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George Chaya
Mulás patriarcas, muftíes y Zapatero: ¿tiene España motivos de optimismo en el Líbano?
La reciente visita del Pte. Rodríguez Zapatero a las tropas españolas en el Líbano, es considerada como irresponsable, y parece ser una labor de relaciones públicas de cara a las elecciones de marzo.
Actualizado 10 enero 2008  
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George Chaya   
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          Tras casi un año de rumores, tentativas, dimes y diretes, se produce por fin la visita del premier español José Luis Rodríguez Zapatero a las tropas españolas destacadas en el Líbano, como era de esperar ante la proximidad de las elecciones en España. Tras la visita de Su Majestad (sin Zapatero) a las tropas en Afganistán y los numerosos reveses diplomáticos internacionales sufridos por España por la gestión de Moratinos (épicos son los vídeos del ministro rebotando por los salones como una bola de billar), Zapatero parece utilizar un tema delicado en extremo para hacerse la foto. ¿Pero hay paz en el Líbano? ¿Hay motivos de esperanza en el Líbano? ¿Sirve para algo España en el Líbano? 
          Para responder a esta pregunta, los libaneses sólo necesitamos aportar un dato: desde que el pasado viernes 23 de noviembre el Presidente (pro-sirio) Emile Lahoud abandonase el Palacio Presidencial de Baabda, la primera cartera del país no sólo se encuentra acéfala, sino que por primera vez no está ocupada por un miembro de la comunidad maronita. Pocos analistas reparan en lo que significa este hecho, sin precedentes desde la independencia del Líbano en el año 1943, pero es obvio que la presencia de las tropas internacionales no ha tenido ningún efecto sobre la espiral de declive que sufre el país que otrora fuera "el París de Oriente Medio". 
          El primer ministro Fouad Siniora, al que muchos libaneses se refieren abiertamente como "el títere saudí", sigue vendiéndose en todo el mundo como "pro-occidental" gracias a la propaganda siria engrasada a golpe de petrodólar iraní. De su mano va el enemigo al que se supone que las tropas españolas mantienen contenido: Hezbolá. 
          La misión española ha sido protagonista asimismo de no pocos escándalos en la zona. No es culpa de los militares españoles, tan válidos como cualquier otro, sino que los reveses españoles han sido servidos en bandeja por la reconocidamente desastrosa gestión del Ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. 
          Apenas este verano, el periodista británico Nicholas Blanford, en un artículo titulado "Blue helmet blues", sorprendía a tropas españolas escoltadas literalmente por efectivos de Hezbolá, para escándalo de cristianos libaneses e israelíes (que no de los españoles). Pese a que la práctica es común – el movimiento islamista escolta de igual manera al ejército libanés en las zonas del sur – el Ministro Moratinos no se ha sentido obligado hasta la fecha a ofrecer una explicación. 
          El origen de esta vergüenza es el 24 de junio, cuando el servicio sirio de Inteligencia (todo el mundo lo da ya por hecho, no estoy aportando nada nuevo) mataba a 6 militares españoles en un atentado. 
 El siguiente eslabón de la cadena tenía lugar en la reunión secreta de Moratinos con representantes sirios del movimiento islamista, que apareció en no pocos medios de habla inglesa. ¿Qué se pactó? Aunque no ha trascendido es probable que se trate de un pacto para evitar más bajas españolas que imposibilitasen vender como paz lo que hay en el sur del Líbano, sobre todo tras el veneno vertido en España por Zapatero contra Aznar por los muertos españoles en Irak. Que la cuestión de tropas españolas escoltadas por Hezbolá apareciera después de esa reunión confirma este punto. 
          El último varapalo español tenía lugar en octubre, aunque se oficializaba en la pasada Cumbre de Annapolis. Durante la misma, circuló entre los mandatarios una carta, presuntamente de Moratinos al déspota sirio, en la que textualmente se afirma que España estaría dispuesta a oponerse a la postura de la Unión Europea, Estados Unidos y las Naciones Unidas y apoyar a la Liga Árabe en el retorno a Siria de la zona denominada "granjas de Sheba". Bajo dominio israelí tras la guerra lanzada por Siria en el 67, la UE dicta que la región pertenece al Líbano, y la ONU lo reconoce como "territorio en disputa". Por añadidura, Siria considera que "las granjas de Sheba" se extienden hasta Jerusalén. El efecto neto de la carta es que, según España, todo el norte de Israel pertenece a Siria. Metedura de pata o no, no deja de ser curioso que el país con los índices de antiamericanismo más elevados de Europa retirase las tropas de Irak por considerarlo "imperialismo" y ahora regale trozos de otros países a terceros por las buenas, si es que el escrito es real. 
          La carta aparece en varios blogs americanos de tinte electoral Demócrata, y no precisamente como ejemplo. A lo que habría que sumar las amenazas de Siria recogidas en la prensa española en caso de que España extradite a un traficante de armas sirio cercano a la familia Assad a Estados Unidos para ser juzgado. 
          La crisis institucional actual del Líbano es el epicentro del problema en la región, y no tiene nada que ver con las tropas españolas. Hoy el país está a la deriva, dirigido por un monstruo de tres cabezas cuya superposición inevitablemente conduce a la parálisis del gobierno y sus instituciones. 
          Es en virtud de este contexto, la parálisis libanesa cortesía de Siria, que el sur del Lïbano sirve de plataforma de desembarco para la guerrilla de financiación iraní por excelencia, Hezbolá. El Partido de Dios fue el origen de la guerra del verano de 2006 con Israel, y el mero hecho de que el movimiento islamista no aparezca mencionado expresamente en muchas de las circulares de prensa de agencias internacionales y sólo se mencione de pasada en las circulares de la Moncloa da fe del poder mediático de la influencia sirio-iraní. Si España no puede mentar a una de las partes, está claro que mucho menos va a poder servir de solución. Desde los servicios israelíes de seguridad hasta la agencia alemana de Inteligencia, no son pocos los actores internacionales que afirman no ya que Hezbolá se ha rearmado, sino que está mejor que antes de la guerra contra Israel que redujo a escombros el norte del estado judío y buena parte del Líbano. 
          ¿Tiene pues Zapatero motivos de optimismo? No. ¿Cuál es la solución? Dado que las tropas de la ONU no se encuentran amparadas por el Capítulo 7 de la organización, su capacidad de maniobra es no limitada, sino prácticamente nula. Esto no sólo facilita que la situación de tensa calma (que no "paz") sea la misma de siempre, sino que precipita al polvorín libanés a la guerra. Romper con la arcaica mentalidad sectaria de la clase política libanesa y hacer avanzar al país en el secularismo puede resolver las problemáticas, pero esto no será posible con un Hezbolas tán en el sur que a todos los efectos – libaneses, israelíes, internacionales – parece protegido por las tropas españolas. 
          Para sobrevivir, la democracia libanesa, debe dar un paso inteligente: los ciudadanos deberán abandonar definitivamente el concepto arcaico de "comunidades religiosas", dejar de preguntar por la religión de una persona y reconocer un Estado centralizado, que hoy no es el caso, sobre todo con un estado independiente al sur protegido ("avalado", según palabras de muchos) por tropas españolas. 
          El Líbano hoy es una región en la que los chiítas perciben a los sunnitas como obstáculo y a los cristianos como estorbo; los sunnitas perciben a chiítas y cristianos como minorías a subyugar por igual; y los cristianos se plantean cada vez más la emigración a causa de sunnitas y chiítas. En esumen: Mulás, patriarcas, muftíes y Zapatero.

          En este contexto llega una visita irresponsable de Zapatero que parece más labor de relaciones públicas de cara a las elecciones de marzo en España que una visita seria como la de Su Majestad a Afganistán o Bush a Irak, y sólo va a servir para que Hezbolá se sienta aún más respaldado por España y más envalentonado. Zapatero ha cometido una irresponsabilidad.

 

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