Desde 2001 gobiernos de países en vías de desarrollo han arrendado, vendido o están negociando vender 2,27 millones de kilómetros cuadrados de tierra, según cifras facilitadas por Land Matrix Partnership, un grupo de profesores universitarios, investigadores y ONG citados por Oxfam en un informe reciente. Más de siete de cada diez de esos contratos han sido firmados en África.
De repente, el mundo desarrollado se ha dado cuenta de que el África subsahariana no está superpoblada, en contra de lo que nos han dicho durante años, sino que es una región pródiga en minerales codiciadísimos y la zona más extensa de tierra cultivable, rica y virgen del mundo, capaz de producir cosechas récord dos veces al año. En Etiopía, Mozambique, Sudán y Liberia, por ejemplo, alrededor de 43.000 kilómetros cuadrados fueron vendidos o dados en usufructo a inversores extranjeros entre 2004 y 2009, según los datos oficiales del Banco Mundial. Dicha extensión equivale a la del territorio de Suiza.
Teniendo en cuenta que la República Democrática del Congo (RDC) tiene un tamaño igual a las dos terceras partes de Europa Occidental, una Suiza no es más que una mota en el mapa de un continente inmenso como África. No obstante, ello indica una clara tendencia.
Cuando suben los precios
Esta carrera en pos de tierra cultivable se ha debido al incremento de los precios de los alimentos registrado en el mundo en 2007 y 2008, y está vinculada al control del agua. Muchos de los países afectados, como Etiopía y Sudán, están en la cuenca del Nilo o en la del Níger, como es el caso de Mali, que sólo en 2010 vendió 2.400 kilómetros cuadrados de tierra a extranjeros. Debido a la inestabilidad del régimen de lluvias en numerosas regiones, el agua de los ríos, de los lagos y la almacenada en embalses se utiliza para riego allí donde se dispone de técnicas agrícolas modernas.
Los principales beneficiarios de estos acuerdos son países con poca agua, como Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, así como países occidentales interesados en biocombustibles y en aceite de palma, y países como la India y China que temen que llegue el día en que sean incapaces de alimentar a sus grandes poblaciones. De ahí que países que exportan capital pero importan alimentos están externalizando su producción agrícola a países que necesitan capital y a los que les sobra tierra.
Acuerdos poco transparentes
¿Cuál es el precio de este proceso en curso? Sin duda la población local debería estar ilusionada ante este nuevo fenómeno. Pero los pocos estudios llevados a cabo muestran que, en la práctica, casi todos los casos de arrendamientos de tierra a inversores extranjeros han acabado mal para los habitantes del lugar.
Así opina Michael Ochieng Odhiambo, autor del informe “Presiones Comerciales sobre África” para la Coalición Internacional para el Acceso a la Tierra. Odhiambo es también un abogado medioambientalista y director ejecutivo de un instituto para la resolución de conflictos sobre recursos con sede en Kenia, y añade que este fenómeno equivale a una expropiación, precisamente porque ni la población ni las costumbres locales se toman en cuenta.
Un día ven cómo llegan los tractores y comienzan a arar su tierra, y cuando preguntan a las autoridades locales qué está pasando, les contestan que nadie lo sabe; todo se acordó a puerta cerrada con algunos funcionarios gubernamentales corruptos, sin que ningún habitante local fuera consultado.
¿Desarrollo o apropiación?
Las empresas extranjeras y las multinacionales que invierten en tierra en África rechazan estas acusaciones y aseguran que están contribuyendo al desarrollo. Su alegación es que están proporcionando nuevas semillas, nueva tecnología y nuevos aperos de labranza además de aportar dinero. La firma británica New Forests Company, a la que Oxfam acusa de haber expulsado de su tierra a 20.000 personas en Uganda occidental, asegura que tiene un historial impecable en inversiones sociales y de desarrollo y que ha creado 2.000 puestos de trabajo en zonas remotas del país, extendiendo el acceso a la atención sanitaria, la educación y el agua depurada.
Sus oponentes afirman que argumentos como la creación de empleo y el fomento del desarrollo económico no son más que “camelos” del gobierno, y que tales empresas son “robos” neocoloniales, que solo enriquecen a elites locales.
La respuesta de Odhiambo es que nadie niega que pueda mejorarse el uso de esas extensiones de tierra, y que esas inversiones nada tienen de malo. La queja consiste en el proceso que se ha seguido. Normalmente, los derechos de las comunidades locales, cuyo sustento se basa en esas tierras, son ignorados por completo. En algunos casos, empresas chinas, por ejemplo, traen a sus propios trabajadores y desalojan a los habitantes de su tierra ancestral o comunitaria. Los gobiernos corruptos y la falta de leyes y normas adecuadas agravan la injusticia.
Lorenzo Cotula, del Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo, afirma que ningún país africano exige legalmente el consentimiento libre e informado de las personas afectadas por estos acuerdos sobre tierras.
Algunos países desarrollados se sienten atraídos por la falta de instituciones democráticas que funcionen debidamente en África; por el hecho de que las leyes que regulan las condiciones laborales, la protección del medio ambiente o la propiedad comunal de la tierra, sean pocas o inexistentes. Muchos gobiernos africanos se consideran propietarios de toda la tierra y actúan como si la propiedad comunal no existiese.
La agricultura moderna no ha llegado a África
En suma, ¿se trata de Robin Hood al revés? ¿Roban los ricos a los pobres para dárselo a otros ricos?
Hay que tener en cuenta algunos antecedentes. Los gobiernos coloniales desarrollaron en África latifundios dedicados al té, el café, el caucho, etc. Exportaban la producción a la metrópoli, y luego se importaba el producto elaborado para el consumo de las poblaciones locales africanas. La industria agrícola y la industria ligera experimentaron un desarrollo, pero la agricultura de subsistencia no corrió esa suerte debido a varios factores, entre ellos que los hombres no solían trabajar y la mayor parte de la tierra era cultivada por mujeres que llevaban a sus hijos a sus espaldas en medio de un calor sofocante.
Sigue siendo raro ver un tractor u otros modernos instrumentos de labranza trabajando la tierra en África. Los africanos consideraban la propiedad de la tierra como algo tradicional y ancestral; las escrituras de propiedad son todavía un fenómeno reciente. La agricultura moderna es casi, aunque no totalmente, desconocida en África.
Está creciendo una nueva clase de pequeños agricultores, con títulos de propiedad de su tierra, especialmente en países que llevan muchos años en paz, y en los que se está creando una nueva tradición de familias agricultoras, incluidos los hombres. Son ellos los que suministran frutas y verduras a los mercados de las grandes ciudades. Aun así, los supermercados venden muchos alimentos importados, y el sector paralelo continúa vendiendo los productos de sus pequeños “shambas” (huertos) a los transeúntes en el pavimento de las calles.
Huida del campo
Ninguna muchacha de hoy en día que asista a la escuela quiere pasarse el resto de su vida cultivando la tierra. Ha visto sufrir a su propia madre, y a ella se le ofrecen mejores oportunidades; los muchachos, menos todavía. Para ellos, la capital o el centro urbano más próximo son la tierra prometida, incluso si ello supone vivir en la miseria y realizar trabajos eventuales en una obra durante algún tiempo. Un día, algún hombre rico o culto reparará en ellos, o lograrán mejorar su formación, conseguir un empleo no manual y vivir en una casa como Dios manda. El cultivo de las tierras queda a cargo de las viejas generaciones.
En consecuencia, ¿cuál es el camino del progreso de la agricultura africana? Si sus habitantes fueran consultados y tuvieran voz y voto, y si extranjeros y africanos trabajasen juntos, ¿podría desarrollarse la agricultura haciéndose gradualmente cargo de ella los africanos y poniendo freno al abandono de la tierra?
Antes de que todo el proceso se descontrole, sigue siendo factible una solución beneficiosa para todos. Por ejemplo, si los inversores extranjeros firmaran un código de conducta que incluyese respetar los derechos tradicionales, compartir los beneficios, aumentar la transparencia y poner fin a los acuerdos celebrados a puerta cerrada, y acatar las políticas comerciales nacionales (incluida la abstención de exportación de alimentos si el país de origen padece hambruna). Ése podía ser un comienzo interesante.
Algunas claves, en este artículo, para la reflexión:
"...países que exportan capital pero importan alimentos están externalizando su producción agrícola a países que necesitan capital y a los que les sobra tierra"
"...todo se acordó a puerta cerrada con algunos funcionarios gubernamentales corruptos"
"New Forests Company ha creado 2.000 puestos de trabajo en zonas remotas del país, extendiendo el acceso a la atención sanitaria, la educación y el agua depurada."
"...empresas chinas, por ejemplo, traen a sus propios trabajadores y desalojan a los habitantes de su tierra"
"Muchos gobiernos africanos se consideran propietarios de toda la tierra..."
"... las escrituras de propiedad son todavía un fenómeno reciente."
"Está creciendo una nueva clase de pequeños agricultores, con títulos de propiedad de su tierra, especialmente en países que llevan muchos años en paz,..."