Cunqueiro nació en 1911 en Mondoñedo (Lugo). Hasta la guerra civil, y tras sus estudios universitarios, estuvo vinculado al periodismo y la poesía gallega. En 1939 se trasladó a Madrid para trabajar en el diario ABC. Pronto, en 1943, abandonó la Falange y en 1946 regresó de nuevo a Galicia para dedicarse de manera intensa a la literatura y al periodismo –fue director del periódico El Faro de Vigo de 1965 a 1970–. Además de un excelente articulista, fue también autor de obras de teatro y de libros de cocina. Murió en 1981.
Antes de la guerra civil publicó sus primeros poemarios. Siempre estuvo muy vinculado a la literatura gallega, lengua en la que publicó la mayoría de sus libros, aunque también era normal que escribiese en castellano. Tras la guerra comenzó a escribir más relatos y novelas. En 1944 apareció Balada de las damas de tiempo pasado, donde Cunqueiro muestra ya sus preferencias por la literatura fantástica, el mundo de los mitos y las leyendas y la ambientación gallega. De 1957 es Merlín y familia y otras historias, uno de sus libros más celebrados, en el que, con palabras del crítico Darío Villanueva, se consagra ese “sincretismo cultural y estilístico” que era tan grato al autor gallego. En 1959 publica Crónicas del sochantre y en 1962 Las mocedades de Ulises. En 1968 obtuvo el Premio Nadal con Un hombre que se parecía a Orestes y en 1972 publica otra de sus grandes obras, Vida y fugas de Fanto Fantini.
Galicia y sus gentes
En la literatura de Cunqueiro hay un tema dominante: la tierra gallega y sus gentes. Unas veces, los libros están dedicados directamente a Galicia, como los retratos y semblanzas sobre tipos populares gallegos, entre los que merece destacarse La otra gente (1975). Pero en sus novelas más celebradas también hay un poso gallego que se manifiesta, a pesar de la irrupción de elementos fantásticos y hasta vanguardistas, en la presencia del paisaje y las costumbres de su tierra, aunque esté hablando, por ejemplo, del mago Merlín, Ulises, Orestes o Simbad el marino.
Esta mezcla resulta, quizás, una de las notas más singulares de su literatura, pues se sirve, con poca ortodoxia, de mitos y leyendas célticas, de las aventuras y personajes de la materia de Bretaña, de los grandes personajes de la épica griega y hasta de la literatura árabe. Todos los personajes y temas son, sin embargo, galleguizados, pues Cunqueiro tiene la habilidad, con sutiles y premeditados anacronismos, de convertir Galicia en el centro del universo.
Cunqueiro maneja un singular realismo que muchos consideran un claro precedente del realismo mágico que puso en boga, durante los años sesenta y setenta, el boom de la literatura hispanoamericana en España. Este realismo fantástico, lleno de misterio, fantasía, poesía y humor –ingredientes habituales en la prosa de Cunqueiro–, nada tiene que ver con el realismo, a veces fotográfico y neorrealista y otras socialista, que predominó en la literatura española durante los años 50 y 60. Cunqueiro iba por libre, sin plegarse a modas ni a ideas que acabaron por convertir la literatura en un instrumento político y social y no en un fin. Por esta razón, la literatura de Cunqueiro no tuvo en su tiempo la difusión ni el prestigio que merecía y fue tachada de escapista.
Más éxito tuvieron sus libros cuando cayó en picado la moda realista. Por eso recibió en 1968 el Premio Nadal con su obra Un hombre que se parecía a Orestes, reeditada recientemente en la colección Austral (1) para contribuir a los homenajes que se han celebrado con motivo del primer centenario de su nacimiento (edición que hay que sumar a los dos magníficos tomos de la Biblioteca Castro dedicados a recopilar sus mejores títulos). En estos homenajes se ha destacado su papel como difusor de la lengua y literatura gallega; se ha reivindicado su vertiente poética, y se ha destacado la magia de su literatura, siempre inserta en los cánones costumbristas, gallegos, lo que se manifiesta en su prosa, de resonancias orales.
El mito clásico, como pretexto
Un hombre que se parecía a Orestes recrea a lo Cunqueiro uno de los episodios más conocidos de los poemas homéricos y de la tragedia griega: la venganza de Orestes. Salvado de la muerte gracias a la intervención de su hermana Electra, abandona Orestes la tierra de Argos. Egisto ha matado al rey Agamenón, su padre, con la colaboración de Climetestra, su madre, amante de Egisto durante los años en que Agamenón estuvo en la guerra de Troya. Orestes recibe el encargo de los dioses de vengar esa muerte y recuperar a su hermana Ifigenia, que no pudo escapar de Argos. Este es el mito clásico. Pero Cunqueiro lo escribe a su manera, cambiando el argumento e introduciendo nuevos pasajes y leyendas que alteran, de arriba abajo, los ingredientes de la tragedia griega. Como en casi toda su narrativa, introduce a lo largo del relato personajes de ficción que cuentan historias fantásticas relacionadas con Grecia o con Galicia. Al final, el hilo argumental se diluye por la superposición de otras tramas y relatos, muy imaginativos, y hasta con algún pasaje teatralizado. La sombra de la venganza de Orestes planea durante toda la obra en la mayoría de los personajes, aunque cada vez con menos fuerza, dejando paso en la narración al relato de anécdotas y sentimientos amorosos, costumbristas y fantásticos, con mucho humor y con algo de sensualidad.
Como le pasó en su tiempo, sigue siendo Cunqueiro un autor contra corriente, pues su manera de narrar poco tiene que ver con los géneros que están más en boga hoy día. No hay en sus obras ni trama consistente, ni intriga, ni aventura. Lo suyo es la creación de un mundo singular, repleto de mitologías y leyendas, donde se mezclan sin orden la realidad, el sueño y la ficción, expuestos con una prosa popular, irónica y poética.
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Notas
(1) Álvaro Cunqueiro. Un hombre que se parecía a Orestes. Espasa-Calpe, col. Austral. Madrid (2011). 238 págs. 7,95 €.







