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Carlos Alberto Montaner
Venezuela o el Moscú del siglo XXI
Actualizado 9 agosto 2006  
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Carlos Alberto Montaner   
La secuencia tiene cierta importancia. El 18 y 19 de julio se reunieron en Caracas los representantes de cincuenta partidos comunistas del mundo. Llegaron al país para apoyar el experimento venezolano del señor Hugo Chávez, esa cosa colectivista y autoritaria llamada ´´socialismo del siglo XXI´´ con la que el teniente coronel quiere conquistar el planeta. Los asistentes se sentían eufóricos. Marx y Lenin, finalmente, habían resucitado. El trauma del derribo del Muro de Berlín y de la desaparición de la URSS había sido superado. El eje Caracas-La Habana había reemplazado a Moscú. Hugo Chávez se perfilaba como la cabeza, o más bien la chequera, del nuevo imperio revolucionario que comenzaba a forjarse.

Un par de días más tarde el señor Hugo Chávez fue a Córdoba, Argentina, a ingresar oficialmente en el MERCOSUR y, de paso, a introducir de contrabando a su padrino y mentor Fidel Castro en la organización. Para que no quedaran dudas de su propósito, su vicecanciller le explicó a la prensa que para ellos el principal objetivo de la presencia venezolana en esa institución era de carácter político. Se proponen colocar al MERCOSUR en la primera línea de batalla contra las democracias occidentales. El MERCOSUR, dentro de sus planes, no es una lonja de comercio ni un ensayo de integración. Es una trinchera. Chávez y Castro se despidieron de Argentina con un número de circo montado en un estadio. Supongo que los otros presidentes deben haberse quedado preocupados, aunque ninguno lo dijo. No parece sensato que la orientación ideológica y el signo de las alianzas y los conflictos latinoamericanos los determinen dos sujetos evidentemente perturbados.

Inmediatamente, Chávez viajó a Bielorrusia, la última dictadura comunista que queda en Europa. Lo recibió Alexander Lukashenko, el líder estalinista de esa nación, y la televisión internacional transmitió la imagen y la voz de un Hugo Chávez risueño que felicitaba al país por no haber cedido ante lo que llamó, con gran deprecio, las ´´revoluciones de colores´´. Para el militar venezolano la liberación de los pueblos del Este de Europa y la llegada de la democracia a esa región del mundo fue una inconmensurable desgracia. Naturalmente, firmó alianzas estratégicas con el otro dictador y entonaron a dúo una tonadilla antinorteamericana.

Casi sin darse tregua el inquieto venezolano siguió rumbo a Moscú. Ya había comprado cien mil fusiles de asalto. Ahora el proyecto es adquirir varios escuadrones de MiG-29 y docenas de helicópteros. Parece que la bolsa disponible es de $1,000 mil millones, pero pudiera duplicar esa cifra si es necesario. Putin le venderá los aviones y, si el precio es conveniente, hasta la momia de Lenin. Chávez está dispuesto a contar con las mayores fuerzas armadas de América Latina. A los españoles también les ha comprado aviones y naves de guerra. Quiere triplicar los efectivos de Brasil y poner a temblar a los colombianos con un simple gesto. Si Venezuela, bajo su liderazgo, va a ser una potencia mundial, necesita tener un ejército enorme capaz de intimidar a sus adversarios y de admirar a los simpatizantes.

Lo más asombroso de este espectáculo es la indiferencia o la indolencia con que una buena parte de los venezolanos se le enfrenta. Según las encuestas más solventes, las de Alfredo Keller, la inmensa mayoría de los venezolanos no quiere que el país sea arrastrado en esa dirección, pero, simultáneamente, más de la mitad de la sociedad tiene una opinión positiva de su pintoresco presidente. Y, dentro de esa extraña esquizofrenia, los casos más graves son los llamados ´´ni-ni´´: ese tercio largo e irresponsable de la población que dice no estar ni con el gobierno ni con la oposición, como si en el país se jugara una simple disputa electoral entre dos bandos equivalentes, y no una trágica disyuntiva entre la inevitable catástrofe provocada por un iluminado que cree ser la reencarnación de Bolívar y Marx y la asustada racionalidad de una oposición que advierte inútilmente que la nación va hacia el despeñadero. Tal vez lo de ni-ni es porque no tienen corazón ni
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