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Martes, 21 de mayo de 2013 |
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  Año X / Número 3.397                Editor: Pablo Izquierdo Juárez
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Roberto Cachanosky
Ahora se puede ver la importancia de las instituciones
El kirchnerismo avanzó hasta límites insospechados porque los argentinos miramos para otro lado cuando se cometía un atropello que no nos tocaba de cerca. ¿Será tarde para reaccionar?
Actualizado 30 octubre 2008  
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Roberto Cachanosky   
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La semana pasada, un productor ganadero me comentaba que estaba esperando que la ONCCA le pagara el subsidio porque sin ese dinero no le cerraban los números. Este solo dato refleja el grado de locura económica en que nos ha metido el kirchnerismo. Si en el país de las vacas y el trigo, el Estado tiene que subsidiar estas actividades para que los números no queden en rojo, quiere decir que vivimos en el colmo del disparate. Un sector con ventajas competitivas naturales, que siempre fue negocio, bajo las reglas del kirchnerismo está fuera de combate.

¿Cuál es el contexto en el que estamos en este momento? Por un lado el sector agropecuario consiguió frenar la 125 luego de 4 interminables meses de lucha, pero no logró que el Estado resolviera los problemas de fondo. La industria láctea sigue en decadencia, la ganadería en vías de extinción y la agrícola muy apretada en los números en las zonas de mejor rinde.

Mientras tanto, los sectores industriales han salido con fuertes reclamos de aumento del tipo de cambio porque sostienen que con este dólar no pueden competir. Los anuncios de despidos y suspensiones de personal son un dato de todos los días.

La construcción viene en caída libre, la actividad inmobiliaria y comercial sienten los efectos de la incertidumbre. Las concesionarias de autos venden cada vez menos. La realidad es que la economía no está desacelerándose, está entrando en recesión.

Como en toda crisis, siempre hay un detonante. Algunos podrán argumentar que esto es consecuencia de la crisis internacional, sin embargo, no hacía falta que pasara nada grave en el exterior para que el modelo kirchnerista colapsara. Y, encima, con el incendio ya iniciado, no tuvieron mejor idea que lanzarse a confiscar los ahorros de la gente, echando más nafta al fuego. Las crisis son efecto de una serie de medidas que se van tomando y que, en el momento menos pensado y por las causas más insospechadas, terminan estallando.

Ahora bien, ¿por qué hemos llegado a semejante grado de locura en Argentina? Mi visión es que durante mucho tiempo la gente se ha mantenido indiferente ante tanto desprecio por las instituciones. Y aquí pongo en primer lugar en la escala de responsabilidades a buena parte del sector empresarial. Y recalco buena parte, porque en Argentina todavía hay algunos empresarios que defienden el valor de las instituciones y saben que sus empresas dependen de la calidad institucional. No solo ven las utilidades que pueden tener en el corto plazo, sino que ven más allá y saben que sin respeto por los derechos de propiedad, el futuro de sus empresas, de sus personas y de su familia está condenado a la decadencia.

Pero, lamentablemente, también hay una mayoría importante del empresariado que solo piensan en maximizar sus utilidades y no se involucran en los problemas del país salvo cuando sus empresas están en riesgo. No advierten que si un gobierno vulnera los derechos de propiedad y las libertades de otros, en algún momento también ese gobierno irá por ellos y sus activos tenderán a valer cero.

Recuerdo que cuando de entrada comencé a criticar al gobierno, un amigo me dijo que había que darles tiempo. Mi respuesta fue que hay cosas que no hace falta verlas para saber que existen. Por ejemplo, seguramente el lector nunca habrá visto un átomo, pero sabe que existe. No necesitan verlo para saber de su existencia. Con el discurso que estaba teniendo el kirchnerismo no hacía falta ver los resultados para saber cómo iba a terminar la cosa. Criticar ahora es fácil. El tema era jugarse cuando pocos nos animábamos a marcar un punto de vista diferente.

En una oportunidad un empresario me contaba sus quejas por lo que hacía el gobierno. Mi respuesta fue: ¿por qué no se juegan y salen a denunciar los aprietes? Respuesta: no podemos porque en la empresa trabajan muchas personas y tenemos el riesgo de que, si nos aprietan, pierdan su trabajo. Tenían miedo de hablar.

Personalmente he perdido clientes por decir lo que pienso. Cuando me dijeron que tenía que moderar mi discurso porque los afectaba en las conferencias públicas, les contesté que si querían entretener a la gente contrataran a Piñón Fijo. Por supuesto que perdí el cliente, pero no dilapidé mi capital como economista. Lamentablemente la imagen empresarial en Argentina está dilapidada porque muchos empresarios han sido cortesanos del mandamás de turno, creyendo que si lo adulaban iban a estar a salvo de cualquier contingencia. Sin embargo, no ha ocurrido eso.

Hemos llegado hasta este punto porque a los Kirchner se les dejó hacer de todo. Una buena parte de la dirigencia empresarial, del periodismo y de la población se emborrachó con los televisores plasma en 24 cuotas sin intereses. Tan ebrios estaban que no se daban cuenta que los estaban emborrachando para ir cazándolos de a uno.

Cuando este gobierno empezó agrediendo a las Fuerzas Armadas Argentinas la mayoría miró para el costado. Total a ellos les iba bien en lo económico.

Tampoco le interesó demasiado a la gente y a otros empresarios que las empresas privatizadas no pudieran ajustar sus tarifas. No era el problema de ellos y, además, seguían facturando.

Las agresiones a la Iglesia Católica tampoco fueron motivo de preocupación. Unos seguían vendiendo departamentos, autos y electrodomésticos y otros comprándolos. La fiesta era total.

La mayoría seguía disfrutando del buen momento mientras en el 2005 los tenedores de bonos de Argentina sufrían una quita monumental y otros quedaban fuera del canje. Era problema del dentista japonés y del ingeniero alemán.

Hoy los argentinos estamos sumergidos en una recesión económica y bajo la amenaza de una nueva confiscación de los ahorros porque a los Kirchner se los dejó avasallar sistemáticamente las instituciones. Seamos sinceros y hagamos la autocrítica. Nadie puede avasallar tantos derechos y hacer semejantes destrozos si la población se pone firme a la hora de votar. Si los empresarios se ponen los pantalones largos y se plantan frente a un patotero que los insulta y les ordena qué vender, a qué precio y cómo. Y, si el periodismo hubiese sido menos complaciente y hubiese reaccionado mucho antes ante los atropellos institucionales que se venían venir.

Si hoy estamos de nuevo en una situación crítica es porque, en su momento (2005 y 2007) no se le puso un límite a los Kirchner al momento de ir a las urnas. Y porque, aún luego de las elecciones del 2007 (de las cuales sigo teniendo mis sospechas sobre el resultado), algunos periodistas quisieron vender que Cristina era el cambio y muchos compraron ese argumento. En menos de 100 días se puso el país de sombrero.

Tal vez ahora nos demos cuenta que cuando insistimos en tener un gobierno limitado y subordinado a la ley, no estamos hablando de un capricho intelectual que le interesa discutir a unos pocos en ámbitos cerrados. Estamos hablando de algo tan práctico como, por ejemplo, que el Estado no confisque nuestros ahorros, que las empresas puedan prosperar, que la gente tenga trabajo, que los salarios tengan poder de compra y, sobre todo, que nos roben el fruto de nuestro trabajo diario.

Fuente: Economía para todos
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