Tras 11 días no podemos decir que el conflicto entre Rusia y Georgia, con Osetia del Sur y Abjazia de por medio, haya finalizado. Si no lo ha hecho aún, es debido a la falta de voluntad y deseo de dar un escarmiento que tiene Moscú.
Georgia, una vez que se vio avasallada y comprobó que los apoyos exteriores no eran tan fuertes como pensaba, capituló. Era la única salida digna que tenía el gobierno de Saakashvili. Sin embargo, la relación de acontecimientos no ha sido tan automática como aquél hubiera pensado y deseado.
Dicho con otras palabras: Rusia no ha retirado sus tropas de Georgia. ¿Cuándo lo hará? No estamos en condiciones de dar una fecha fija. Sí podemos decir cuál será el hilo conductor que maneja el Kremlin: cuando haya considerado que Georgia y Occidente (especialmente la OTAN) han tomado buena nota de lo que sucede cuando se osa a desafiar su poderío y capacidad para desplegarlo.
La consecuencia de todo ello es que las relaciones de Rusia con la Unión Europea y Estados Unidos van a sufrir un claro deterioro. Occidente, por su parte, tiene que extraer una lección fundamental: ha contemporizado demasiado con el gobierno Putin y Medvedev. Éste último ha copado el mayor protagonismo dialéctico, seguramente consentido por el Primer Ministro que ha preferido estar más en la sombra (táctica muy de la antigua Unión Soviética, por otro lado).
De cara al corto y medio plazo, la reunión de la OTAN en Bruselas de 19 de agosto encontrará unas posiciones más radicalizadas de lo que hubiera cabido esperar. Los esfuerzos negociadores del binomio Sarkozy-Kouchner no han dado los resultados apetecidos, además de en estar en todo momento supeditados a los deseos rusos.
¿Y Georgia? Tiempos duros se avecinan para el país. La aventura les ha resultado muy cara. La incorporación inmediata a la OTAN, de producirse, será un premio menor. La reconstrucción del país, el reto de su gobierno y del resto de organizaciones e instituciones internacionales.
Todo ello nos va a dejar un espacio ex soviético plagado de interrogantes, donde las fobias hacia Rusia por parte de sus antiguos satélites irán en aumento. Sin olvidar el role de Polonia y la República Checa, cuyo temor hacia la política moscovita es directamente proporcional al crecimiento de su atlantismo.