: en eso deberían concentrar sus esfuerzos los clubes pequeños. Y aprender de Microsoft o Apple es lo que deberían hacer. La primera tuvo sus orígenes empresariales en una cochera, y de allí salió a conquistar el mundo; la segunda, en el sótano de la casa de los padres de Steve Jobs, uno de los fundadores. Una y otra obtuvieron financiamiento en el mercado de capitales, lo que les permitió sacar adelante el proyecto. Esto es, precisamente, lo que los clubes pequeños deberían hacer si alcanzar a los ricos es lo que más anhelan.

Hemos visto a qué lleva la globalización en el deporte, pero ¿a qué lleva ésta en el mundo de las pequeñas empresas? Concretamente: ¿representa Wal-Mart una amenaza para toda pequeña empresa? En el 2005, en el estado norteamericano de Iowa, según un informe de Wal-Mart Watch, una organización que se opone frontalmente a todo lo que esta corporación representa, 555 tiendas de abarrotes, 289 ferreterías, 293 proveedores del sector construcción, 161 tiendas de variedades, 158 tiendas de mujeres y 116 farmacias se vieron forzadas a cerrar debido a los planes de expansión del gigante mayorista.

Sin embargo, un interesante y bien documentado análisis econométrico, que los profesores Andrea M. Dean y Russell S. Sobel de la West Virginia University, sustentan en la revista Regulation, publicada por el Cato Institute, encuentra que la presencia de Wal-Mart en una ciudad o región no afecta negativamente el número de pequeños negocios ("Has Wal-Mart buried mom and pop?", Spring 2008).

Cada tienda nueva que esta gran corporación abre en una ciudad lleva a un proceso que alguna vez el economista Schumpeter describió como uno de ´destrucción creativa´. Este proceso, que es central a la dinámica capitalista, se inicia cuando una idea o producto nuevo desplaza y vuelve obsoleta a otra idea o producto viejo. Se liberan así recursos que pasan a ser usados en forma más eficiente y productiva.

En una buena descripción de este proceso, los autores de la nota observan cómo la llegada de Wal-Mart a Morgantown, West Virginia, la ciudad en la que se encuentra el campus de su universidad, hizo que gradualmente fueran cerrando una diversidad de negocios que ya no podían competir en precios.

El consumidor, sin embargo, ahora pagaba menos por esa toalla, foco de luz o cubrecama, y tenía ahora para gastar en otras cosas. En poco tiempo, esta nueva demanda hizo que surgieran nuevos negocios: lo que antes era una tienda para mujeres, ahora era un restaurante de cinco tenedores; una tienda de electrodomésticos era reemplazada por una heladería…Uno a uno los locales vacíos fueron ocupados por nuevos negocios.

Si el cierre de esas 1.500 pequeñas empresas en Iowa no hubiera sido compensado por la aparición de otras nuevas y distintas, la tasa de empleo por cuenta propia (self-employed) hubiese caído dramáticamente, después de todo, éstas representaban un 30% del total de pequeñas empresas en el estado.

Algo similar se observa a nivel nacional: en 1970 la presencia de Wal-Mart en la economía norteamericana era nula, no tenía tiendas. Hoy tienen más de 2.500, y este mayor número de locales ha ido de la mano de un crecimiento en la tasa de empleo por cuenta propia y en el aumento en el ingreso promedio real de los pequeños empresarios. Quienes se oponen y satanizan a esta empresa porque destruye puestos de trabajo olvidan incluir en la ecuación los puestos de trabajo que su llegada produce.

Una y otra vez, lo que las estadísticas demuestran, es que los trabajos que se crean son cuantitativamente más y cualitativamente mejores que los que se destruyen. Porque si no fuese así, y fuese como Wal-Mart Watch dice, un creciente desempleo reduciría el ingreso personal y, eventualmente, afectaría negativamente las ventas del gigante mayorista obligándolo a cerrar tiendas. En suma, toda venta es reflejo del consumo, y todo consumo reflejo del ingreso, y todo ingreso reflejo del empleo. Por lo tanto, sin empleo no hay venta posible.

El gran escritor, filósofo y observador de la experiencia humana, Elbert Hubbard, hacía notar que algunos hombres se oponen al progreso no porque odien lo que éste representa, sino porque aman la inercia. Y a ese amor por la inercia se aferran los que se han encasillado en movimientos anti globalizantes que no alcanzan a comprender y que los arrastra hacia un socavón al que la luz del cambio y del progreso no llega. Pero son minoría.

Fuente: Cato Institute

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